Aunque la escritura y la soledad están tan unidas que es imposible que exista la una sin la otra, quiero creer que no soy el único en los momentos de duda. Que a veces, en vez de escribir, te quedas mirando la página lleno de preguntas. La más repetida, ¿para qué?

¿Para qué tanto tiempo? ¿Para qué todas esas historias en el cajón? ¿Para qué los millones (sí, millones y no pocos, que ya soy viejo) de palabras? Pocos caminos resultan tan largos para no llevar a ningún lado, al menos en apariencia.

La respuesta es siempre la misma, que la escritura es el tesoro al final del arco iris, no tiene ningún fin ni lo encontrarás, porque es un fin en sí misma.

El acto de escribir es, o debe ser, suficiente. Sin otro premio y sin otro objetivo que sacar del fondo del pozo eso que quieres expresar.

Esto que nos rodea no durará, está lleno de azar e injusticia y no hay manera de darle un sentido, pero al menos no me voy a ir sin decir lo que tengo que decir, aunque no sirva para nada.

El contexto que nos rodea nos empuja a encuadrar todo dentro de un utilitarismo y un afán de recompensa externa (dinero, fama y todo ese sexo que se nos debe) porque bienvenidos al capitalismo y a lo que me dijo siempre mi madre: hazte funcionario, gana dinero, cásate y dame nietos.

Cero de cuatro, mamá, di que estás decepcionada pero no que no lo esperabas. Ya apuntaba maneras de niño distraído, demasiado metido en sus mundos para que le importara el de ahí fuera.

El contexto que rodea a la escritura habla del mismo afán pero con otras palabras. Habla de vender, de la fama, del deseado best-seller, de que lo primero que te pregunte cierto familiar o aquel amigo cuando cogen un libro tuyo es: «¿Cuánto ganas con esto?».

Cero de cuatro otra vez y dejan el libro por ahí sin abrirlo siquiera.

Pero la escritura sabe que el tiempo aquí es demasiado breve como para dedicarse a minucias como esas.

La escritura tiene la función más importante, la que tuvieron las historias desde que se contó la primera: nos ayuda a soportar la vida, nos ayuda a sacar algo que se parezca a un sentido, no importa que sea erróneo porque al menos es uno.

La escritura, como el resto de las formas del arte, salva. No siempre y no a todos, pero hace lo que puede.

Eso sí, realizará su función mientras seas honesto y tu escritura también. Mientras estés diciendo lo que realmente quieres decir y llevas dentro, no lo que dicten las modas o el mercado o el susurro del dinero que te está engañando, porque lo cierto es que no hay dinero. No más que en la lotería y, aunque nadie coge todo su dinero y se lo gasta en boletos porque es una locura, sí hay un puñado que gasta su tiempo en las historias. Parece una insensatez, pero no, es lo que permite no hundirse, lo que nos ayuda a soportar y, con un poco de suerte, comprender un pequeño pedazo de este puzzle.

La escritura es algo que, a pesar de esa relación indisoluble con la que comenzaba esto, hace que nunca te sientas realmente solo aunque lo estés.

Ernest y el lobo feroz