Esta es la tercera salida en falso hoy, he borrado las otras dos, mas de mil palabras. Quizá borre esta también, ya veremos.

Si esto fuera una carrera, ya estaría descalificado, pero es escritura, esta es su naturaleza y no cambiará, ya lo avisaba la fábula del escorpión y la rana. Comienzos que patinan, que lo que acabe siendo un escrito no se parezca en nada a la idea original, capas de repaso que lo cambian todo.

En escritura se enseña el producto terminado y solamente eso, tras mucho trabajo y reposo y trabajo de nuevo y un montón de miedo a que otros lo lean por fin tras meses (más bien años) de trabajo.

Las pocas veces que he roto esa regla y he mostrado cosas a medias, me he arrepentido. Por eso tengo un montón de hijos escondidos en el sótano que no encuentran el final y nunca verán la luz.

Más de una vez me han dicho: «Enséñamelo aunque no esté terminado, seguro que está bien».

No, no lo está, incluso esos que lo pidieron lo reconocieron al leerlo.

En mi caso, la cabeza corre más que la mano. Y corre atolondrada, sin fijarse y respirando por la boca. Quiere decir muchas cosas, no deja de ser aquel crío ansioso, convertido en hombre ansioso, con demasiadas cosas que decir y hacer antes de que el reloj dé las doce. Eso hace que mi escritura salga atropellada, que no se entienda, que precise de mucho reposo. Eso hace que salga en falso y corra hacia ninguna parte antes de saber lo que quiere decir, teniendo que retroceder más de mil palabras hasta la casilla de salida.

Pero es que son tantas cosas… hace poco alguien lo llamó el problema de «demasiadas agujas». En realidad, hoy día no es una cuestión de que haya demasiada paja que nos rodea y haya que encontrar la aguja que merezca la pena, como pasaba antes. Con el conocimiento y miles de buenas voces a un clic de distancia, en realidad hay demasiadas agujas, demasiadas cosas interesantes que aprender, hacer, leer, escribir y contar. Eso me crea una cierta frustración y también parálisis. Elegir un camino implica renunciar a demasiados. Elegir una cosa que contar implica renunciar a muchas otras que quizá tenían más derecho a salir.

No importa en realidad, de todos modos (y excepto un relato en 2020) hace años que todo se queda en un cajón sin enviar a ninguna parte o que lo lea alguien.

Los hijos a medio hacer y los terminados acaban encadenados en el mismo sótano. Pero divago, otro vicio que no me quito sin semanas de repaso.

Quiero pensar (eso me dicen, pero no estoy seguro) que la escritura es un proceso igual de enredado y pantanoso para los demás. Que no es que yo sea demasiado mediocre, sino que es cierto que la simplicidad perfecta de los buenos libros es fruto de mucha frustración, sudor y jardinería, poda y manos metidas hasta la muñeca en el abono, durante meses.

Y tras eso, si es que algo ve la luz, el disimulo.

Aparentar que es así como te salen las cosas o al menos no revelar todas las horas de frustración que nadie vio. Dejar caer que en realidad no fue para tanto, que no hubo salidas en falso y tener que desandar el camino de miles de palabras. Es importante mantener la ilusión de un parto limpio, nadie quiere saber cómo se fabrica lo que come porque quieren seguir comiendo.

Eso hace creer que a algunos la escritura les sale a la primera, o sin toda esa dosis de duda y las ganas de tirar la toalla.

No es así. Esto ha necesitado tres comienzos y muchos más repasos para poco más de seiscientas palabras, pero así es la escritura a estas horas de la madrugada, trata de sonreír y convencer a los demás de que sabe adónde va o lo que está diciendo.