38 años no son nada

38 años no son nada

El problema de estar tan conectado hoy a lo relacionado con un tema (aparte de que casi todo es ruido inservible que consumes en lugar de escribir) es que eso moldea tus expectativas.

Que aunque sepas que casi todo es mentira y lo que no, maquillaje (es fundamental dar tu mejor cara en un concurso sin otro premio que la ansiedad), no puedes evitar medirte y moldear tu idea de escritura alrededor de lo que percibes sobre ella.

Pasa con las ventas y el éxito, espejismo del que he hablado sobradamente, pero es que también ocurre con «cómo debe ser» la escritura y los tres millones de consejos y cursos por todas partes. Pero esta se rebela contra los moldes y, cuando alguien consigue encerrarla en alguno, la mata, la vuelve aburrida y exenta de lo que importa.

Cuando comparamos nuestros patios traseros con fachadas ilusorias siempre salimos perdiendo, porque todos parecen más exitosos, más guapos, más sabios, mejores escritores… y también, más rápidos.

Todos los años Reverte saca su novela, el figura del momento evacúa otro churro de su saga y nosotros somos la tortuga de la fábula, pero sin esperanza de ganar a la liebre. Porque dos, tres o cinco años después, nuestra historia sigue inacabada. O ni siquiera empezada.

Y está bien.

En serio, está bien. Porque cada proyecto creativo tiene su ritmo y me gustó que el escritor Mason Currey sacara a bailar en uno de sus últimos correos el libro Sobre el cálculo del volumen de la escritora danesa Solvej Balle. La obra, prevista en siete volúmenes, ya tiene los dos primeros editados y este 2025 saldrán los dos siguientes.

Y es una obra que ha llevado a su escritora 38 años y contando.

Algún tiempo después de la publicación de su primera novela en 1984, Balle tuvo la idea de una historia en la que su protagonista se quedaba atrapada en el mismo día una y otra vez. Esa idea nunca se fue del todo, pero lo único que consiguió escribir durante los primeros años eran apenas notas y retazos: «Trozos de película sin revelar», en palabras de la autora.

En 1993 se estrenó la película Atrapado en el tiempo, pero lejos de desanimarse porque supusiera el primer destello popular de una premisa que ya casi se ha convertido en tópico, Solvej no abandonó su idea.

Lo intentó, pero no consiguió que se fuera.

Intenté deshacerme de la idea, pero seguía volviendo, así que al final me di cuenta de que la única salida era escribirla. La idea generó tanto material, que simplemente quería explorarla.

Quizá, como dice Currey, esta sea la característica definitoria de una idea con la que podrás hacer algo bueno, que nunca se vaya del todo. Pero más interesante todavía para mí es cómo la historia de esta historia no encaja en lo que nos suelen contar.

Cómo muestra que cada proyecto y escritor es diferente y los tiempos serán los que sean necesarios.

Por eso, si alguien siente que su trabajo es lento, que no parece estar «haciéndolo bien» o que el ritmo de su tambor suena desacompasado con todo lo que le rodea, esto nos da permiso para poner las expectativas en el lugar que les corresponde, la basura.

Que no necesitamos ese permiso, obviamente, pero vuelvo a la enorme capacidad que tienen las historias que escuchamos, constantemente repetidas (y sean ciertas o no, pues eso da igual), para calar y moldearnos. A nosotros y a esas expectativas que se quedan a vivir en cuanto les dejas sitio.