Voy a empezar con esa frase del título, con la que respondí a un comentario hace tiempo, una frase que no es mía y no estoy seguro de quién la dijo por primera vez. Seguramente nadie famoso, seguramente alguien hace mucho, un griego o quizá un campesino en el Delta del Mekong. «Si algo no da asco, no merece la pena». Muchas veces, muchos de los que comentan algo que escribo, aquí o en las redes sociales, creen que tengo una visión pesimista del mundo de escribir, o negativa en cuanto a sus posibilidades y las de lo que orbita a su alrededor como un satélite del que no te libras, ese otro mundo de la edición. No estoy muy seguro de por qué una visión realista, de probabilidades y no cantinelas, es pesimista o negativa. Supongo que porque hoy día confundimos más que nunca lo que duele con lo negativo y lo que da placer con lo positivo. Y la última vez que lo comprobé, ni eran sinónimos ni tenían que ver unas cosas con las otras. Sin embargo, como los análisis simples triunfan y nadie quiere calentarse la cabeza, asumimos que si algo duele es malo, de modo que, en el caso concreto de la escritura, esta debe ser positiva, maravillosa, carne de foto de Instagram con el teclado, la tacita y algún libro cercano que ni hemos ojeado. Bueno, he aquí otra cosa que confundimos, las imágenes (y por extensión las palabras) de las redes sociales y la realidad. El té de la taza está frío, has hecho quince tomas, has probado doce filtros y no has escrito ni una palabra, que era de lo que se trataba. «¿Eso es real»? Ah, no, espera, no era eso de lo que se trataba. Bueno, esa imagen no es la verdad, como mostrar el lado real de algo no tiene una connotación necesariamente negativa a menos que se la pongas tú por lo que sea. Igual que algo que duele no es necesariamente malo (pregunta al cirujano si operarte abriendo en canal no dolería horrores en caso de no haber inventado la anestesia, y sin embargo es lo que cura). De hecho, es al contrario. Si bien todo lo que duele no merece necesariamente la pena, sí es cierto que todo lo que merece la pena va a doler. Un poco o muchas veces, tarde o temprano, y es que si no duele, no es reseñable. Si no es difícil, ¿para qué molestarse? Si alguien desarrollara un software que hiciera la novela perfecta de Dan Brown que vendiera, ¿lo cogeríamos? ¿Apretaríamos un botón y ya está? ¿Qué escritor de verdad haría eso? Pulso un botón y ale. Si algo es tan fácil como, no sé, meter las cosas en el lavavajillas, ¿qué mérito tenemos en ese proceso? ¿Dónde están todas esas sensaciones, internas e inexplicables para quien no escribe, que son las que nos llenan e impulsan a seguir por un camino complicado? ¿Qué mérito hay en el sendero fácil que todo el mundo y unas cuantas ovejas siguen siempre? ¿Dónde está el sentido del logro, eso invisible que nos da el aprendizaje, o el cierto orgullo porque tras unos años ya no tenemos esa redacción robótica del principio de la andadura? Todo eso está ahí, detrás de esos sinsabores una vez perseveramos a través de ellos. Porque las personas valoramos las cosas conforme a lo que cuestan. Si quieres que alguien no lo haga contigo, no tienes más que ser su mayordomo servil y darle todo sin nada a cambio. Verás qué bien te considera y qué pronto se va tras el que no le da todo a la primera. Y si las cosas valen lo que cuestan, las cosas valiosas, necesariamente, han de dar algo de asco por el camino. Han de desolarnos un poco, han de proporcionarnos un desafío, porque sin ese desafío, duro y amargo a veces, tampoco hay sensación de victoria. Necesitamos el drama para ser felices, que dijo Vonnegut. Todas esas visiones de la escritura como seguimiento de un sueño, y que no debe costar nada y que viva la inspiración y el talento innatos, son, además de mentiras como camiones, conceptos que devalúan a la escritura como arte. Así que no, hablar de lo que la mayoría calla pero todo escritor vive, como las pequeñas decepciones, el auto-odio eventual por lo que escribes o las pequeñas miserias a las que la escritura no es ajena, no tiene nada de pesimista ni de «malo». Porque no es que dolor no sea sinónimo de malo, es que no están ni cerca en el diccionario. Es la realidad porque la escritura es así, compleja como la vida y una muestra de que es un arte que merece la pena, que resulta un desafío que hay que trabajar y dominar con práctica y esfuerzo, no con falsos trucos, ni falsos conceptos como el del talento innato. Hay tal cantinela con lo de la escritura como si fuera una p… foto de Instagram, que supongo yo que alguien tendrá que decir lo contrario para equilibrar, ¿no? Y a lo mejor subir un poco el volumen, más de lo normal, para compensar tanto sobre de azúcar cuando se habla de escribir. Si no, se ve solo esa parte dulce y decir que es la única que existe es puro engaño como todos esos filtros. Alguien empieza a escribir y se tropieza con múltiples sinsabores e inseguridades y piensa, ¿lo estoy haciendo mal? Esto no se parece en nada a todo eso que veo y leo. ¿Es que no valgo? Nada de eso, es que te han engañado, la escritura también es así. En la escritura existe el fracaso, damas y caballeros, la pelea, los primeros borradores que siempre son mierda (Hemingway dixit) y, oh, esa sensación cuando has vencido a todo eso. Y no es necesario barrerlo bajo la alfombra de ese tuit tan bonito que te ha quedado. Sin lucha no hay satisfacción, sin ella tampoco hay un arte que merezca la pena. Sin coste, no hay valor. Así que no, no confundamos lo doloroso con lo malo, o lo feo con lo malo, no tienen nada que ver. Si algo no da asco a veces: escribir, leer, aprender, querer o yo qué sé, entonces no es importante, o no le estamos poniendo suficiente empeño. Para los que sigan equiparando el dolor con lo malo y el placer con lo bueno, aquí está el botón que escribe novelas de Dan Brown, felices ventas.