Un día cualquiera está hecho de las seis de la mañana, lavarte la cara con agua helada, ignorar el declive en el espejo y ponerte a escribir. Ahora mismo son poco más de las ocho, tengo un café a mi derecha y el amanecer más a la derecha todavía, al otro lado de la ventana. Escribo al sol, de pie como Hemingway. La mañana ha estado hecha de tres relatos que no llegarán a ninguna parte (uno nuevo sin terminar, dos repasos que no consiguen convencerme de que no soy más que un diletante).

Y en cuanto acabe el borrador de este texto, hora de redactar por dinero.

Probablemente, tras estas dos horas o así dedicadas a la ficción, hoy ya no volveré a tocar la escritura. Quizá, con un poco de suerte, a media tarde emplee algo más, dado que los bares están cerrados y las calles quietas, pero no siempre sucede.

Luego lees a esos escritores que se ponen ocho horas como Ken Follet y piensas que algo no estás haciendo bien. Pero también escuchas a otros, como Steven Pressfield, y te das cuenta de que no estás tan solo en esas dos (tres) horas como mucho.

Porque en realidad, el tiempo no importa y la escritura no es una cadena de montaje.

No puedes estar tanto tiempo encorvado y la calidad comienza a caer en picado tras un tiempo a solas con los renglones y los fantasmas.

Parece un sacrilegio decirlo en voz alta, pero la realidad es que, en muchas ocasiones, para la escritura y cualquier otro trabajo, dos o tres buenas horas bastan.

De hecho, cuando se calcula el trabajo efectivo de muchos, ese es el tiempo real de labor productiva. ¿Lo demás? Presencialismo de oficina, interrupciones, emails estúpidos, llamadas y reuniones a ninguna parte, tareas que te mantienen ocupado y no avanzan un solo metro los objetivos.

Pero trabajo profundo, como diría Cal Newport, el justo. Ese par de horas durante un buen día si lo examinas con sinceridad.

Si eso es cierto para cualquier trabajo, lo es todavía más para la escritura.

Lo creativo precisa un esfuerzo enorme e infravalorado que gasta las baterías y hay que recargar. Si no, el tiempo adicional de pantalla se parece mucho a esa oficina insufrible, en la que te pagan para que el jefe te vea sentado hasta una hora indecente.

Es cierto que el flujo de trabajo se puede optimizar. Que puedes tener descansos (necesarios porque en ellos surgen las ideas y soluciones) y que no es lo mismo crear de la nada que dar un repaso ortográfico a lo hecho. Esa caza de erratas, por ejemplo, es necesaria y también es escritura, pero no requiere de la enorme carga cognitiva de crear un mundo. Teniendo en cuenta cómo le salió este a Dios (me creo que sea producto de seis días de prisa) creo que los escritores podemos no ser tan duros con nosotros mismos cuando tampoco parecen encajarnos las piezas.

Cuando se trata de escritura mercenaria, puedes tomar más atajos y usar fórmulas, ciertos trucos del oficio que vas aprendiendo o descubres que funcionan en tu caso. Es trabajo creativo también y requiere de un gran esfuerzo cognitivo, pero los clientes son los primeros que no quieren literatura.

Sin embargo, la ficción es un animal diferente, caprichoso y dado a: «Por la mañana puse una coma y por la tarde la quité», y con eso das por bueno algunos días de escritura.

Esto también tiene una implicación poderosa.

Para muchos, dejarlo todo y dedicarse a escribir no solucionará gran cosa, porque tener más tiempo no significa necesariamente que vayas a tener mucha más escritura.

Escribir bien es un esfuerzo importante en el que te vacías de muchas cosas, no sólo energía. No es apretar una tuerca en la cadena de montaje cada siete segundos, algo que puede hacer un robot, o tú mismo mientras piensas en otros lugares.

Es por eso que no hace falta un día entero, pero sí construir un refugio para ese trabajo profundo y sin interrupciones durante un periodo de pocas horas, incluso una.


P.D. Aunque no suelo hablar aquí de esa faceta, es importante que, quien quiera dedicarse a la escritura para otros, considere bien esto.

Aunque pueda ser una labor más o menos ligera que la escritura creativa, muchos hacen la cuenta de que, si tardan una hora en crear un contenido de 500 palabras (por decir algo), pueden trabajar 8 horas al día y por tanto hacer 8 contenidos diarios (o 4.000 palabras). Así que calculan su capacidad de trabajo y de ganar dinero con esta aritmética sencilla.

Pero la realidad es que la escritura de cualquier tipo no es lineal. No vas a poder sostener esas 8 horas, precisas descansos y distancia, así que la capacidad de creación va a ser menor.

Por eso es mejor no engañarse con esas matemáticas o nos vamos a llevar una sorpresa muy poco grata.