Probablemente me convierta en uno de los que odiáis y no lo reprocho. La vida normal (nueva o vieja da igual, las dos parecen igual de horribles) se acerca reptando de nuevo.

Escucho el ruido de la terraza recién abierta y de las pequeñas cosas que se ponen en marcha otra vez, como las peticiones innecesarias de volver a la oficina, los tiques de aparcamiento, los pesados trayectos en metro o los compromisos de siempre.

El mundo se despereza y tomará la forma de no haber aprendido nada, a pesar de que la cuarentena demostrara que, efectivamente, todas esas reuniones se saldaban con un email o que a lo mejor no es necesario comprar cosas todo el rato.

Personalmente, la pausa del confinamiento me ha sentado bien.

Y sí, soy uno de esos a los que odiar, porque incluso en los primeros días en los que la irrealidad lo impregnaba todo, he escrito cada mañana, he leído cada día, he aprendido un montón de cosas nuevas, me he dado cuenta de que necesito menos de otras, menos personas incluso.

Aprendí enseguida a apagar la televisión y desconectar las tendencias de Twitter, enmudeciendo o dejando de seguir a todos los que se hacían eco de los miserables que se toman al pie de la letra el adagio de: «Don’t let a good crisis go to waste».

He de reconocer que el silencio y la sensación de que los compromisos pulsaran el botón de pausa me han permitido respirar mejor y hacer más.

Siempre he ansiado que no me esperen en ningún sitio ni esperen tampoco nada de mí. Ahora que estos sesenta días me la han concedido, he comprobado que algunas fantasías son invulnerables cuando se hacen realidad. Y que muchas cosas que ansiaba me dan igual.

He podido leer también que no he sido el único al que odiar.

Por motivos distintos a los míos, algunos de los que se han tenido que quedar en casa también han experimentado algo parecido. Adiós a los atascos, hola a más tiempo con los tuyos, adiós a los idiotas de la oficina, a los tiempos muertos de acá para allá, a la cara del jefe, el ruido y el humo incesante, a todas esas citas de la agenda.

Incluso en Japón se han reducido un 20% los suicidios. Queda por ver si es porque esos suicidas no estaban solos o porque las razones que te iban empujando poco a poco han quedado atrapadas afuera con el virus.

Supongo que, como en todos los temas importantes, será una mezcla de ambas cosas y otras cuantas más que no vemos.

Alguien le ha puesto incluso un nombre a esto, porque no se puede perder la manía de etiquetar: El síndrome de la cabaña. Pero en realidad es que muchas cosas pueden ser normales, pero eso no significa que estén bien. No comprendo que muchos ansíen volver a una normalidad rota por las costuras más importantes.

Nos han salvado aquellos a los que tratamos y pagamos peor. Ellos han mantenido el mundo en marcha, han permitido que siguiéramos engordando desde la comodidad de casa, mientras ellos no dormían al volante del camión, limpiaban sin parar, hacían guardias de cuarenta y ocho horas o enfermaban por el sueldo mínimo tras una registradora.

El otro día, un chaval nuevo en el supermercado me dio las gracias por mantener la distancia. Le dije que no se le ocurriera agradecerme la decencia mínima, pero al parecer no todos, ni siquiera suficientes, parece que lo hacían.

Nos han salvado esos a los que cada vez recortamos y jodemos más, los riders y los precarios han sido nuestro ejército y menos mal. Porque el resto no hemos sido más que unos putos inútiles en el sofá que nos hemos quejado a la mínima y sabíamos perfectamente cómo se debían haber hecho las cosas.

No quiero vernos cuando nos toque pelear a nosotros.

Y a tenor de que ahí fuera parece que se nos han olvidado ya el miedo y el sufrimiento (aunque ni siquiera hayamos salido) se nos olvidan también los héroes que nos salvaron y empezamos a tratarlos otra vez como la mierda. Empezamos a comportarnos como los que creen tener todos los derechos y ningún deber.

Tomad estos aplausos que no podéis llevar al banco, que por cierto también ha vuelto con sus pequeñas comisiones escondidas y esas otras pequeñas maniobras miserables de señor Scrooge.

Ya lo dijo alguien sabio: «Date por jodido cuando te llaman héroe».

Y ahora, voy a seguir escribiendo. De fondo, las mismas voces roncas y medio borrachas de siempre en el bar, los correos electrónicos de la normalidad, los compromisos de toda clase diciendo: «Bonita cabaña, hora de que la abandones».