Como siempre, en Escribir bien se quedaron pedazos por el camino, como se han quedado de todo lo que he escrito, como creo que debe ser para que esas partes hagan mejor el libro con su ausencia. La gran mayoría de esas páginas no va a ver la luz, pues hay que mantener la vana ilusión de no contradecir (demasiado) al título del libro. Pero he aquí uno de esos pedazos, que tiene que ver con la inutilidad de la mayoría de consejos literarios que te dicen haz tal cosa o no hagas la otra. Para ejemplificar esto era demasiado fácil meterme con los que se meten con los adverbios (ya que a lo mejor un día le pusieron un altar a Stephen King o un adverbio les puso la zancadilla en el patio, no lo sé) así que voy con uno de los consejos más «sagrados», manidos, repetidos y sobados de cada libro o taller literario, especialmente para los escritores que empiezan. Es el consejo de: «Muestra, no digas» y que puede ser uno de los más dañinos cuando no tienes demasiada práctica en lo de escribir. Como te lo encuentres al principio del camino y te lo creas mucho, va a ser un lastre enorme que costará quitarse. Lo de mostrar en vez de decir parte, como todos los consejos, con buenas intenciones, el arma de destrucción más masiva creada por el hombre. La lógica de ese consejo para «escribir bien» es la siguiente: que el lector debe ser capaz de figurarse lo que ocurre con lo que describes, no tienes que decírselo, especialmente cuando se trata del terreno emocional, el más importante siempre en la escritura y cualquier arte. Así que, si alguien está triste, no digas que está triste, que eso es (se supone) de escritores malos y perezosos. Muéstrame los ojos rojos, muéstrame las lágrimas que cuesta contener, muéstrame el borde del acantilado, la mirada en el infinito, el mar gris y el cielo a juego. Y con eso transmites la emoción por debajo, mostrando lo que la emoción produce, no nombrando dicha emoción. Eso es lo que hacen los buenos escritores. Pero no, eso no es lo que hacen los escritores verdaderamente buenos, y he aquí lo que ocurre si coges ese consejo y lo conviertes en tu brújula. Para empezar, como te pongas a mostrar todo lo que ocurre en vez de decirlo, vas a crear la novela más aburrida y abstrusa de la historia, con un argumento que se arrastra por mil detalles como por piedras cortantes. La caída de párpados, el afectamiento, la reacción a la reacción… mostrar todo el rato se vuelve fácilmente insufrible y muy dado al cliché. ¿Por qué el cliché? Por el problema del lenguaje corporal y la escritura. Las personas detectamos las emociones inconscientemente y en un instante por el lenguaje corporal del otro, es más, se nos contagia por el efecto de las neuronas espejo. Eso, que por razones evolutivas ocurre en un pestañeo, es francamente difícil de describir de modo ágil y queda farragoso y artificial como tengas que mostrarme cada componente de la situación y el gesto del otro. El problema con el lenguaje corporal es que nuestro cerebro capta la instantánea general en menos de un segundo en la vida real y, sin embargo, como tengas que describirlo al completo me vas a usar una página y has roto dos cosas importantes: una es el ritmo porque la cosa de un instante la has mostrado en un tiempo largo, otra es precisamente lo que intentas transmitir, la emoción. La has matado mostrando en cada maldita página la curvatura del labio, el removerse en el asiento, el tamborileo con los dedos… Intentando lo que quieres, estás destruyendo lo que quieres, y la emoción que transmites es que me voy a saltar el párrafo. Además de eso, el lenguaje corporal es difícil de describir con algo nuevo, con expresiones que no han sido sobadas cuarenta mil veces y se han vuelto, por tanto, cáscaras vacías y aburridas. En serio, buena suerte intentando expresar el estado emocional de un personaje a través de su lenguaje corporal describiendo la mirada, los pequeños gestos, que se muerda las uñas… vas a romper cada punto de tensión y aburrir hasta hacer llorar con frases más secas que Córdoba en julio. O puedes ser muy bueno con ritmo, imágenes y metáforas para ignorar esto, pero claro, eso es algo a practicar que tampoco te pueden enseñar, sólo aprender con la práctica deliberada. Y eso en la parte más importante, que son las emociones. Como intentes mostrame también todo lo demás en vez de decírmelo (como por ejemplo la belleza de cada momento a través de la descripción de cada detalle del instante) el ritmo decae rápidamente y vas a convertir la narración en un fangal insoportable. ¿Entonces no hay que mostrar, hay que decir? Obviamente tampoco. Hay que mostrar y hay que decir. En ciertos momentos habrás de mostrar y en ciertos momentos habrás de decir, pues no todos los personajes son importantes y no todas las acciones de todos los personajes son importantes. Por eso, como muestres en vez de decir, vas a igualar lo insignificante con lo primordial, lo vas a poner a la misma altura y por tanto todo lo que escribas será una llanura. El paisaje más aburrido de todos. Y si en ciertos momentos hay que mostrar y en ciertos momentos hay que decir, ¿en cuáles debo hacer cada cosa? Si estás esperando que te dé una respuesta a eso, con normas, etc, es que no nos estamos enterando de nada. Caminar esa fina línea de saber cuándo mostrar y cuándo decir es precisamente el intangible de escribir bien que se adquiere con la práctica deliberada de escribir y leer, con la experiencia y la dedicación. La cuestión de todo esto es que, cualquier consejo, incluso el más sagrado hoy, será pasto de la burla mañana (los adverbios estaban muy bien considerados en el Modernismo, por ejemplo) y se puede desmontar con facilidad porque escribir bien no depende de consejos y trucos. La misma cera que hay aquí se le puede dar a tonterías tales como «no escribas nada que no avance la trama» y cosas así que veo a menudo. Kris Rusch advertía sobre lo que llama la voz blanda del «escritor serio», una voz que viene de seguir demasiadas «reglas de escritura» en vez de desarrollar tu propia voz. Según ella, la voz del escritor serio se vuelve «cuidadosamente blanda». Incluirá unos pocos detalles, alguna descripción bonita, quizá unas pocas palabras únicas. Pero principalmente es indistinguible de cualquier otra voz, de la misma manera que se entrena igual a todos los presentadores del telediario. Estas voces se suelen cultivar por escritores que acuden a demasiados talleres, leen demasiados artículos y libros que no son los que tocan, y comparten sus escritos con demasiadas otras personas (del gremio o no) para recibir críticas y consejos. Igual que muchas buenas canciones terminan arruinadas por un exceso de sobreproducción, la frescura y el valor de una historia pueden quedar sepultadas por demasiadas reglas, consejos, críticas, etc. Por años y años de pasar la novela por el tamiz de otro taller más, otro grupo de crítica que sólo convierte a la obra en un Frankenstein irreconocible desde su principio. Un monstruo parcheado que, intentando abarcar todo, sigue diez años varado y no consigue llegar a nadie. Para eso, ignora a todo el mundo y escribirás mejor.