En una entrevista de 2014 en el New York Times, el legendario Nick Cave (Nick Cave & the bad seeds), se define de la siguiente manera como artista:

En lo que se refiere al trabajo, soy algo así como un megalómano. Pero un megalómano con una autoestima extremadamente baja.

Podría terminar aquí hoy y ya estaría bien. Es difícil no sentirse identificado e imposible decirlo mejor. Sin embargo, resulta que Cave tiene un boletín al que te puedes suscribir y eso sí que no me lo esperaba.

Se llama The Red Hand Files, obviamente, en honor a una de sus canciones más conocidas, si es que no es la más conocida ya, gracias a que la serie Peaky Blinders la ha hecho tararear a miles de personas que desconocían quién era Nick Cave.

En ese boletín, el músico va respondiendo a preguntas de sus lectores, que se le pueden hacer llegar desde la misma página.

La mayoría son acerca de él, su música, sus vivencias y son, cómo no, asomarse por encima del hombro de un artista y contemplar su manera de vivir, pensar y trabajar.

En uno de esos boletines, le preguntan: «¿Cómo es escribir una canción?», además de si cree que es más importante la inspiración o ponerse a trabajar y escribir.

Cave da una respuesta que retrata su proceso artístico, uno en el que, como en el caso de la definición anterior, es imposible no verse reconocido en cierto modo.

Queridos Jake y Freya,

Tengo afinidad con los artistas que tratan su oficio como un trabajo y no dependen de los caprichos de la inspiración, porque yo soy uno de ellos. Como la mayoría de la gente que tiene un trabajo, simplemente acudimos a él. Nunca se nos ocurre no trabajar, nunca hay un momento en el que no trabajemos porque «no lo sentimos» o «las vibraciones no son las adecuadas». Simplemente, hacemos nuestras horas, como yo estoy haciendo las mías ahora, escribiéndote a ti, Jake, y a ti, Freya.

La tarea más importante de mi día es sentarme en mi escritorio y coger el bolígrafo. Sin este acto elemental no podría llamarme compositor, porque las canciones vienen a mí en insinuaciones demasiado leves como para ser percibidas, a menos que esté preparado y listo para recibirlas. No vienen con una fanfarria, sino en susurros, y sólo vienen cuando estoy trabajando.

Con la pluma en ristre, me siento atento, en mi traje, al borde de mi imaginación, preparado para que venga esa hermosa línea. A veces llega, a veces no, y en cualquier caso no puedo influir en el resultado. A menudo nos quedamos parados ante nuestro ingenio, sin nada que mostrar a cambio del esfuerzo. Sin embargo, otras veces se nos da la bienvenida.

Una vez dentro de la imaginación, ocurren todo tipo de cosas inexplicables. El tiempo se vuelve loco, el pasado se enfrenta al presente y el futuro revela sus secretos. De repente, las palabras se comportan de una manera que no deberían, pero qué maravillosamente lo hacen. Nuestro pulso se acelera, deliciosas mariposas explotan en nuestras barrigas y la escritura de canciones se convierte en una colisión entre lo pragmático y lo completamente gagá —trascendental, escandalosamente religioso, loco— y entonces aparece Dios. Ahí está, con todos sus ángeles y demonios travestidos y otras cosas, ni siquiera sé cuáles, espíritus murmurando cosas indecibles y musas regordetas y rosadas dando vueltas, y formas infantiles con los brazos extendidos, llamando, instruyendo. Y la hermosa línea comienza a tomar forma, emergiendo suavemente —¡ahí está!—, cayendo con suavidad desde el extremo de tu pluma.

Y entonces tu jornada de trabajo termina y te alejas. Es sábado por la noche y es hora de cenar y tu conductor se llama Irfan.

Buenas noches, Jake. Buenas noches, Freya.

Con cariño, Nick

Con cariño, Isaac.