Con el objetivo cada vez más firme de convertirme en un cliché a pasos agigantados, cuando llega mi cumpleaños o el final de año, no puedo evitar hacer un cierto balance.
Deprimente costumbre aunque sólo sea por lo tópico que resulta (hasta lo insultante, diría) pero es lo que hay.
Este 2017, como siempre desde ni recuerdo cuándo, ha sido un año de escritura, pero no de publicación, cada día me he levantado y he seguido escribiendo hacia ninguna parte.
Supongo que con los años y la experiencia de hacerlo, el ansia de publicar se atempera (al fin y al cabo, la realidad nunca encaja con la fantasía) pero el amor por escribir, afortunadamente, no.
Lo cierto es que recuerdo perfectamente el momento, hace casi once años ya, en el que llegó a mi puerta el primer libro en el que había publicado. Tres cuentos que prefiero que no lea nadie nunca más. Recuerdo las sensaciones al abrir la caja y sacar el libro…
Prácticamente ninguna. Creo que musité un «así que esto es», no sé si en voz alta como en las malas películas a los que imitan muchos libros ahora, pero lo cierto es que no me embargó ninguna sensación eufórica, ni se abrió el cielo al son de las trompetas.
Como era febrero, supongo que ese cielo estaría nublado, pero en Valencia esa es una apuesta que seguramente perderás. Tampoco vino la euforia con ninguno de los otros relatos posteriores ni el par de novelas.
De hecho, no quiero tocar esos libros porque, si los abro y los releo, querré cambiar cosas y ya es imposible, así que soy como esos actores que nunca ve sus películas. Además de que leerse me parece un acto de onanismo extraño. Si se llega a publicar, bastante has odiado el texto entre repasos, correcciones y demás. Yo de hecho, procuro hasta olvidar.
Sin embargo, escribir, en esos momentos en que crees que has hecho algo bueno, sí me produce una sensación de logro, pequeñas punzadas hacia dentro de alegría (contenida, que soy yo al fin y al cabo) que hacen que todos los otros momentos de arrastrarte en el barro merezcan la pena. Supongo que en 2017 se me fueron del todo las nociones románticas sobre publicar (en realidad nunca las tuve, nunca el hecho de que me dijeran que sí me proporcionó otra cosa que un cierto vértigo y poco más) y sobre todo, el ansia por hacerlo.
Por fortuna no se han ido las de escribir y hacerlo por las razones correctas, ahora que lo que rodea a ese acto íntimo ha pasado a un plano diminuto. Para mí, parafraseando libremente al fotógrafo Todd Hido, la escritura ese ese algo a encontrar en lo que serás siempre un eterno estudiante, y me considero afortunado por ello.
Muy probablemente 2018 siga el mismo camino, escribiré cada día por el mero hecho de hacerlo y por esas punzadas pequeñas de alegría hacia dentro. Al fin y al cabo, los pocos editores con los que hablo siempre dicen lo mismo: no tengo dinero, no tengo tiempo, querría salir de aquí, pero me han aplastado un millón de manuscritos y no puedo levantarme, ni leer más sin querer sacarme los ojos. O peor aún: «No está mal ese trozo, mándame una sinopsis».
Y nunca he sabido cómo escribir una buena, así que me suspiro fuerte y maldigo a esa némesis tan particular. Eso no significa que no intente publicar de nuevo alguna vez y coleccionar más negativas, pues un escritor nunca tiene suficientes, es sólo que cuando miro a 2018 y los que asoman por detrás, no sé qué pasará, pero al menos me veo escribiendo.
P.D. Una cosa que no viene al caso. Todo el mundo que no me conoce y alguno que sí, cree que, por alguna razón, debo ser de los que odia la Navidad.
Craso error, típico que se produce cuando uno cree que conoce a alguien porque lo lee. Siempre fui un crío al que le encantó y nunca tuve suficiente Navidad. Y de adulto lo cierto es que me sigue gustando.
Siempre me acordaré con cariño del 28 de diciembre hace muchos (pero muchos) años, cuando vi por primera vez una de las películas que adaptó Cuento de Navidad de Dickens. Es posible que hasta busque ese libro en la biblioteca para estas fiestas en cuanto devuelva Bajo el árbol de los toraya de Claudel.