El genio cotidiano

El genio cotidiano

Creo que ha salido algo nuevo de los Beatles, gracias a tecnología de inteligencia artificial, usada por Peter Jackson para su serie documental Get Back que estrenó hace un par de años.

Todo el mundo habla de lo primero, yo voy a hablar de lo último. Porque recuerdo perfectamente cómo un par de amigos músicos, adoradores de los Beatles, me recomendaron dicho documental cuando se estrenó.

Y en él se aprecia algo muy interesante, que poco tiene que ver con momentos de triunfo o derrota, con la historia de autoimportancia trascendente que a muchos artistas les gusta crear alrededor de lo que hacen.

Lo interesante es todo lo contrario, lo cotidiano, lo trivial y lo banal que resulta la creación, incluso la de los genios.

Especialmente, la de los genios.

En el documental se ve el proceso de creación de una obra de arte, en este caso musical, y de cómo es ese proceso «misterioso», que resulta no serlo en absoluto. Porque es lo más cotidiano que se pueda imaginar. Cada día se encierran en un estudio y trabajan. Llegan, buenos días, me tomo un café, me fumo un cigarro, hablo, pruebo, creo, repito, paramos a comer, nos encerramos, probamos, debatimos, repetimos, no me encaja esto, no me cuadra aquello…

Casi cero drama, excepto las discusiones típicas, los debates sobre esto y aquello. No hay magia, no hay montajes cinematográficos con música épica y un conflicto trascendente, que termina en un momento de gloria, con epifanía y compases de victoria. No hay instante clave de inspiración, no hay trucos baratos del cine para hacer atractivo y épico ese proceso de creación… Porque es un documental que narra una realidad cotidiana en la que verdaderos genios (y esta vez no es usar esa palabra a la ligera) aparecen como las personas más normales del mundo. Como tú, yo, ese compañero de trabajo con el que hablas cuando toca hacer algo… Sí, son cuatro de los músicos más importantes de la historia, los más grandes, los más famosos que Jesucristo, los que cambiaron la música para siempre. Y se parecen a ti y a mí creando cualquier cosa. A las legañas de las seis de la mañana, la frustración de las siete, el café de las ocho sin rastro de musas por encima del hombro, ni inspiraciones divinas.

Puede parecer curioso que, de todo lo que aparece, sea lo más normal lo que más me llame la atención, pero es que esa es la realidad. Es estar en calzoncillos las mañanas de verano, dándote contra la hoja en blanco, es tener la idea sentado en el retrete, es fumar en el balcón a ver si le das la vuelta correcta a eso que casi tocas, pero no puedes encajar en el texto, el cuadro o la canción.

Adiós al aura especial de autoimportancia, al genio que trabaja de manera distinta, concentrado como nadie, inspirado como nunca, con palabras o ecuaciones que flotan alrededor en un proceso misterioso, con la habitación llena de papeles y cacharros que queden bien en plano y muestren que hasta eso es diferente y especial.

En cierto modo, cuando das el paso tras el telón, te das cuenta de que incluso Paul, Ringo, George y John eran cuatro tipos normales, cuatro personas. Suele ser una experiencia que quita la capa de romanticismo, pero está bien. Más de dos veces me han dicho que me dedico a hacer eso en esta misma página, que rasco el aura brillante de la escritura y muestro lo mundano. Pero es que es mundano, es lo real. La creación es así, no un privilegio de seres especiales tocados por una chispa divina, sino de personas normales que quieren hacer algo más con esa normalidad. Es ahí donde está el valor, porque si eres un superhéroe que tiene algo que los demás no, ¿dónde está el mérito de que hagas cosas que la mayoría no hace?

Esa creación es banal, cotidiana, frustrante, maravillosa, agotadora y muchas cosas más que pertenecen a la experiencia de todos y no unos pocos. Especialmente, no de unos pocos más preocupados de crear una historia sobre lo especiales que son, que de crear una buena historia en general.

Al final, gran parte de mi objetivo es precisamente ese.

Mostrar que la creación, con todas las debilidades que saca a la luz de los que la ejercen, con todos los fantasmas y miedos a los que uno debe de enfrentarse si quiere que sea realmente buena y honesta, se debe más al trabajo, el tiempo y la dedicación, que al supuesto talento o inspiración.

Y sí, de varias horas aburridas surgen momentos especiales y, tras mucho ensayo y error, aparece eso de lo que puedes estar satisfecho. Que moverá a unos cuantos y les inspirará, les consolará o les entretendrá.

Que Paul, Ringo, George y John, cuando creaban, se parecían al resto de nosotros, porque esa es la naturaleza del arte y es genial que, por una vez, no sea cosa de unos pocos tocados por lo divino[¹].


[¹] Yo mismo he hablado de que, en realidad, sí, el arte es una cuestión de privilegio muchas veces, porque necesitas el tiempo, el dinero y el espacio para hacerlo, y eso tiene un coste, difícilmente asumible por muchos humildes, al menos de manera sostenible en el tiempo. Pero creo que queda claro a qué me refiero en esta ocasión con el hecho de que la creación es patrimonio de todos.