Crecí sin leer un solo libro de Los Cinco de Enid Blyton. Pero algo debieron de tener, porque me he encontrado a gente que sí los leyó y han estado entre las personas más soportables que he conocido.

Eso, y que a muchos parece que les inspiró un cierto amor por la palabra escrita, así que supongo que Blyton plantó una buena semilla que hizo mejores a muchos o, como mínimo (que ya es bastante) hizo mejores muchos momentos e infancias.

La cuestión es esta, Blyton odiaba a los niños con pasión.

Sin medias tintas. Sus hijas sufrían en sus carnes la crueldad de la autora y la mayor, Imogen, en su autobiografía, la califica de: «arrogante, insegura y sin una traza de instinto maternal».

Imogen y su hermana recordaban también como Blyton hacía fiestas del té en casa, a las que acudían niños que eran fans, mientras ellas eran obligadas a permanecer en la habitación contigua, con la puerta lo bastante abierta para que presenciaran el acto y la expresa prohibición de unirse.

Además de eso, gritaba a los niños del vecindario por jugar y, quitando el teatro de las fiestas del té, respondía a todos los que le escribían con la misma carta (esto me parece más que sensato y nada cruel).

Pero todos esos párrafos anteriores no tienen que ver con una sola de las palabras que escribió y no quitan que sus libros hicieran mejores días y mejores personas. Y es que, igual que un día hablé de que la mayoría de genios eran capullos insufribles, y ese es precisamente el mérito, la obra no tiene la culpa del autor, ni se deben mezclar el arte y lo personal.

El proverbio de que es mejor no conocer a tus héroes debería ser la regla básica. El escritor no es su obra pero, por desgracia, en una época en la que el Ad hominen goza de tanta salud y el arte de tan poca, obra y autor parecen algo indivisible a la hora de emitir juicios.

Algo es «bueno» o no por sí solo y un montón de maravillas han salido de las manos de un montón de capullos. De hecho, el problema no es que han salido de un montón de capullos, sino de un montón de humanos, y que, como la obra despierta un interés, también lo hace la vida de los que la crearon, de modo que se indaga y nadie puede soportar un mínimo escrutinio.

Es posible que la raza humana sea cruel, imbécil e inestable por naturaleza, pero eso no quita que también sea capaz de lo mejor, del arte y de ser una especie exploradora, de que al menos unos pocos tiren de los demás hacia las estrellas, en el arte, en la vida y en la historia.

Los que no, juzgan a los que sí.

Supongo que, en realidad, hay una cierta justicia poética en esto. La de que la mayor pérdida en este asunto la sufren los incapaces de despegar obra y autor a la hora de dictar esas sentencias que no importan a nadie. Eso les roba lo maravilloso de disfrutar el arte y hace peor sus vidas.

Blyton hizo insufrible la vida de muchos niños y maravillosa la de incontables. En esa extraña dicotomía, crueldad incluida, radica la esencia del asunto extraño, jodido, infame y a veces maravilloso que es la vida.