Los artistas felices

Los artistas felices

Si hay algo peor que hablar de escritura con escritores es hacerlo con gente que no escribe y apenas lee. Los motivos son diferentes, pero igual de fatigosos. Y tengo la impresión de que ocurre lo mismo con el resto de las artes.

Hace no mucho, una amiga preguntó a la hija pequeña de otra qué quería ser de mayor, y la niña respondió que pintora. Yo pensé a la vez que me alegraba y que pobrecilla, mientras alguien comentó que no estaba muy seguro de si eso le permitiría vivir, pero otra amiga replicó:

«Bueno, al menos será feliz».

Feliz.

Feliz como han sido y son siempre los buenos artistas, personas equilibradas, integradas y dichosas…

No me voy a poner Maslowiano, pero el hambre ya es por sí sola impedimento de sobra para la felicidad, porque a ver cómo pagas con bocetos y poemas la compra o el alquiler que te han vuelto a subir riéndose en tu cara. O cómo puedes pensar en otra cosa cuando tienes que pensar en eso.

Es indudable que la de la felicidad no es la peor de las nociones equivocadas sobre el arte y los artistas, pero sí de las más fastidiosas y dañinas. Para empezar porque, siendo los artistas la casta más baja de los intocables en la sociedad, algunos piensan que, en realidad, son unos privilegiados.

Eso hace que, por ejemplo, cuando quieres cobrar por tu trabajo, te regateen siempre y vengan con mierdas como que: «Encima de que te dedicas a lo que te gusta… Deberías pagar por eso».

Por desgracia, una frase que he escuchado o leído en no pocas ocasiones. Que tus horas, tu tiempo, tu esfuerzo, todo lo que has sacrificado, y que es mucho si eres mínimamente bueno, no vale nada.

Obviamente, esas personas no merecen la más mínima atención que no nos hayan robado aún, pero contribuye a uno de los grandes problemas del arte, la ausencia de valoración. Esa noción y esa falta de apreciación ha sido siempre tan dañina, que aquellos que nunca entendieron el arte ni pudieron realizarlo lo han robado y sustituido por un mal espejismo con sus modelos de lenguaje, que sólo saben escupir basura mediocre, o sus modelos de difusión, que sólo saben escupir imágenes desprovistas de la vida y el pequeño pedazo de espíritu que cada persona pone en lo que crea.

Pero a nadie le ha importado una mierda, la verdad.

O mejor dicho, aquellos a los que nos ha importado tampoco importamos y quizá deberíamos incluso dar gracias, porque somos unos privilegiados. Porque al menos somos felices.