Los sentimientos compartidos

16-03-2022

Antes de nada, un aviso para los interesados. El libro sobre cómo vivir de escribir redactando para otros ya está a punto, saldrá en breve (en papel y digital) y escribiré aquí algo al respecto y poco más. Probablemente, ese escrito será fuera de la rutina de los miércoles, pero ya veremos y ya lo avisaré. Quien quiera enterarse y no esté suscrito todavía, puede apuntarse a los avisos por correo que hay al final de la página.

Dicho esto, vamos con la escritura que importa, la que resulta una montaña rusa cuando te montas en ella. Porque el único momento en el que escribir es algo sin problemas, que surge sin esfuerzo, es cuando la imaginamos en nuestra cabeza.

Mientras estamos tirados en el sofá o atrapados en el trabajo que nos da de comer, la escritura es un refugio, las ideas nos bullen en la mente y allí la historia es perfecta. Creo que, por eso, muchos no podemos soportar la decepción cuando nos sentamos y llega la hoja en blanco que da nombre a esta web. O bien es avanzar por el barro, repasar y pensar que menuda vergüenza lo que hemos escrito.

Esta semana, leyendo unas cuantas cosas de otros escritores, he podido comprobar que esos son sentimientos compartidos, sentimientos normales.

No pasa nada si te sientes inadecuado tras cada palabra. Siempre he sospechado de aquellos que hablan de la escritura como sueños y gozo solamente. Me dan mala espina (y me aburren) los que piensan y dicen que su escritura está exenta de esas sensaciones necesarias, aunque no agradables.

Joan Didion, en el prefacio de su primer libro de ensayos, escribió:

No estoy segura de qué más podría decir sobre estas piezas. Podría decirles que me gustó hacer algunas de ellas más que otras, pero que todas me costaron mucho trabajo y me llevaron más tiempo del que quizás valían; que siempre hay un momento en la escritura de una pieza en el que me siento en una habitación literalmente empapelada de falsos comienzos y no puedo poner una palabra tras otra y me imagino que he sufrido un pequeño ataque de apoplejía, dejándome aparentemente sin daños pero, en realidad, afásica.

Una vez más, lo que enseñan muchos autores a los que admiramos no es a escribir, el principal valor es algo que también hace la buena escritura, recordarnos que no estamos solos, que hay al menos unos sentimientos compartidos.

Recordarnos que no estamos rotos, que la duda y los atascos y el lamento son algo normal.

Recordarnos que el gozo es efímero y de ahí su valor, porque la escritura está hecha, principalmente, de trabajo que sale como puede, y muchas veces, con sudor y trompicones.

El primer escritor al que vi trabajar fue mi padrastro, E. B. White —escribe Roger Angell en su prólogo de ‘Los elementos del estilo’—. Cada martes por la mañana, cerraba la puerta de su estudio y se sentaba a escribir la página de «Notas y Comentarios» de The New Yorker. La tarea le resultaba familiar, tenía que presentar unos cientos de palabras de comentarios editoriales o personales sobre algún tema de las noticias de la semana. Pero el sonido de su máquina de escribir salía de su habitación en ráfagas vacilantes, con largos silencios entre ellas. Pasaban las horas. Cuando le llamaban para almorzar, se quedaba callado y preocupado, y pronto se excusaba para volver al trabajo. Cuando el texto salía por fin en la tarde —estábamos en Maine, a un día de correo de Nueva York—, rara vez parecía satisfecho. «No es lo suficientemente bueno», decía a veces. «Me gustaría que fuera mejor».

Que todos los autores, grandes o pequeños, experimenten eso cuando escriben no nos soluciona nada, ni nos da la fórmula para evitar esa sensación de no ser lo bastante buenos o avanzar por el barro.

No hace falta porque hace dos cosas más importantes: nos da una imagen real de lo que es el trabajo del arte y nos recuerda, una vez más, cómo es la verdadera escritura.

Que la sensación de salir como puede y no estar contentos no significa que seamos malos, sino que escribimos.