Hay ciertas cosas que nos cuesta aceptar, que tapamos con frases que suenan bien y deseamos que sean verdad, aunque sea obvio que no. Una de esas cosas es que la vida, igual muchos buenos libros, es esencialmente conflicto. Lo es desde el ámbito más diminuto hasta el más grande. Nuestro cuerpo vive en un constante estado de guerra contra todo. Cuerpos extraños y sucios, virus, bacterias, estrés… La mayoría del tiempo no lo notamos, pero ahí dentro estamos bombeando lo necesario para una pelea constante. Y ahí arriba las galaxias se devoran, estrellas mueren, titanes chocan y unos perviven y otros desaparecen. En este mundo, si quieres algo, casi siempre alguien va a tener que quedarse sin ese algo. El puesto de trabajo, la pareja que conseguiste, incluso la comida que te has llevado a la boca. No lo ves, porque no ves directamente a todos esos que se quedaron a las puertas de tu trabajo, o con el corazón roto por que tú conseguiste a quien ellos no. Pero que no los veas no significa que no existan. Queramos reconocerlo o no, para toda cosa buena que hemos conseguido ha habido un conflicto previo. En este ¿primer? mundo tenemos las cosas baratas porque alguien lo paga en el resto de mundos. Pero nos giramos de espaldas y, como por fortuna nacimos un sitio cómodo, decimos frases edulcoradas sobre el destino y que todo tiene un sentido. Otras veces callamos la conciencia gritando en Twitter por la causa que nos digan que hay que seguir ese día y olvidar al siguiente. Muchos otros acallamos conciencias poniendo dinero para empujar a quienes pelean en el terreno contra enfermedades y catástrofes. Porque eso hacen, pelear de una manera u otra. Cuando trabajaba en ciertos entornos, mucha gente vivía de venderte la moto con conferencias de gurú y filosofías inútiles, y gustaban de decir que ellos preferían la cooperación a la competición, que eso era lo natural y que la competición no era necesaria. Es verdad, los humanos, los primates, tienden a la cooperación, pero sólo para tener más fuerza en el conflicto que tengan por delante, porque así pueden vencer a enemigos y obstáculos mayores. Recuerdo una frase de Steven Pressfield:

«Venimos a la vida gritando y pataleando, con sangre alrededor».

Para él era una metáfora del proceso creativo, yo creo que también es un buen símbolo de dónde nos hemos metido en general con esto de vivir. Pero he aquí lo interesante, como el conflicto es universal y en todos los ámbitos, la mayor parte del tiempo esa lucha es contra lo que llevamos dentro: contra la inercia, la pereza y los miedos. Es una pelea constante de madrugar contra quedarse un rato más, de escribir contra las otras mil distracciones, de hablar contra callarse, o al revés. Los que leemos esto porque tenemos Internet de banda ancha, lucharemos la mayoría de las batallas contra enemigos internos, la verdad. Muchas veces el conflicto será contra nosotros mismos, será esa Buena Pelea que no has de evitar. Fuerzas siempre están chocando y en ese lugar donde lo hacen, surgen las cosas. Y además de eso, es el conflicto lo que nos hace más fuertes, si no acaba con nosotros, claro. Me gustó una frase que me dijeron, sobre que cada día te despiertas y ya te despiertes león o gacela, será mejor que corras. O será mejor que aprendas a pelear, porque siempre va a haber un conflicto, ya esté el enemigo dentro o fuera.

Imagen de Bill Dickinson