Si a tu libro lo llamas Ignora a todo el mundo, ya tienes unos cuantos puntos de inicio para que lo lea. Después puede que no me guste, pero me vas a hacer abrirlo.

Hugh McLeod es un tipo inteligente, un artista que empezó a dibujar sus viñetas en el reverso de tarjetas de presentación y que, por uno de esos azares de Internet, consiguió que su trabajo se hiciera famoso.

En su blog, Gaping void, publica a menudo y en su libro Ignora a todo el mundo presenta 40 maneras en las que un artista, según su visión, puede desarrollar eso que lleva dentro, sacarlo a la luz y calmar un poco ese hambre que en realidad no se calma con nada.

Hay de todo en el libro, lo mejor es su título y algunas ideas que flotan por ahí, especialmente esta:

Nadie te puede decir si lo que estás haciendo es bueno, con significado o merece la pena. Cuanto más cautivador el camino, más solitario resulta.

McLeod expone la premisa general de que, si estás haciendo verdadero arte, tienes que ignorar a todo el mundo, especialmente a tus amigos.

¿Por qué?

Esto conecta con lo que ya expuse sobre por qué no creo en tener lectores cero y que cada uno interpretó a su manera, que me parece muy bien porque cada uno se defiende como cree conveniente.

Para empezar, tus amigos por lo general no van a tener ni idea de lo que es arte, de lo que es bueno o no.

Siempre me ha asombrado el hecho de que un escritor pida y busque opinión de personas que en muchas ocasiones ni siquiera leen a menudo, cuando un cirujano en una operación no veo que forme un quorum de gente que pasa por la calle y decidan entre todos si se corta por aquí o se extrae esto o lo otro.

Si no eres rematadamente tonto y sabes cómo funcionan las cosas en el mundo real (y cómo se adquiere la maestría en algo) te habrás cuidado de aprender leyendo a los mejores y escribir cada día durante años.

Si te has preocupado de dominar las reglas básicas y de hacerte mínimamente competente, ya vas a saber más de escribir que el noventa por ciento de aquellos a los que pidas opinión.

Pero bien, al parecer, cuando salió el tema de los lectores cero en esta web, todo el mundo tenía un círculo de sabios editores y escritores con experiencia, a pesar de que cuando he mirado eran sobre todo amigos y fans que formaban una camarilla incestuosa. Sin embargo, lo importante es que nada de eso importa.

No creo que el arte ni la escritura funcionen por las mismas reglas que el resto de cosas.

El momento en que empiezas a escuchar a otra gente sobre cómo deberías crear tu arte es el momento en que empiezas a comprometerlo y, según McLeod es el momento en el que cesa de ser arte.

Estás creando lo que el mundo quiere que crees, no aquello a lo que tú quieres dar vida.

Esta es la joya de ese libro y no se puede tener más razón. Pero claro, ¿qué pasa entonces si quieres «hacer algo» con tu arte? Y con «hacer algo» me refiero a hacer dinero y vivir de ello, llegar a ese sueño que en realidad todo artista, todo escritor, tiene en mente.

Si quieres vender, no puedes ignorar a tus amigos y por extensión a los demás. Esto, según McLeod, tiene una sencilla solución:

«Nunca empieces en el arte por eso, nunca lo supedites a una manera de ganarte la vida».

Porque por todo lo anterior, cuando hagas eso, vas a dejar de hacer arte.

¿Su consejo?

Ten un trabajo por el que cobres y despega tu arte de la noción de hacer dinero con él.

Esta es la única manera de tener libertad para hacer lo que quieras y, con ese poco de suerte que hace falta para todo, crear algo realmente original que merezca la pena.

McLeod le da una enorme importancia a la originalidad, para él, es el culmen del buen arte. La cuestión que expone también, y que cuanto menos es interesante, se basa en que si la gente, sobre todo amigos y conocidos, son capaces de dar un feedback decente, es que has fracasado en hacer arte original.

La gente sólo puede dar una buena opinión sobre lo que conoce a fondo, por tanto, si lo conoce a fondo es que no has hecho nada especialmente rompedor.

¿Tiene razón McLeod en todas estas tesis?

En su mayor parte, sí.

Escuchar lo que tu gente cercana, o los fans que hayas hecho, tienen que decir sobre tu arte es una fina línea peligrosa, porque los escritores somos seres de egos enormes y frágiles, que vivimos y morimos por la aceptación de los demás.

Nada hay más importante para un autor que recibir coba por lo que escribe, lo cual puede hacernos adictos a ella, escribir lo que quieren leer otros y no lo que queremos crear nosotros, con el fin de recibir un poco más de esa preciosa coba adictiva, y que le den a lo que podría hacer si me arriesgara y dejara de escuchar a ese tuitero al que gusté una vez.

Por eso, es mejor ignorar a todo el mundo, que es imposible, pero deberíamos esforzarnos todo lo que podamos. De lo contrario, no sacaremos lo que tenemos dentro. Que probablemente sea una mierda incomprensible, pero es la nuestra.