Vivo con esa sensación de que mi muerte será por aplastamiento, que un día no leeré tan rápido como para que la pila de lecturas pendientes no caiga sobre mí de una vez por todas, con la venganza que concede haber visto pasar a tantas otras por mi cama antes que a ellas. No saben que no se pierden, sólo que no han sido elegidas, pero de verdad que hay una cierta angustia en mí, la del conejo de Alicia que siempre llega tarde y la de perderte algo bueno. La de perderte todo eso que se escribirá cuando tú tampoco estés ya, sea por aplastamiento o cualquier otra cosa. Y ahora, por culpa de los tiempos modernos, a la de libros también he de añadir la pila de artículos pendientes. Por fortuna, esos no son tangibles. Es el caso con un artículo de Megan McArdle en The Atlantic, que tengo guardado desde hace más de 5 años. Lo acabo de leer al fin y me ha parecido interesante, que supongo que es lo que dices de aquello que coincide con lo que ya pensabas de antemano. Trata de por qué los escritores son los peores procrastinadores. El motivo según el artículo es que, cuando eran pequeños, se les daba bien la clase de lengua. Tiene razón y más sentido del que parece a primera vista. McArdle alega que muchos escritores fueron niños que sacaban fácilmente buenas notas en clase de lengua. Leían y escribían más o menos correctamente, mientras que los profesores se empeñaban en enseñar unas reglas gramaticales y la noción de que el esfuerzo era importante y la clave del éxito. Pero desde muy niños, el condicionamiento de muchos escritores era otro. Mientras los demás leían de manera entrecortada, ellos pasaban las páginas de libros destinados a cursos superiores. No fracasaban mucho a una edad muy temprana, porque su inclinación y atracción naturales hacían fáciles los conceptos básicos. Y esa ausencia de fracaso enseña una lección engañosa y dañina: que el éxito parece depender de lo que se suele llamar talento natural. ¿Y qué es lo que ocurre? Que cuando pasas de medirte respecto a otros niños para hacerlo con otros escritores, has ascendido de liga y ya no destacas, al contrario. Como ya he dicho muchas veces, tanto en esta web como en Escribir bien y en Escribir mejor, la procrastinación no tiene nada que ver con la pereza, sino son las emociones. En particular, las emociones negativas. La que más contribuye a posponer el trabajo es la del temor a no escribir algo lo bastante bueno. Así que los escritores no somos los peores procrastinadores porque seamos una panda de vagos, como se nos suele retratar. No tiene nada que ver con eso. Simplemente se nos quedaron grabadas lecciones erróneas hace mucho tiempo. Una de ellas es esa falta de fracaso a edades tempranas, la otra es la creencia en la escritura como un arte que surge de un estado de flujo, donde las ideas se visten con palabras de una manera perfecta y suave. Pero la escritura es barro. Incluso esa que sale en momentos de flujo resulta barro al repaso siguiente. Por eso, muchos que se dicen escritores van posponiendo el trabajo, porque el barro es espeso, no puedes caminar bien por él, te hundes y en muchas ocasiones no lleva a ningún sitio. Todo ese esfuerzo para nada, como ocurre con tantas cosas en la vida, así que para qué. Mejor evitarlo porque no se parece a aquellas clases de primaria. Sin embargo, sí son esas clases, pero han cambiado las tornas y ahora somos todos aquellos compañeros a los que les costaba juntar las palabras y poner bien las comas tan fáciles hace tantos años. Toda una lección de humildad, porque esa es la verdadera naturaleza de la escritura y no aquellos dictados y lecturas que eran un descanso, porque hacías lo que te gustaba y era sencillo a niveles tan básicos. Aunque la vida nunca deja de ser el instituto para la mayoría de cosas, pronto deja de ser las clases de infancia que recuerdas con cariño. Nociones erróneas, falta de práctica en el fracaso, evitación de las emociones negativas e incomprensión de que nada, absolutamente nada, sale bien a la primera (o a la quinta). Los escritores cargamos una mochila mental y emocional que ayuda poco para un camino sin senderos predeterminados, con una altísima probabilidad de no llegar a nada. Ni en ese escrito que estás empezando ni en general. Aparte de esa noción básica, que tampoco se desarrolla demasiado, el artículo no me pareció gran cosa. Repite conceptos psicológicos de moda como la mentalidad de crecimiento, pero ya se ha visto que, como mucha de la psicología social de los últimos años, son paparruchas que suenan bien, pero no resisten un análisis sensato y se han demostrado falsas. La hipótesis de partida, sin embargo, es buena y por tanto su corolario suena muy decepcionante, como suele pasar con las cosas verdaderas: hay que abrazar el trabajo duro. En deportes de combate hay un proverbio: Embrace the grind. Abraza la rutina que te machaca, moral y físicamente, abraza lo aburrido y lo que duele y te rompe un poco para recomponerte (con suerte) un poco mejor. Haz eso que los demás evitan. Es la única manera si ya has abandonado el colegio. Y si aún estás en él, disfruta esos momentos fáciles de las clases de lengua, no durarán.