No confío en los que dicen que no se arrepienten de nada. Yo lo hago de mil cosas en mil temas, incluyendo la escritura.
Porque para empezar, me arrepiento de no haber empezado antes en ella.
Que sí, que soy el tópico de: Ya desde pequeño me recuerdo escribiendo» y todas esas zarandajas, pero me refiero a no haberme dedicado seriamente mucho antes. Y es verdad que la escritura es una actividad demasiado intensiva en tiempo, demasiadas horas a solas, demasiadas palabras a ninguna parte, pero ojalá le hubiera dedicado más cuando era más joven.
También en parte porque, cuando se trataba de publicar en los tiempos en los que solamente existía el papel, había mucha menos saturación y, tanto agentes como editores, eran mucho más accesibles. No en vano, y casi sin querer o proponérmelo, entré en contacto con varios cuando mi escritura era algo que mejor no haber sacado del cajón. Pero lo cierto es que creo que me arrepiento de no haber empezado antes por un motivo mucho más egoísta: la escritura ha hecho mejor mi vida y me hubiera gustado que fuera así desde mucho antes.
También reconozco que me arrepiento un poco de no haber cuidado a las personas que he conocido por ese camino, habiendo perdido totalmente el contacto con ellas.
No me refiero a otros escritores salvo alguna excepción, pues a esos nunca los busqué y raras veces los encontré, sino a las personas que trabajaban en el sector. Había buena gente entre ellos y lo cierto es que la escritura y la publicación, como casi cualquier otra faceta humana, es un tema que va de personas. Más que por lo que hubieran podido afectar a mi supuesta carrera, es porque, en la vida, la suerte es lo más importante y una de las suertes más poderosas tiene que ver con el tiempo y el contexto en el que vives. Así, tuve la oportunidad de tener contacto, a veces más superficial y otras un poco más profundo, con editores de la vieja escuela, de los publicaban por instinto o gusto, en lugar de por mercado, o con correctores que aún creían en lo que hacían y en la belleza en general, con los que intercambiaba correos llenos de insultos como Góngoras y Quevedos de mercadillo.
Buenos tiempos, que es lo que dicen los viejos de días igual de miserables o no que estos, pero en los que eran jóvenes. Lo cierto es que muchas de esas personas se jubilaron o las retiraron, otras ya no están y de otras, simplemente, ya no tengo noticias porque el tiempo hizo lo de siempre.
La semana pasada hablaba de que una de las pocas ventajas de hacerse mayor es que las cosas te van dejando de importar de manera natural y orgánica, sin proponértelo. Me refiero a esas cosas estúpidas que antes eran un mundo y tienen que ver, sobre todo, con las opiniones de los demás y la necesidad de buscar su aprobación. Es otra cosa de la que me «arrepiento», pero no sé si es un arrepentimiento real, porque no estoy seguro de que sea evitable mientras seas humano, así que machacarse por ello no tiene más sentido que echar sal en una herida de la que no tienes culpa.
Con la perspectiva de los años, te das cuenta de que casi nada importa y eso es genial cuando estás en una broma cósmica en la que no eres nadie. Es bastante liberador darte cuenta de que viejos fantasmas ya no tienen poder sobre ti y ojalá hubiera ocurrido mucho antes, respecto a la escritura y a todo lo demás.
De todas formas, otra de las cosas que concede el tiempo es que, al menos, acabas entendiendo que los arrepentimientos son parte natural de la vida, y también una fuente de inspiración.