La patata es una piedra angular de la cocina de Austria y Hungría, algo que forma parte casi de su cultura e identidad. Sin embargo, no siempre fue así. Durante el siglo XVIII, una teoría de la conspiración afirmaba que la patata era un arma con la que los ricos querían acabar con los pobres.

Si uno abre un libro de historia, uno solo y tampoco hace falta que demasiado, se da cuenta de lo aburridos que somos, porque no paramos de repetir el mismo episodio una y otra vez.

Desde las pestes de Justiniano, hasta la gripe del 19, pasando por las epidemias de cólera, viruela, etc, muchos no entendían las acciones encaminadas a mitigar la enfermedad, o bien resultaban víctimas de intereses que los usaban de peones para socavar. Y se comportaban exactamente igual que todos esos diciendo burradas en Twitter y Facebook con el veneno goteando el colmillo. En todas esas otras ocasiones de la historia, estas personas hacían lo mismo, decían las mismas cosas y terminará igual que siempre terminó, como miramos ahora a los que les gritaban a las patatas en el XVIII.

Sería risible, si no fuera porque sus acciones matan. El padre de una amiga sigue peleando ahora mismo en una UCI y no lo tiene bien, porque esas historias le capturaron.

El motivo de por qué ocurre esto es complejo y multifactorial, como siempre es lo importante, pero en el centro de todo se encuentra algo muy poderoso (probablemente lo que más) e infravalorado.

La conspiranoia triunfa porque tiene una mejor historia. Igual que muchas empresas y productos triunfan porque tienen una mejor historia, aunque no tengan el mejor producto. Apple es un ejemplo perfecto.

Los humanos siempre hemos estado atraídos por las narrativas apasionantes desde que nos sentamos alrededor de la hoguera. Capturaban nuestra imaginación y nos persuadían, queríamos creerlas porque preferimos cualquier respuesta, aunque sea errónea, a vivir con la incertidumbre de no saber. Con esas historias, con dioses y héroes y mitos, llenábamos los huecos de lo mucho que ignorábamos.

Y no importa en absoluto si la historia es cierta o no, importa que sea mejor, más atractiva. Importa que sea algo y dé una respuesta por imposible que sea, porque eso siempre es mejor alternativa que la nada.

No se puede competir armado con un aburrido libro de biología contra misteriosas cábalas satánicas de ricos, contra argumentos de best-seller a 4,95, que para eso se venden mucho más que el libro de biología. La historia que compite contra la conspiranoia es tremendamente aburrida y anodina, porque así es la realidad y las cosas importantes, complejas y aburridas.

No hay cónclaves poderosos con planes complejos para dominarnos, ya nos dominan desde hace mucho, no les hace falta tanta historia. No hay chips de ninguna clase para localizarnos y controlarnos, ya ocurre desde que llevamos un móvil en el bolsillo. Como mucho, quieren algo muy prosaico, que compremos. Que hagamos clic en el maldito anuncio, consumamos más, hablemos menos y siempre estemos cansados, para que no queden ganas de cambiar nada. Que nos distraigamos con conspiranoias y obviemos lo importante.

Así que lo siento, nunca me gustaron los best-sellers típicos y tampoco hay cerebros malvados moviendo los hilos desde templos ocultos. Hay una situación mucho más inquietante y terrible, nadie al volante en un mundo frágil producto del azar. No hay fuerza más poderosa que la casualidad, pero es muy difícil asumir que somos marionetas en manos de una suerte ciega y poco tenemos que decir en esta obra.

Sin embargo, hay un problema, nos rebelamos contra esa insignificancia y estamos programados para creernos especiales, para ser los protagonistas de las historias, los héroes de una película. Es lo que nos lleva a las estrellas, a no bajar los brazos a pesar de que nada tenga importancia y, a la vez, a gritarle a las patatas.

La alternativa a la conspiranoia es demasiado insoportable. Sólo somos unos monos cualquiera en una roca azul como hay infinitas, flotando en una oscuridad hostil, a merced de cualquier cosa que nos puede borrar en un instante.

No somos nada, pero las teorías de la conspiración ofrecen ser alguien, sentirse especiales, ser poseedores de secretos, protagonistas de la película, héroes en tu cabeza mientras repites lo que ha pasado mil veces en la historia sin aprender en ninguna de ellas. Ha sucedido, sucede y sucederá de nuevo, porque lo terrible de la vida es que es tremendamente aburrida y circular.

De verdad que basta con abrir un libro de historia, sólo uno.

No somos conscientes del poder de las narrativas. Como escritores, no nos damos cuenta de que trabajamos con lo más poderoso. Especialmente ahora, la verdad no importa, es todo una lucha entre historias y ganará la que mejor conecte, la que mejor se cuente, la que encaje en las necesidades psicológicas insatisfechas del momento, no la que sea cierta.

Nos esperan tiempos duros, porque los países, ciertos politicuchos y los cantamañanas timadores se han dado cuenta de que pueden usar eso como arma. Algunas potencias, por ejemplo, lo han dicho y lo dicen claramente, en documentos y manuales. Manipular con conspiranoias es mucho más barato y efectivo que mandar tropas para desestabilizar países rivales. Lo mismo ocurre con las ideologías radicales, estas sólo prosperan en el malestar, así que siembran adrede esa desconfianza y esa paranoia en su sociedad. La mentira para generar desconfianza contra lo social, lo político y lo científico, todo de nuevo expuesto en blanco y negro. Si no, no alcanzarán el poder.

Además de eso, la tecnología aumenta la capacidad de crear bulos cada vez más indistinguibles y también extenderlos más rápido que nunca. Es fácil seguir el hilo de los bulos con los que corre toda esa gente, cómo muchas veces el origen son granjas de bots, extranjeras o ligadas a ciertas ideologías, la que ponen la pelota a rodar, o simplemente son invenciones de quien quiere vender algo a toda costa y ganar dinero. Y es barato poner cien historias distintas en marcha, alguna siempre cuela y crece.

Estamos programados para creer en algo, lo que sea, porque de verdad que la alternativa es peor, mucho más inquietante, que no hay respuesta, no hay sentido, que hacemos lo que podemos en la oscuridad.

Quien quiera o tenga que enfrentarse a eso, debería aprender de las teorías de la conspiración. Debería comprender el poder de las historias, cómo persuaden, cómo funcionan, en vez de menospreciar y tratar de combatir historias con hechos.

Los hechos y los datos objetivos nunca convencieron a nadie, la verdad no tiene nada que ver aquí, ni sirve, porque la vida y las personas son cuestión de emociones, no de razones. O envolvemos la verdad en una historia atractiva o perdemos.

Y sí, luego hay otros motivos poderosos, como la necesidad de pertenecer a algo, ser por fin alguien más que el rechazado en un rincón… o no tener escrúpulos y comprobar que ganas dinero con esas cosas… También estar atraídos irremediablemente por el estatus y por ser relevantes, esforzados mártires que abrieron los ojos en un mundo de ciegos. Podría estarme todo el día desgranando el tema, los motivos y los matices, pero ¿para qué? Sería complejo, sería menos memorable que la imagen de Bill Gates comiendo niños en un sótano o algo así, lo primero aburre y lo segundo impacta. No me voy a esforzar, no me pagan tampoco para eso.

Al final, todo se resume en algo anticlimático. No somos héroes de ninguna película, sólo monos asustados en una piedra a toda velocidad por el espacio, gritándole otra vez a las patatas.