2014 se va. Un año raro y creo que mejor que 2013, aunque sólo sea por el dudoso mérito de que cualquier cosa me parece mejor que 2013.
Había pensado que éste fuera uno de esos escritos recopilando lo mejor del año, lo peor, lo que he aprendido, lo más puntiagudo o yo qué sé. Pero no quería ser ése (aunque a lo mejor mañana sí) y por pura casualidad me he topado con una imagen de una escena de la serie de comedia Parks and recreations.
En ella, Chris Pratt, famoso ahora por la película Guardianes de la Galaxia y la próxima de Parque Jurásico, interpreta a Andy Dwyer, el típico zoquete adorable que siempre forma parte de ese tipo de series. En la escena, cuando le preguntan si se encuentra bien (algo que siempre has de responder con un sí, aunque tengas un montón de flechas clavadas en la espalda), él dice esto.
“Estoy bien, es sólo que la vida no tiene sentido y nada importa y yo siempre estoy cansado”.
En un personaje como el suyo, que nunca piensa y siempre está metiendo la pata, el humor se agranda con lo inesperado y lo que no encaja. Y me ha hecho gracia, que es lo que pretendía. No a carcajadas, pero sí con sonrisa suficiente.
La vida posee esa falta de sentido y esa manera tan suya de hacerte sentir pequeño, pero nosotros tenemos el humor y podemos desenvainarlo contra eso y, a veces, hacerlo retroceder.
Cada uno tiene una espada para reír, La que se avecina, Aída y derivados, me parecen atroces y me resultan una espantosa tortura, pero me parto con los Monty Python o el surrealismo conquense de Muchachada Nuí.
Sea como sea la forma el filo de lo que nos arranque una risa, creo que es una de las cosas que hace que todo merezca la pena, una cosa que nos define como humanos. No estoy seguro de que tengamos demasiadas cualidades redentoras, pero el humor, como el arte o la curiosidad, sí. Sabemos que un día todo terminará y, como a la vida le encanta jugar de la manera en que juega, no sabemos el momento en que eso ocurrirá, ni podemos predecirlo de ninguna manera.
Si uno se para a pensarlo, es algo que debería superarnos, a lo mejor volvernos (más) locos. Pero resulta que no es así, que tenemos la asombrosa capacidad de vivir con ello, de olvidarlo incluso y, cuando queremos ser un poco mejores y un poco cabrones, hacemos cosas para reírnos en la cara de todo eso. Cuando era niño mi abuela tenía siempre gato, la mayoría de los que vivieron en su casa eran unos bastardos que me tatuaron dientes y garras, pero ahí estaban casi todo el tiempo, completamente felices al sol y sin una preocupación en el mundo. Ya desde chaval los envidiaba por esa manera que tenían de estar en el presente y en ningún otro sitio a la vez.
Pero en realidad no tenían mérito, simplemente eran ignorantes de la partida que jugaban y las circunstancias. Nosotros ya cruzamos ese puente y no podemos volver a ese estado, así que a tres días del final de año a veces te paras a pensar en qué rápido se fue el tiempo y algunas otras cosas y personas, que también dijeron adiós y no entiendes bien por qué.
Pero incluso con todo eso, sabiendo que allá va 2014, que_ “la vida_ no tiene sentido y nada importa y a veces siempre estás cansado”, te paras, te ríes de eso, escribes algo, hablas con otros, creas, lees, aprendes o te tumbas al sol, como los gatos de mi abuela. Hace tiempo conocí a una chica, era psicóloga y me dijo: “tú sublimas mucho con el humor, ¿verdad?”
No sé si lo dijo como algo especialmente positivo y lo cierto es que me dio igual su intención, para mí es una de las mejores cosas que me han dicho.