Bloquearse y avanzar

Bloquearse y avanzar

He escrito varias veces sobre el bloqueo del escritor, lo que en cierto modo es una manera de intentar romper ese bloqueo. Al menos en mi caso, en el que me enfrento a las cosas pensando (hasta la obsesión) en ellas desde todas las perspectivas que encuentre. Y el bloqueo da asco, no hay otra forma de decirlo, pero como pasa con lo aparentemente negativo, normalizarlo implica (si tenemos suerte) arrebatarle un poco de poder y hacer de él un asunto un poco más llevadero.

Porque cuando algo es normal (y no un monstruo terrible, una dolencia, un defecto o algo que consideramos un fallo o debilidad en nosotros mismos) la cuesta que debemos subir se reduce un poco.

Al menos en mi caso.

Y es que la imposibilidad de escribir es, precisamente, parte fundamental de la escritura.

Como siempre, el problema son las historias. Las que nos contaron y las que nos creímos, repitiéndolas en nuestra cabeza cuando por fin nos sentamos a trabajar. Y de alguna manera, nos decimos que la escritura es el acto gozoso de que nuestra historia fluya dando todas las notas perfectas de la melodía. Mientras, el bloqueo es la antítesis y lo contrario, cuando en realidad, tenerlo e intentar superarlo es precisamente escritura. No nos podemos librar de eso y forma parte del concepto tanto como cualquier otra dimensión del arte, como ese flujo, como la reescritura, el repaso, la caza de erratas…

¿Qué es el día, la mañana o la tarde?

Ambas cosas son el día, igual que el bloqueo y el flujo son la escritura, partes normales de ella.

Cuando lo ves así, el bloqueo no desaparece del todo ni el muro se hace más bajo en muchas ocasiones, pero espero que la frustración, al menos, no sea tanta, porque no ocurre nada extraño con nosotros. Simplemente, nos adentramos en la escritura y el bloqueo es parte normal y natural del territorio en el que nos hemos metido.

Los únicos que no lo padecen son los que no escriben, o esos que sólo lo hacen en su cabeza y siempre hablan de lo que crearán, en lugar de hacerlo.

De hecho, el bloqueo suele formar mucha más parte de un día de escritura que el flujo. Este último es el mirlo blanco, una experiencia extraña, fugaz, frágil y caprichosa. El bloqueo, sin embargo, siempre va a estar ahí esperándonos con los brazos abiertos y diciendo: «Ven a mí».

Todos lo vamos a compartir y se abrocha el cinturón en el asiento de al lado, diciendo: «Vámonos».

Así que, como con el síndrome del impostor, la fatiga de atravesar el punto medio, la dificultad de terminar y tantas otras cosas normales que componen la verdadera escritura, es importante tratar de hacer las paces con el bloqueo. O al menos tolerarlo. Porque de todas maneras no se va a bajar del coche ni hay consejos o técnicas que nos lo vayan a ahorrar, ya que sería como amputar la escritura.

El bloqueo es algo natural y mejor ir de cara hacia él, acelerar contra esa pared cuando la veamos. A lo mejor así tenemos más probabilidades de atravesarla, aunque sea por las malas, porque esa es otra.

No hay una manera buena o correcta de superar el bloqueo, sólo hay una forma de hacerlo y es «como puedas».