No suelo publicar relatos en la web, ni en otro lado, la verdad. Si acaso, la tradición de cada fin de año que se cierra con un cuento efímero.

Voy a romper ese ritmo y anticipar el final de 2021 con una historia, una de las más breves entre las más de cincuenta que surgirán este año, dedicado a «vivir del para el cuento», en ese reto Bradbury del que ya he hablado y que tiene como compañero de viaje al fenomenal escritor Santiago Eximeno.

Por eso quizá, un relato que se parece un poco a Santi, sus temas y obsesiones, porque creo que es lo que hemos hecho estos once meses y el que nos queda por delante, atrapar entre las letras lo que corre dentro e inquieta. Que los renglones sean barrotes, congelar en las palabras lo que no se calla.

Al menos es lo que yo he hecho, lo que suelo hacer cuando me siento a escribir.

Hablo demasiado. He aquí «La herencia», producto de la semana treinta y uno.

La herencia

Llegas a esa edad en la que entierras a tus padres y piensas que a ti tampoco te queda mucho. Veinte años si la suerte te está mirando, que no suele. Cosas de ser los primeros que vivirán menos y peor que la generación anterior: de crisis en crisis y tiro porque me toca, de trabajo en trabajo, de divorcio en divorcio y alquiler en alquiler. Siempre en movimiento, siempre hacia abajo. De dos médicos a un hijo que quiso ser artista, pero se quedó en payaso si preguntas a las que estuvieron conmigo.

Mueren papá y mamá con unos días de diferencia, como en el amor de las novelas, y por fin tengo la llave del desván de la casa del pueblo. Ya me había olvidado de lo mucho que quería abrir esa puerta cuando era pequeño y la vida no se molesta en cambiar, así que nada de tesoros escondidos allí dentro. La buhardilla son estanterías repletas de grandes tarros de cristal. Dentro de ellos se conservan animales deformes, partes del cuerpo amputadas, algo con dos cabezas, una galería de horrores y peste a formol que no se irá del suelo ni las paredes.

Puedo escuchar la voz de Elena, no importa que nos divorciáramos hace tanto, los reproches me tocaron en el reparto. Ella siempre decía que mi familia era rara, que le daba grima comer en esta casa los domingos, hablando siempre de operaciones, enfermedades, carne y sangre. ¿Yo qué iba a saber? Este es el hogar en el que jugué, en el que podía dormir hasta las tantas y subir a la terraza en verano a ver las estrellas. Había un sentido de maravilla y aventura, había un perro y un secreto en el desván, que ahora veo que no es gran cosa, pero era mi mundo perfecto.

Y en el lugar destacado de la buhardilla, bajo el haz de luz que entra por el ventanal del techo, descansa mi hermano gemelo dentro de otro recipiente de cristal, flotando en un líquido como cuando estábamos juntos en el útero de mamá.

Le absorbí la vida y ya ves para qué, ni con la de dos pude crear una decente. No me lo quisieron decir hasta los dieciocho, pero me contaban que era de los afortunados que no estuvo solo desde el primer momento y eso me hacía especial, porque tampoco moriría solo. Historias que nos contamos para soportar los días o el hecho de que estrangulé a mi hermano con mi cordón umbilical. Lo llamaron un accidente improbable, casualidad desgraciada, suerte cruel, pero nada de eso. Lo recuerdo gracias al sueño que tuve la misma noche en la que me dijeron por fin a qué venía la monserga de no conocer la soledad. Mi hermano y yo discutimos, porque él quería salir primero y yo pensé que, si era así, se olvidarían de mí y me dejarían allí dentro. Mi hermano el que todo lo iba a hacer bien, otro médico en la familia, nada de escritores ni payasos. Me apartó y se puso delante con una sonrisa.

Yo quería esas voces que se alegraban tanto al otro lado de la piel de mamá, que cantaban y nos decían esas cosas bonitas. Me aterraba que me dejaran allí hasta que me disolviera, escuchando la alegría ahí fuera, toda para mi hermano y sólo mi hermano. Que a lo mejor guardábamos frascos raros en el desván, Elena, si yo eso no te lo niego, pero de verdad que en mi familia nos quisimos lo que pudimos y yo siempre fui egoísta. Eso también lo puedes decir tú y todas las que estuvieron conmigo.