Hoy, qué cosa más rara, vengo a ejercer de abogado del diablo, de «anarquista literario» quizá, como me llamaron en un comentario. Un cumplido exagerado sin duda (pues como cumplido me lo tomo) pero, al fin y al cabo, un escritor es un exagerado profesional. Vamos, que vengo a que me caigan tomates. Ya he hecho esto anteriormente con otros temas casi sagrados, como las presentaciones de libros, y hoy le toca a algo que (he de asumir mi ignorancia ante las modernidades de la literatura) no conocía hasta hace poco: Los «lectores cero», que al parecer son lectores no profesionales que echan un vistazo a tu manuscrito antes de enviarlo a algún editor, autopublicarlo, etcétera. Por lo que he podido ver es una camarilla, casi siempre compuesta por fieles, que supuestamente dan una perspectiva externa. Un escritor siempre ha tenido a algún sufrido amigo o pareja (yo no) al que ha enseñado un borrador y ha pedido opinión del mismo. Es normal, es una tortura para el otro y en muchos casos un error en general, pero es algo que ha sucedido y sucederá. Así que, niños y niñas, mejor no acercarse mucho a los escritores si no quieres que te pase eso. Por lo que he podido ver, parece que los lectores cero son la expansión de ese concepto a fin de «ayudar a mejorar» la obra. En vez de contratar a un corrector, los lectores hacen ese papel en cierto modo, pero lo cierto es que nunca va a ser lo mismo. Para mí la escritura es íntima y no pido opinión, soy así de lerdo. Por otra parte, he de reconocer que no les veo demasiada utilidad en lo personal y, si alguna vez alguien me ha dicho que estaría dispuestos a leer algo mío no publicado, mi respuesta ha sido siempre un amable: «No, gracias». Supongo que los lectores cero tienen muchas ventajas (yo no lo sé, claro) se predican a menudo y parecen relativamente sensatas. Así pues, no voy a repetirlas ni entrar en ellas, yo no las conozco al fin y al cabo, excepto una que sí me parece interesante: Que te ayuden a encontrar esas malditas erratas que tú nunca verás, por mucho que leas mil veces con cuidado. Más allá de eso, en general se supone que te hacen mejor escritor y a tu manuscrito lo hacen mejor historia. Si es así, me parece genial para quién los emplee y debe seguir haciéndolo. Los escritores recurrimos a cualquier cosa con tal de escribir mejor: a hacerlo desnudos, a hacerlo de pie (Hemingway, te estoy mirando, cómo no), a hacerlo en una gran hoja de papel continuo… Lo que sea que nos funcione, y cuanto más extraño, mejor. La cuestión es que, personalmente, no estoy muy seguro de que los lectores cero marquen una gran diferencia excepto en ciertos casos muy puntuales que casi nunca se dan. De hecho, es posible que hasta sea algo negativo tenerlos, porque como muchas cosas negativas, encierra buenas intenciones en el fondo.

El problema de las relaciones humanas

Por lo que he podido ver cuando me he puesto a mirar más de cerca, algunos escritores usan como lectores cero a colegas, fans de sus anteriores obras y, en general, amiguetes y familia. Bien, hace mucho tiempo yo trabajaba para el lado oscuro y existía un mandamiento: «Nunca, absolutamente nunca, pidas opinión sobre negocios a amigos y conocidos. Y si te la dan, procede a ignorarla». ¿Por qué? Porque no va a ser la opinión que necesitas. Porque muchas veces no tienen ni idea del tema y porque de una manera más o menos inconsciente, no querrán destruir la ilusión de haberte pasado meses con algo, así que no dirán: «Esto es una mierda», aunque lo sea en realidad. Es así, no estoy seguro de que vayas a tener la opinión que necesitas, no la mayoría de las veces. Ahora, que si uno lo que quiere es refuerzo psicológico para lanzarse a publicar, pues entonces bien, pero es eso, la _cheerleader _con el pompón. Lo que ocurre es que si tienes intención de publicarlo, el mundo ahí fuera no le va a poner a tu obra los ojillos de madre que muchos lectores cero le pondrán, por el mero hecho de ser amiguetes y fans. En definitiva, que con toda la mejor intención del mundo, están asfaltando el infierno.

