Desde crío sentía una curiosidad afín por el estoicismo, aunque no lo entendía del todo bien. Uno de los grandes entre ellos, el cordobés Séneca, dijo:

Nadie le da su dinero al primero que pasa, pero muchos de nosotros hacemos eso con nuestras vidas. Somos de puño cerrado con nuestra propiedad y nuestro dinero, pero no le damos importancia a perder el tiempo, la única cosa en la que todos deberíamos ser los tacaños más grandes.

Hasta él se maravillaba de que, incluso los más inteligentes, son un fracaso a la hora de proteger su tiempo.

Un escritor sufre tantos rechazos, tantas veces nos dicen que no, que hiere de muerte a la autoestima. De la misma manera, todo el contexto nos envía constantemente un mensaje sutil pero devastador, que viene envuelto, como suele pasar, en palabras bonitas y cumplidos envenenados. Estamos condicionados a dar el arte gratis o por céntimos, por una causa noble o sin ella. Estamos condicionados a que otros se lo apropien, al pirateo, a que se ignore a la cultura cuando hay algo que repartir, a que no se hable de nosotros, a escuchar sandeces como la de que «haces lo que te gusta», y que «eso es genial, mira qué suerte tienes, no como yo». Así que encima deberías agradecerlo sin esperar nada a cambio, especialmente una compensación por el tiempo y el esfuerzo que has volcado en el papel.

Pero resulta que no puedes comer, que tú también debes emplearte en esos otros trabajos ingratos sin vocación alguna, que el esfuerzo de escribir y crear es adicional al día de mierda en la oficina y a toda esa carga fastidiosa de las obligaciones cotidianas.

Es verdad, hay que hacer las cosas por el mero hecho de que estén bien o es lo que deseamos, haya recompensa externa o no. Pero eso no tiene que ver con no valorar la escritura, ni al tiempo y los pedazos que perdimos entre los párrafos.

El arte no importa. El arte es todas esas mujeres invisibles que llevaron su casa, criaron a sus hijos, trabajaron hasta la extenuación y callaron, mientras les decían que lo suyo no era trabajo y aún deberían dar las gracias. Y de entre todas las formas de arte, la escritura es la que más se ha abaratado, siendo nosotros algunos de los principales culpables de ello.

Si un abogado o un psicólogo trabajara dos horas en nuestro caso y nos pidiera a cambio 120 euros, lo veríamos como algo normal, tiene que comer y no concebimos que lo hagan gratis. Pero valorar dos horas de trabajo de un escritor es muy diferente, aunque en esencia sea lo mismo.

Te dicen que no es trabajo, que es gozo y por el gozo no se cobra, se paga. Muchas editoriales, de hecho, se han subido literalmente a esa frase, así que prepara la cartera si quieres publicar.

Pero lo cierto es que todo esto lo veo también en mi faceta de escritor mercenario. Dejé de contar las veces que me dijeron que era caro, cuando proponía una miseria que ni siquiera la otra parte hubiera aceptado por su tiempo y su trabajo.

El último clavo de este ataúd es que el precio de las cosas es una señal de valor. Es decir, que cuando veo algo caro, lo relaciono con calidad y cuando veo algo barato, percibo todo lo contrario. Así que devaluamos todo un poco más cada día y el círculo vicioso no deja de rodar, atrapándote en una precariedad interminable.

Interminable y sin solución aparente. Porque el condicionamiento a ver las cosas así y comportarnos de manera acorde es, simplemente, demasiado poderoso y se repite día a día.

No valorar nuestro tiempo es no valorar nuestra escritura y, si no la valoramos nosotros, ¿cómo podemos esperar que lo hagan los demás?