Nunca volveremos a saber qué es la normalidad

13-04-2022

El otro día volvió a cruzar un pensamiento que creo que compartimos muchos: Qué ganas de que el mundo sea normal de nuevo.

Pero la realidad es que ya no tendremos una noción clara de qué es «normal» en el mundo y la culpa, como siempre, es de las historias.

Estamos programados para ellas, nos mueven, nos persuaden, nos atraen, son lo más poderoso. Por eso, algunos las usan como arma y todo el mundo las emplea para llamar nuestra atención. Así que no, nunca sabremos qué es normal, ni tendremos una noción de si el mundo lo está siendo o no.

Las noticias nunca se van a enfocar en lo que es normal, ni lo van a mostrar, porque también resulta, por definición, aburrido.

Por la misma razón, el zoco descerebrado de las redes sociales tampoco se va a centrar en la normalidad. Eso no produce engagement, el eufemismo para engancharte a la pantalla y que dediques tu existencia a hacer clic en anuncios.

Los contadores de historias sabemos que tampoco podemos permitirnos narrar algo aburrido que no despierte emoción. Y la normalidad, por definición, no la despierta. Si vemos algo normal, parece que el mundo funciona como debe y lo cotidiano no es una amenaza, así que nuestro cerebro, cuyo fin es sobrevivir y luego ya veremos, se desengancha enseguida de lo normal. ¿Para qué dedicarle recursos y tiempo si no hay peligro o ganancia? Buscará otra cosa que se salga de esa normalidad y la pondrá en el centro de nuestra preocupación.

Y como hoy nos relacionamos de manera hiperconectada e interpretamos el mundo a través de pantallas e historias, este nunca parecerá volver a la normalidad.

Siempre habrá un volcán, una guerra, algo por lo que vaciar un estante del supermercado. En la carrera que hemos emprendido, ya no se puede parar. El que no bombea historias así, se sale del circuito, del clic y de que a río revuelto, ganancia de comisionistas y malnacidos.

Y el circo empeora, porque, como nos vamos acostumbrando, hay que subir el volumen de gritos. El prisma a través del que veremos el mundo será, de hecho, cada vez menos normal.

Siempre quedan los números y los datos, pero a esos nadie los quiere. No son atractivos y no despiertan emoción.

Siempre he tratado de defender que (al menos hasta hace unos años, ahora no estoy seguro) el mundo es mejor hoy que en cualquier otra época, si miras los datos: vivimos más, hay menos analfabetismo, menos pobreza extrema, menos violencia y hambre que nunca… Pero muchos no me creen y a la mayoría no les interesa. Mi historia es normal, mi historia no es otra guerra y otro volcán y a saber qué en la recámara.

Así que el mundo se está yendo a la mierda, no como antes, cuando todo era «normal».

Pero esa es otra historia que nos contamos y no es verdad.

Esa falsa normalidad del pasado, de los «buenos tiempos», es un arma típica de manipulación, pero el mundo siempre fue, más o menos, como ahora.

Me hacen gracia esas series nostálgicas de los 80, que tratan de devolver a la niñez al sector con más poder adquisitivo (a ver si compra esa falsa morriña en forma de guiones mediocres y plástico barato). Entonces todo era normal, todo era seguro, los veranos que no terminaban y los tiempos despreocupados, sin incidencias de virusm, ni botones rojos.

Pero la verdad era muy distinta.

La normalidad de los 80 eran atentados de ETA, intentos de golpes de estado o que, por ejemplo, en el 83 estuviéramos dos veces a punto de convertir el planeta en un erial atómico. Pero no con ruido de sables, como de momento ocurre ahora (de momento, mañana ya veremos), sino de verdad.

Casi todo el mundo conoce la historia de Stanislav Petrov. En septiembre de ese año, se negó a seguir el protocolo de represalia y no apretó el botón que lanzaba los misiles soviéticos. Interpretó, con acierto, que lo que se veía en el sistema no era un ataque, sino una falsa alarma.

Fue contra todo y contra todos, un héroe que se jugó la vida y salvó la nuestra. Petrov terminó como todos los valientes, pobre y solo, porque cuando te llaman héroe, date por jodido. Pero no se conoció la historia hasta tiempo después, así que pensamos que era el septiembre más normal del mundo.

Y apenas dos meses más tarde, no se dispararon otra vez todos los misiles de milagro por culpa de un ejercicio de simulación que estuvo a punto, pero que muy a punto, de salir mal. Lo que pasa es que la historia no se conoció hasta hace 9 años.

Así que, para muchos, los ochenta son algo a lo que volver, porque podía ser un lugar más peligroso, pero las historias que recordamos eran diferentes, así que bien todo.

No creo que sea una gran pérdida no volver a experimentar un mundo normal, en realidad, no es algo que hayamos tenido nunca. Todo ha dependido de las narrativas que se han contado, exagerado, fabricado u ocultado. Ellas mandan y el problema, en la mayoría de ocasiones, es que ahora las tenemos todo el rato gritando en la mano.