El reverso tenebroso del fan

También me he tropezado alguna vez con el subtipo contrario: «Déjame leer, que yo soy muy sincero y si esto es una mierda, te lo diré». Bien, imaginemos que es así (nunca lo es, por cierto). ¿De qué sirve una opinión concreta? Es sólo una opinión, la opinión es la mercancía más barata del mundo porque es la más abundante. Da igual la obra maestra que señale con el dedo, todas tienen a alguien que va a venir a decirte que no vale ni para envolver el pescado. Esa clase de gente dura y «sincera» no tiene mucho valor en sí misma, de hecho, no tiene más valor que el del fan o incluso puede que tenga menos. Quizá es posible que señale que, efectivamente, hay un error de estructura, de ritmo, que los personajes sean esa copia de la serie de televisión o película que tanto te gusta (algo que empieza a ser una plaga en algunos libros)… Quizá te ponga en el buen camino, o quizá no. Quizá sólo sea que a esa persona no le encajó, así que borras algo por culpa de una opinión y resulta que al mundo le hubiera encantado. Es sólo que te tropezaste, al principio del camino, con ese que siempre va a decir que lo que haces no vale para nada. Además, esa gente que se cree sincera porque son duros tampoco es imparcial, básicamente es imposible serlo si eres humano y suelen ser tendentes a ponerse siempre en el lado contrario de las cosas. Vamos, un tipo como yo, una minoría a la que casi nada le parece bien. Si sigues las indicaciones de esa gente, estás poniendo tu escritura en un lado minoritario que siempre busca la contra. Eso no garantiza que el libro vaya a ser bueno, pero sí que lo alinees con los gustos de casi nadie. En serio, yo aposté en el primer episodio de Aquí no hay quien viva (o como se llame) a que semejante engendro sin gracia no duraría ni cinco capítulos, y todo lo que me gusta en Mercadona lo acaban quitando porque supongo que no se vende. ¿De verdad quieres esa clase de opinión para tu hijo literario? Me sigue sorprendiendo cuando alguien me dice que le encantaron las partes que menos me gustan de lo que escribo y las que me encantan, pasan desapercibidas. Además, afrontémoslo, todos hemos conocido a unos cuantos de esos «sinceros» y, la mayoría de las veces, esa sinceridad mal entendida es una excusa para sacar la bilis que llevan dentro por lo que sea (y muchas veces nada tiene que ver contigo ni tu obra). En general, esta gente es como los fans, pero al revés. La utilidad de cara a la obra es tan limitada (por el otro extremo) como la del lector apasionado y fiel, que ansía ver qué es lo siguiente que hemos ideado y quiere la primicia.

Escribir inconscientemente pensando en los lectores cero

Cuando sabes que alguien va a leerlo y además conoces quién va a hacerlo, creo que puede provocarte un efecto perverso mientras escribes. Sabes lo que les gustó o no de lo que han leído ya de ti, sabes de qué pie empiezan a cojear… Y quizá eso mediatice la historia, y escribas un poco para ellos en concreto, aunque sea de manera inconsciente. Si tus lectores cero están entre tus fans, los fans quieren lo de siempre, lo que les gustó antes, así que mejor que no te salgas de ahí, ni vengas con experimentos raros en muchas ocasiones. Quizá tengas eso en mente cuando escribes y es terrible, porque te estás encerrando y limitando. Personalmente pienso que es una tontería esa frase de escribir para uno mismo, igual que es una tontería la imparcialidad, simplemente no son cosas compatibles con la naturaleza humana. En mi opinión escribir para uno mismo sería lo ideal, pero nadie está libre de verse influido por los demás. A veces escribes algo y piensas: Si mi madre/padre/esposa lo leyera, si lo leyera ese en el que me he inspirado para contar, si lo leyeran esos que pusieron cinco estrellas en Amazon a otra historia muy distinta… Cuando lean esto no sé qué van a pensar. Yo he de reconocer que, de un tiempo a esta parte, escribo para que no se lea, escribo porque sí las historias que más o menos quiero contar, pues he hecho las paces con la noción de que el 99,99% no va a ver la luz de todas maneras, así que no importa lo que ponga ahí o lo que quiera hacer en ellas. Saber que la mayoría de lo que has escrito acabará perdido o borrado es liberador para poder experimentar, cambiar, evolucionar y «mejorar». Para poder llegar a ese estadio ideal de escribir para ti lo que te dé la gana. Y si luego algo sale a la luz, pues viene por añadidura.

