Hoy había pensado en hacer una recopilación de preguntas frecuentes que me llegan al correo. Me escriben poco y no me extraña pero, con el tiempo, se ha ido formando una curiosa retahíla de mensajes. Desde quien me contactó porque su nevera no funcionaba y, por alguna razón, yo tenía algo que ver y exigía su arreglo, hasta los que, eventualmente, me piden opinión sobre lo que escriben. Siempre digo que no puedo dedicarme a eso y que, mi opinión, de todos modos, haría más daño que otra cosa. No tengo ni idea de nada y, sobre todo, lo que me parece bueno, raramente se hace popular.

La última vez que repetí eso, me llegó un email esa misma tarde:

«He leído que te gusta recibir cosas, echa un vistazo a esto y me das tu opinión». Pero ese no es el tema. Las personas somos seres muy predecibles, sobre todo los que se creen especiales. Nos preocupan y mueven las cuatro mismas cosas y, aparentemente, en el tema de escribir, hay un mal común entre copos de nieve: «No tengo tiempo para escribir, ¿cómo lo haces tú?». Siempre intento responder a los correos sensatos aunque sea tarde (tengo pendiente el de quien buscaba a alguien para filosofar sobre la vida y el amor, pues no encontraba mentes afines en su entorno). Sin embargo, en vez de volver a responder a este tema, voy a dar mi opinión aquí sobre él. Así, la próxima vez podré pegar un enlace y ahorrarme la perorata.

No tengo tiempo para escribir es una frase mal planteada

No tengo tiempo para escribir es una muestra de pregunta mal planteada. El tiempo no tiene nada que ver con escribir, porque escribir es una cuestión de energía. La gestión de esa energía es la clave, porque el tiempo no se puede gestionar. Para nuestra conciencia limitada es una flecha más o menos igual para todos, que sólo avanza hacia adelante excepto cuando tienes reunión familiar o hablas con otro escritor. Lo hace segundo a segundo y no puedes manipular o gestionar el tiempo, sólo a ti. No voy a volver sobre el tema de la energía. Hablé aquí de él y, de manera ampliada, en Escribir bien. La cuestión es, dejando de lado que la pregunta señala con el dedo la dirección errónea, la realidad es que, suponiendo que esa premisa fuera debatible, todo se resume en esto: «Tienes tiempo para escribir y, al parecer, también un montón de excusas». Cuando yo no escribo y me digo que no tengo tiempo, sé que me estoy mintiendo como un bellaco. Y es así, si hacemos un ejercicio de honestidad radical. De hecho, todos los que me preguntaron cómo lo hacía yo, al parecer «no tenían tiempo para escribir», pero lo gastaron escribiéndome y creando una paradoja.

En realidad, todo es cuestión de urgencia

Hace poco me he tenido que pelear, por enésima vez, con el administrador de fincas. Qué cosa más prosaica, lo sé, pero he ahí las bambalinas de la vida bohemia. El Dios que sea sabe que me parece muy buen tío, pero, o pasa de mí (y hace bien), o vive en una inopia que envidio o el muchacho no tiene ni idea de organizarse: ni el tiempo, ni la energía, ni su trabajo, ni nada. Conclusión, un lío urgente exigió unas seis o siete horas de arreglo en medio de una agenda en la que no le cabía un minuto a nadie. Pero la realidad es que se solventó y, al terminar, el resto de cosas siguieron más o menos girando en la órbita de siempre. Así que, para algo urgente, hubo seis o siete horas en quienes nos quejábamos de no tener un minuto. Cuando surgen urgencias, casi siempre da tiempo a emplearse en ellas y el mundo, al apagar ese fuego, sigue rodando. Hacemos tiempo para lo urgente y para lo que realmente queremos, así que «el tiempo» para escribir existe siempre. Lo que falta es un sentido de urgencia respecto a la escritura y otorgar al arte la importancia que merece.

El problema de las fantasías sexuales

Nos encanta decir que nos encanta escribir, porque en nuestra cabeza es muy fácil y, cuando leemos a otros escritoruchos, como Joyce o Lispector, también es fácil pensar que lo haríamos mejor. Pero cuando queremos volcar lo de la cabeza en el papel, entonces, ay. Ay, que todo eso que discurría suave como un arroyo en la imaginación se atasca en el camino entre la mente y la mano. Y escribes una frase que cuesta un parto, la relees y piensas: «¿Pero qué c…?». Escribir es difícil y escribir bien casi imposible. Y como es algo costoso y nosotros animales que evolucionamos para conservar energía, no nos ponemos. Lo que sí nos ponemos son un montón de excusas. Leemos cosas sobre escritura que no sirven para nada (esta incluida, lo siento, pero al terminar seguirás sin haber puesto una letra tras otra). Hacemos cositas que se suponen que harán bien a nuestro arte, como promoción y similares. Tampoco tendrán ningún efecto en avanzar lo importante (y, probablemente, no tengan ningún efecto en general). Nos «documentamos», «aprendemos» y fantaseamos sobre escribir, pero todo eso, de nuevo, nos impide hacerlo de verdad. Tiempo tenemos (todos el mismo) y energía también. Lo que no tenemos es un sentido de la urgencia. No ponemos la escritura a la altura de otras cosas importantes y las personas somos expertas en evitar lo difícil. O dicho de otro modo, escribir es una fantasía sexual. En nuestra cabeza (o en el vídeo montado y editado) todo es genial. En la realidad, el proceso resulta confuso, incómodo, sucio y enmarañado. A veces también, merece la pena tras todo eso. Conclusión, no tengo tiempo para escribir, aparte de una pregunta mal planteada y una desviación sexual, no es más que una excusa. O mejor dicho, es una excusa en los demás, que sí son unos vagos y unos _amateurs. _Nosotros siempre tenemos un motivo real y justificado por el que, de veras lo prometemos, no nos es posible sacar tiempo para escribir.