Uno de mis primeros relatos tenía como protagonista al Señor Azul, uno de los personajes que aparecen un instante al fondo de la película Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino. Nadie se acuerda de Señor Azul y pocos le ponen cara, pero tiene el rostro ajado del escritor Edward Bunker, del que me estoy leyendo su novela No hay bestia tan feroz.
Se trata de una historia negra y criminal, donde en cada página sientes que estás en Los Ángeles de los 60, en las sombras que proyectan las luces de Hollywood, por las que se mueven todos esos que apartan de la foto cuando se las hacen a las estrellas, o se ruedan las series en las que California se parece al paraíso que estás buscando.
Y esa es la clave de escribir lo que conoces, del consejo que a lo mejor es un poco manido y muy mal interpretado, pero también resulta cierto. Bunker era un delincuente como su personaje, entrando y saliendo de las cárceles de San Quintín y Folsom en las que cantaba Johnny Cash. Retazos de un tiempo y personas perdidas entre las grietas de las historias, hasta que llegan las que las hacen protagonistas.
Cuando escribes lo que conoces, lo has sentido y puede salir de manera pura, sin importar si el estilo es más o menos refinado o la palabra es más o menos adecuada. Lo has vivido y eso hace que puedas conseguir que los demás también lo hagan, un poco al menos y un mucho si eres lo bastante bueno. Puedes notar que la veracidad de la que hablaba Hemingway se encuentra en cada una de las líneas y, en ocasiones, aunque la novela de Bunker pueda ser mejor o peor, te encuentras con verdaderas genialidades como el capítulo 5, en el que el protagonista habla de su padre.
Por la entrevista con la que cierra el libro, puede que ese capítulo 5 no estuviera describiendo realmente al padre de Bunker, sino a una amalgama de personajes que entraron y salieron de su vida, jodiéndole y queriéndole como hacemos las personas. Y cuando tienes eso, cuando lo has vivido, posees una materia prima que, usando la ficción y la verdad como herramientas para moldear, te permite el mayor poder posible en una historia, que no sólo la leas, sino que la sientas.
A eso se refiere escribir sobre lo que conoces y, en ocasiones, reconoces más fácilmente el valor y significado de ese principio de escritura gracias a aquellos que no lo siguen. Esos creadores de best-sellers que remezclan historias manidas sobre asesinos en serie o genios policías que los persiguen, esas tramas sobre agentes de la CIA y conspiraciones vaticanas, esos triángulos amorosos que se repiten una y otra (y otra) vez en folletines de portadas hechas con IA y escritura que parece salida del mismo sitio.
Porque esos escritores no han rozado ni con un palo lo que escriben, plasmando solamente la copia de la copia de la última serie o película que les flipó. No puedes encontrar la veracidad por ninguna parte y, sin ella, tampoco la emoción.
Antes, cuando la escritura te vendía que era un oficio con cierto respeto y clase (no creo que nunca lo fuera, porque la mayor de las ficciones de la escritura es la que esta cuenta sobre ella misma), el escritor (rico o de éxito) se pasaba meses documentándose, viajando a los lugares en los que iba a situar su novela, viviendo la vida que iba a escribir, para hacerlo sobre lo que realmente conocía.
Hoy, eso es raro. Carne de postureo en redes, o que se ha cambiado por leer una página de Wikipedia y seguir viviendo todo a través del filtro de una pantalla. En realidad, no sé si antes también era como he dicho, el poder de las historias presenta a los viejos escritores como de otra especie, pero es importante no olvidar el teatro que la escritura construye sobre ella misma para darse importancia.
La novela de Bunker me está gustando, no importa si el estilo tosco, no importa que no esté llena de persecuciones espectaculares ni genios criminales sin un atisbo de nada real. Está repleta de lo que Bunker conocía y eso permite que lo conozca yo, que la literatura haga lo que se supone que debe hacer, que vivas, al menos un poco, lo que te cuentan.
Pero eso no lo vas a conseguir en los demás sin escribir sobre lo que sabes y no sabes lo que no vives.
El relato que trata sobre Señor Azul es de los pocos, quizá el único, que sigo reescribiendo más de 30 años después de su creación. Es un cuento extraño, psicodélico, que no encaja en ninguna parte y no gana los concursos a los que lo presento a veces. Cuando lo hago, la historia me mira sin tener ni idea de qué hacer ella o por qué lo hago yo, sabe que es imposible ganar, que no es carne de concurso, ni en temas, ni en estilo (un día tengo que hablar sobre eso del estilo, porque a veces me han preguntado al haber nombrado esto por encima. Es probable que muchos se sorprendan cuando trate el tema, ya que no es lo que parece y resulta una de esas cosas que muchos escritores no habituados no entienden sobre concursos).
Bunker falleció hace ya casi 20 años, pero a mí me ha hecho sentir parte de lo que vivió, que puede ser más o menos excitante y más o menos interesante, pero estás ahí. Es el poder de escribir lo que conoces. Es el poder de escribir.