Sólo hay dos ventajas en hacerse mayor. La primera es que las cosas te van importando menos, especialmente la opinión de los demás o todo aquello que antes suponía un mundo y en realidad era una idiotez.

Eres el veterano en la guerra que ya no se sobresalta por el fuego y el humo, aunque también adquieres esa mirada un poco perdida y a media luz. Si se cruzan una bala y la mala suerte, te mueres igual que el novato, pero al menos lo haces en silencio, un poco más digno, si es que eso cuenta para algo.

La segunda ventaja de la vejez es que te empiezas a dar cuenta de cómo funcionan las cosas en realidad. Las cosas que te cuentan, las mentiras que te implantan, los sueños que te venden. Empiezas a verle los hilos a todo y, por experiencia, ya sabes cómo van a terminar muchas cosas, aunque ellas te prometan que no.

Dentro de eso, también encuentras una epifanía inquietante y liberadora:

Todo el mundo está igual que tú, disimulando e improvisando todo el tiempo.

En serio, todo el mundo, todo el tiempo.

Por supuesto, en ese todo estoy yo y aún no conozco a nadie que no sea así. Conozco a algunos que disimulan muy bien, pero en el fondo son como los demás y, aunque la vista empieza también a fallar con la edad, se afila para detectar que todo el mundo construye una falla como las que quemamos aquí hace poco: monumento de cartón por fuera, nada por dentro.

Nos comparamos constantemente con los demás, con todos esos escritores que parecen llegar más lejos y estar más felices, con todos esos que manufacturan una vida perfecta en Instagram. Si la comparación es la raíz de todos los males, las redes sociales han hecho que tengamos sobredosis de ese veneno. Por suerte, también aprendes pronto a ver tras la fachada y, más que envidia, los que se aplican tanto en pintarlas te provocan pena y rechazo.

Esta noción de que todo el mundo disimula es inquietante, porque también te das cuenta de que muchos expertos o esos políticos que nos manejan están improvisando también como pueden. Parecen seguros, pero ellos tampoco se libran del impostor que llevan dentro, al menos los que aún tienen autoconciencia.

Los únicos que creen saberlo todo son los tontos y huyen hacia adelante con la arrogancia.

Todo esto también es liberador porque te das cuenta de que no estás roto, ni eres un inútil. Simplemente eres humano y los demás también y hay un consuelo en no estar solo, aunque sea el de los tontos, pero no deja de ser consuelo.

Así que todos esos escritores (que parecen) exitosos, todos los que envidias, todos los que sonríen al otro lado de las fotos, en las que se ponen delante de sus miserias para taparlas y que no las veas, también sienten en el estómago que están disimulando e improvisando todo el tiempo.

Hay otra noción derivada de todo esto y, por suerte, también puede liberar un poco la sensación opresiva de no tener ni idea de lo que estás haciendo ahora o harás en el futuro.

A pesar de que no me aprendo los diálogos de esta obra o dónde tengo que ponerme, aquí sigo, así que supongo que aún no he fracasado del todo.

Muchos, por desgracia, ya no están en muchos sentidos, y otros se cayeron a un agujero del que no podrán salir (hablo de la escritura y hablo de la vida), pero aquí estoy y más o menos muchos otros también están. Siguen escribiendo, siguen tratando de hacerse un hueco, respirar sacando la cabeza por encima del agua, haciendo malabares con lo cotidiano.

Eso demuestra que, al menos hasta ahora, hemos tenido la habilidad de afrontar este juego amañado e incierto y seguir adelante, aunque sea de tropiezo en tropiezo hasta la caída final, pero hacia adelante.

A veces estamos a punto de que todo nos aplaste, pero de alguna manera, si todavía estamos aquí, si yo escribo esto y tú lo lees ahora mismo, es que hemos sido capaces de que el juego no nos gane aún. Así vivimos, de momento en momento, escapando por los pelos (y a veces no), improvisando, disimulando, fingiendo ante todo el mundo y nosotros mismos que sabemos lo que hacemos.

De nuevo hablo de la escritura y de la vida, no creo que sea posible separarlas.

También hacemos planes tratando de domar el futuro, pero ya se sabe qué ocurre con los planes. En realidad, su función no es incrementar las posibilidades de éxito o moldear ese futuro, él hace lo que quiere y nuestros planes le dan igual. La verdadera función que tienen es darnos una falsa tranquilidad, una sensación de control que no será cierta, pero es necesaria para no tirar la toalla y seguir intentándolo, disimulando un poco más que sabemos lo que hacemos y a qué hemos venido aquí.

Así que, la próxima vez que nos sintamos desbordados por todo y pensando que no tenemos ni idea de lo que hacemos, podemos descansar tranquilos en la noción de que no estamos rotos ni sobre todo solos, simplemente somos personas.