Este relato inédito forma parte de La pregunta que importa y otros relatos, que se puede descargar gratis desde la salida de la novela Perdimos la luz de los viejos días. Pongo el relato aquí porque es el más breve de todos los que contiene el volumen y, además y curiosamente, es posible que quienes lean la novela hagan una sutil conexión y les suene algo. Siempre he tenido la costumbre de escribir, prácticamente todo, en un mismo mundo entrelazado, con referencias y bromas internas que sólo entiendo yo. Pero es que a veces me atrae ese arquetipo de payaso malvado, que busca hacerse gracia antes de hacer gracia a los demás. Ese que siempre tiene ese gesto de pillar una broma que nadie más entiende. Nunca he conocido nada más enervante (o inquietante) que esa clase de payaso. Y aquí está “Toda la verdad”, es muy breve, no llega a dos minutos de lectura.

Toda la verdad


Recuerdo cuando mi padre contrató un investigador privado y descubrió que mi madre quedaba con desconocidos, con los que contactaba a través un tablón de anuncios cutre de Internet, casi siempre en el mismo aparcamiento o sitios peores. Y allí, bueno, allí se ponía de rodillas y a lo mejor lo que hacía era rezar, no sé.

Mi padre se deprimió y nunca se lo dijo a mi madre, porque temía que lo dejara y como se había dejado perder y era incapaz de atraer a nadie ya, se moriría solo. Pero me contó a mí lo que descubrió y me ordenó que yo no lo dijera bajo ningún concepto. Y luego venía mi madre y me daba el beso de buenas noches y desde aquel día de la verdad a mí me parecía que ese beso olía extraño y no me gustaba cuando me sonreía. Tampoco me gustó cuando una vez se le llenaron los labios de aquellas pupas tan raras que supuraban.

Eso es lo que le ocurre a la gente por querer mirar detrás de puertas cerradas. Las necesitamos si queremos vivir los unos con los otros, las necesitamos para ducharnos y para ir al baño y para querernos. Mi padre sólo consiguió querer menos a mi madre por culpa de la verdad y a mí me arruinó la infancia, porque ella era una buena mujer, que iba a misa y me cuidaba y siempre tuvo para mí ropa limpia que olía bien, no a aparcamiento y a otros. Hubo un tiempo en que se burlaban mucho de mí en el colegio, otra niña me pilló manía y eso apenaba mucho a mi madre y lloraba. Yo le decía, “tranquila mamá, ¿por qué lloras tanto”. “Por nada, hija”, me respondía, callándose la verdad que ocultaba, para que yo no recibiera más daño. Era una buena mujer y por eso se callaba.

Entendí que la verdad era el enemigo y el arma de destrucción. Si quería terminar con alguien, no tenía más que buscar su verdad o la de los suyos.

Pero mi madre me enseñó que pelearse con otros no merece la pena, que es mejor querer todo lo posible a los demás. A lo mejor por eso ponía esos anuncios a escondidas, para que la quisieran más y hacer que todos los que pudiera se sintieran queridos. Para quien tiene tanto amor, un marido y una hija no somos suficientes a veces.

Mis padres se hicieron viejitos juntos y murieron casi a la vez. Él lo hizo primero, porque fumaba mucho y ella lo hizo poco después, porque se apenó mucho. Mi madre le engañó toda una vida y quizá por eso nunca le abandonó. Mi padre le ocultó lo que sabía y quizá por eso, cuando se dijeron que se querían por última vez, no cabía más verdad en aquella habitación.

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