La atención perdida

La atención perdida

Ya sabes cómo es. Estás leyendo y llegas al final de la página y tienes que empezar de nuevo, porque no te has enterado de nada. Y eso, si llegas superando la prueba más difícil, tener las manos quietas sin que vayan al móvil para mirar ya no sabes qué.

Supongo que el secreto peor guardado es que hemos perdido la atención. Muchos se preguntan si es así y los que vivimos viejos tiempos lo tenemos claro, mientras que otros concluyen con números que por supuesto que se ha reducido esa capacidad, y las cifras son desalentadoras, entre un 65% y un 70%.

Que en realidad no la hemos perdido como pasa con la cartera, nos la han robado como pasa con la cartera. Y en nombre de lo mismo de siempre, vender sin mirar las consecuencias que hay más allá de toma el dinero y corre.

La lectura es una de las primeras víctimas en la guerra por la atención, porque la lectura pide antes de dar, aunque luego da mucho más de lo que pide. No pasa nada, algunos «escritores» tienen la solución: párrafos más cortos, palabras más sencillas, frases más breves, escenas más espectaculares, historias que copian los intentos de la televisión y el cine de no morir bajo cien vídeos de TikTok.

Otros lo expresan más claramente. Si nos hemos vuelto idiotas, habrá que adaptar la escritura a eso o morir.

Ya nadie quiere leer novela literaria, signifique eso lo signifique, tampoco escribas nada que no haga «avanzar la historia», signifique eso lo que signifique, y más vale que esa historia se pueda etiquetar en algún género de los que sugiere el algoritmo o nunca la encontrarán.

No sé qué pensar, excepto que los que proponen eso nunca escribieron por amor, sino por la fantasía vana que nos susurró a todos alguna vez que este era el camino del tesoro al final del arco iris.

No sé qué pensar, pero tampoco veo cómo se soluciona un problema agravándolo o cómo se apaga un fuego con gasolina1. No veo cómo vamos a arreglar la falta de atención adaptándonos a ella y dejando de ser la resistencia ante la ocupación. Así sólo se logra que los pocos buenos valientes que aún tratan de refugiarse entre páginas se encuentren con que ese refugio también ha sido invadido, Saruman en La Comarca una y otra vez. Además, la lectura siempre fue una cuestión de esos pocos buenos valientes. Podemos cubrir de romanticismo esos viejos tiempos sin pantallas, que da igual, yo no recuerdo que la lectura fuera masiva, ni a todo el mundo pegado a un libro en los recreos y los días de fiesta. Leer siempre fue un acto a la contra.

Renunciar a la buena escritura, descafeinar las estructuras, matar las frases anidadas, simplificar las historias, buscar el impacto externo a costa del interno… Creo que eso sólo sirve para perder también a los que confiaron en nosotros como guardianes de lo que les calentó por dentro en invierno y les hizo imaginar al borde de la piscina en verano. Recuerdo hace mucho que un lector me contactó describiendo esa escena al terminar los relatos de mi libro Todas ellas. Se quedó un rato ensimismado en la nada, mirando sin ver a la gente, con los pies en el agua de la piscina, dejando que lo que había leído encontrara su lugar.

Porque hay un tesoro al final del arco iris, pero no es el que muchos creen.

Me cuesta ver cómo una escritura «adaptada a los tiempos», signifique eso lo que signifique, va a abrirse paso hasta los destellos del sol en el agua de la piscina. Para mí, el resultado es el contrario, el peor posible, que algo no sea ni bueno ni malo, que el arte se convierta en «contenido» y adquiera la principal característica de este: ser olvidable, comida rápida, algo que consumir sin masticar, ni dar tiempo a un rato sin hacer o pensar nada. La propia televisión comienza una cuenta atrás hacia el siguiente episodio y no tengo la impresión de que lobotomizar haya sido nunca una buena cura.

Tampoco entiendo cómo la solución a un problema es reconstruir todo alrededor de él. La guerra por la atención se va a recrudecer. En lugar de pararnos y pensar si corremos en la dirección adecuada, se intentará exprimir hasta las últimas gotas de lo que nos quede.

Bajar la escritura a ese nivel no arreglará nada, porque el apaciguamiento nunca funcionó con los agresores, no hay más que abrir cualquier libro de historia. Al final, siempre vuelvo a una terapia de insignificancia cósmica donde la solución es clara y la principal premisa de esta página: Escribe lo que quieras porque va a dar igual de todas formas y eso es muy liberador. Escribe lo que quieras sin pensar en lectores como la semana pasada o en atención y algoritmos como esta semana. Escribe lo que quieras y lo que tengas dentro, porque es el único grado de libertad que nos queda de momento y no creo en entregarlo voluntariamente.

No nos van a dar nada a cambio de todas formas.


  1. No es necesario que nadie me escriba aclarando que hay técnicas de quemado estratégico de zonas para apagar incendios. ↩︎