El peligro de sustituir una cosa por otra que no es igual

En definitiva, por lo que he visto, los lectores cero son una especie de sustituto a coste cero (qué malo soy haciendo bromas, venga esos tomates) del corrector profesional. Si es así, me temo que nunca podrán cumplir esa labor, pero es un signo de estos tiempos, los días del cuñado: todo el mundo escribe, todo el mundo es crítico literario. Un buen corrector, que no tenga relación contigo y cobre por lo que hace, es un mercenario profesional, no se va a ver cegado porque le gustaste en el pasado o eres su amiguete. Pero Isaac, ¿ya te estás contradiciendo? ¿No has dicho que los humanos no podemos ser imparciales? Sí, me estoy contradiciendo, es mi casa y algo humano también. Un corrector no tiene una imparcialidad completa, pero sí una muchísimo mayor que el lector cero habitual. No podemos aspirar a la perfección en lo imparcial ni en nada, pero sí a toda la que podamos. Además, en mi opinión esa no es la habilidad más importante que un corrector pone sobre la mesa (pues también tienen sus filias y fobias) lo importante es que un corrector profesional tiene bagaje, se habrá hartado de leer en general y de leer borradores en particular. Ve los fallos de estructura, personaje y, en general, esos que plagan muchos manuscritos por lo mismo que el mecánico de tu coche sabe lo que le pasa en cuanto alza el capó: Tiene el culo pelado con ello. Y también, como sabe que su gusto no importa y que lo que importa es cobrar, al menos es capaz de dar un pequeño paso atrás (de eso depende su negocio) y no se casa con la historia. Las ha leído por cientos de todos los colores y entiende que, aunque una historia no le haga clic a él, puede hacerle clic a muchos otros, puede ser que al menos esté bien escrita, o que quizá tendrá su público que no necesariamente ha de ser él. ¿Tienes un lector cero que es corrector o almacena semejante bagaje como lector o profesional del ramo? Entonces quizá ya estamos hablando de otra cosa, si es que está dispuesto a poner en peligro su relación contigo… ¿Es mejor un lector cero que un corrector? Para los propósitos que creo que muchos escritores los utilizan, en mi opinión no. Un corrector profesional hará mejor labor que veinte lectores amiguetes. Pero claro, todo buen profesional se paga en esta vida y los escritores somos en general unos muertos de hambre. Yo desde luego, sí. ¿Y es mejor un lector que cero que ninguno? Ahí no lo tengo claro, porque creo que entra a jugar cómo es cada escritor y cómo es cada lector. A mí no creo que me beneficiaran por todo lo que he expuesto, y por ello no tengo intención de usarlos. A otros supongo que sí, y por eso los usan. Yo, como el 99% de las veces escribo para que nunca se lea, pues no uso ni lo uno ni lo otro. Cuando he tenido corrector profesional ha sido dentro del contexto de una editorial, tras un primer manuscrito ya pulido y enviado. Supongo que, con el tiempo, he desarrollado mis propias formas de saber si un manuscrito está ya lo bastante decente como para no tocarlo más. Obviamente, la mayoría de esas veces fallo miserablemente (de ahí gran parte de la infinidad de rechazos, supongo), otras supongo que han funcionado esos trucos bajo la manga (más o menos). Pero esos ya serán, quizá, motivo de otra historia.

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P.D. No, no voy a ofrecer servicios de corrección. No, no me he casado con una correctora. No, tampoco conozco en persona a ninguno y siempre he intercambiado pareceres e insultos a distancia (más o menos educados) con aquellos con los que he trabajado. Nada mejor que señalar a un escritor sus errores para que te declare la guerra. Y no, no me pagan comisión por esto.