El problema

El problema

El problema es el aburrimiento. No el de las historias en este caso, sino el nuestro, porque ya no nos lo permitimos y eso hace que nuestra creatividad se resienta, ya que ambas cosas siempre han ido de la mano.

En una carrera cada vez más loca por llenar los momentos con lo que sea, no dejamos hueco en el que pueda crecer nada y no hay silencio que permita escuchar aquello que desea salir. La semilla de algo que habremos de regar y cuidar y podar y trabajar y que, a lo largo de todas las fases de ese proceso, también precisará importantes dosis de aburrimiento, innato e imprescindible en el proceso creativo.

Aburrimiento cuando llegas al temido punto medio de tus historias, aburrimiento en los mil repasos en los que no puedes leer tu obra sin algo de tedio y algo de odio, aburrimiento de los trámites para enviarla de nuevo a otro concurso, aburrimiento al buscarle una editorial y soportar los noes que te duelen como novato, pero que como veterano consisten de nuevo en resoplar una vez y seguir a pesar de todo.

El problema es el aburrimiento y, sobre todo, que no lo soportamos y una vez más la creatividad (la escritura que es de lo que va todo esto), es un juego a la contra. Ahora lo es más que nunca porque nos quieren matar el tedio como sea desde fuera con mil estímulos constantes, ya que aburrirse incita a pensar, incita a hacer, a crear en lugar de consumir.

Y eso es inadmisible.

Añadido a esto, la creatividad que surge del aburrimiento está detrás de una sensación que, como mínimo, resulta incómoda, pero así es la naturaleza de la mayoría de las mejores cosas, que se encuentran al otro lado de conversaciones que evitamos o al otro lado de nuestros peores miedos.

Como escritores, ese es el pan de cada día ya que, como comentaba hace un tiempo, este es un juego basado en quién puede aguantar más en la incomodidad y quién puede enfrentarse a todas esas voces y temores que juzgan y censuran, constriñendo la creatividad e impidiéndole salir.

Y como ocurre con el tan mal interpretado síndrome del impostor, que un escritor se haga amigo del aburrimiento, lo tolere e incluso lo busque, es una de las mejores cosas que puede hacer.

Sin esos tributos que hay que pagar, no hay nada. La buena escritura puede ser maravillosa, pero nunca resultará fácil y menos en esta época tediosa en la que, a este paso, vamos a tener que obligarnos al aburrimiento consciente.

Al menos, será mejor que todos esos fatigosos estímulos y contenidos que, curiosamente, usamos para llenar los huecos y nos terminan dejando aún más vacíos.