Mi ansia objetivo al escribir es que aquellos que me lean se vayan con algo, no con un pedazo de mí, sino de ellos. Que se reconozcan, se emocionen, no se queden indiferentes. A veces lo que se llevan será bueno y otras no tanto, pero no me gustaría que fuera nada. No me gusta el vacío, ni tampoco escribir para no llenar. Tampoco me gusta el ruido, aunque a veces sea culpable de él, especialmente en mi faceta de escritor mercenario.

Mi objetivo al escribir es hacer sentir y sentir yo, que para eso soy un egoísta y creo que hay que serlo más en las cosas correctas. Quiero tocar, es una necesidad humana, quiero tocar a cuantos más mejor, porque otra vez el egoísmo. Dicen que no puedes ser escritor sin tener mucho de eso.

Quiero hacer sentir lo que yo siento cuando estoy leyendo o soy testigo de una buena historia. Que me da una envidia terrible y unas ganas de ponerme a crear en ese mismo momento, para hacer lo mismo que los buenos hacen conmigo. Ese no sé qué y que me cambien de alguna manera.

Es el enorme poder de una historia bien contada y nada puede igualar eso.

Hace poco leí que, tras el estreno de la serie Gambito de dama, se habían apuntado más mujeres a ajedrez durante ese mes que en los últimos 5 años.

Es genial, y ni siquiera me parece uno de los ejemplos más potentes de lo que puede lograr una buena historia. Ya vimos la semana pasada lo que podían hacer las muy mediocres, de hecho.

Cada uno tiene sus razones para escribir y estas son las mías, desprovistas ya de todas esas fantasías que rodean al oficio. Porque no son más que eso, sueños de fama, adoración, estilo de vida y malditismo insoportable. Humo de cigarro bajo las luces de Montparnasse hace cien años.

A lo mejor esas son las razones y cuentos que me trajeron hasta aquí, pero ya hicieron su función y cayeron como dientes de leche. Lo que importa son las razones que hicieron que me quedara a este lado del Sena, a pesar de que ninguna de esas ilusiones románticas de la escritura fueran ciertas o me hicieran mejor contador de historias.

Una vez me dijeron que ya no había nada en la escritura, ni prestigio, ni dinero, ni rastro de toda esa mística del escritor de otros tiempos. Aquello ya terminó hace mucho, a lo mejor ni siquiera existió en primer lugar. Esa sería otra buena señal, porque si me quedo al lado de la escritura a pesar de eso, sé que la quiero de verdad y ella a mí. La escritura es suficiente, no necesita artificios para que alguien la elija.

Creo que ese es un anhelo honesto que compartimos todos.