Creo que fue Vargas Llosa en su Cartas a un joven novelista el que dijo que la realidad puede ser un buen principio para una historia, pero nunca puede ser su final. Hemingway también era partidario, como táctica para vencer a la hoja en blanco, de empezar con una frase cierta, con una cosa que fuera real.
A partir de ahí, ya se podía construir algo, porque era una base sólida y tangible sobre la que edificar una historia, por fantástica que acabe siendo. De un modo inevitable, cierta gente que me lee y también me conoce, examina los párrafos intentando ver qué hay de real en lo que escribo, quién es el héroe y el malvado, quién la chica y quién el asesino.
Yo, como creo que hacen todos los que escriben, uso pequeñas cuñas de realidad que inserto en la fantasía de una historia que escribo. Esas cuñas, hechas del mismo material que la verdad, dan solidez, dan consistencia a una historia, le otorgan esa cualidad tangible que ha de tener. Pero también es cierto que construir toda la torre con realidades la dejaría sin alma y sin fantasía.
Además, creo que el buen contador de historias no plasma la realidad como es. Siempre la moldea, sube o baja el volumen de situaciones o aspectos reales hasta distorsionarlos. En definitiva, los modifica, les añade detalles inventados y los convierte en otra cosa. Pero sí, creo que siempre hay un pequeño porcentaje de realidad en las historias escritas. Un pedazo de diálogo aquí, una anécdota allá, una reacción allí al fondo a la derecha.
Alterados y moldeados para que tomen la forma que quieres, pero con esencia real.
La cuestión de la “pareidolia”
El problema está en que, si la historia es buena, cuando un lector intenta apuntar desde fuera a lo que puede ser real, casi siempre falla.
O así debería ser. Los humanos tendemos a ver lo que queremos en las cosas, estén ahí o no, y nadie, ni siquiera la verdad, nos convencerá de que estamos equivocados.
Vemos patrones en todo, vemos formas en las nubes, quienes estudian esas cosas lo llaman pareidolia. Tenemos que figurarnos un sentido hasta para aquello que no lo tiene, porque es una necesidad vital. Le tenemos que otorgar un motivo oculto a lo que sucede, porque reconocer que es sólo azar nos hace sentir demasiado indefensos y pequeños.
Así que yo ya no discuto cuando, intentando crear a un perdedor total para Perdimos la luz de los viejos días, viene alguien y te dice: ”te veo en cada página” (en serio que ya no discuto, clavo otra aguja candente en su muñeco vudú y sigo a lo mío).
No pasa nada, es un error común, otros vienen y te dicen que te ven en el cabrón (cabrones) de la novela, o en otros personajes de otras historias, sin ningún parecido entre ellos ni conmigo. Pero a lo que iba, que sí es verdad que hay ciertas cosas “inspiradas en hechos reales” dentro de Perdimos la luz de los viejos días. Y voy a comentar brevemente alguna.
Las “metahistorias”
Siempre me han gustado las metahistorias, las historias dentro de las historias, con bromas internas y referencias que sólo entiendo yo y sólo me hacen gracia a mí. Son muy pocas en conjunto, pero siempre hay alguna.
Desvelar todo me reventaría la broma conmigo mismo, pero he aquí algunas cosas reales en las que me inspiré. Ojo, leves spoilers de la novela de aquí en adelante, no chafarán la historia ni mucho menos, pero darán alguna pista de lo que contiene. Si no quieres saber nada, mejor deja esto para cuando acabes de leer el libro.
El tipo de las rendijas
Aunque parezca increíble, ese personaje de la historia es real.
Y además, real, real, porque lo que se cuenta que hizo por las rendijas es cierto y no sólo eso. No conozco personalmente al angelito, pero eso no es impedimento para una cierta venganza. Al fin y al cabo ni él lo leerá, ni nadie sabrá quién es aunque lo lea y quizá eso sea una pena.
El “abogado”
Que no es abogado, ya lo sé. Durante una época de mi vida digamos que toqué de lleno mundillos repletos de gente donde su mucho dinero era multiplicador de su mucha gilipollez.
El ”abogado” es mi monstruo de Frankenstein particular, hecho de compañeros en viejos trabajos, un jefe que tuve, un banquero idiota, un cliente que siempre creía tener la razón y un empresario que cada día aparecía con un coche distinto.
Los palés con fajos de dinero y los animales salvajes de narcotraficante también son algo real.
Maat
¿Ocurrió realmente lo que se fabula en el libro? A veces pienso que sí.
Siempre me han gustado las estrellas y en cierta ocasión, hace bastante tiempo, estaba leyendo sobre el astronauta español Pedro Duque. Ya retirado, hablaba de que no nos tomábamos en serio las amenazas de que algo chocara contra la Tierra. Luego dijo que un asteroide llamado “Apophis”, y que tiene una órbita cercana, es posible que acabe con bastantes de nuestras miserias cuando nos dé entre las piernas en 2029 (ya pasó no muy lejos el año pasado).
A continuación dijo que nuestro país tenía una oportunidad única de encabezar una misión para evitarlo y mi imaginación me regaló un apocalipsis de fuego bajo bandera española.
Aquella noticia me hizo cierta gracia y me infundió terror, no por “Apophis”, pobre, sino por si hacíamos caso a Duque tomando cartas en el asunto. Así que sí, uno de los personajes, “Maat”, está inspirado en “Apophis”.
Las playas de Lajolla
Están en California, pues Lajolla es un suburbio adinerado de San Diego, cuna de surferos (que eso me da igual). Allí el sol se esconde por el Pacífico cada tarde. No sabría apuntar un porqué exacto, pero ese sitio siempre me gustó y el Café Mission II existe y está en el paseo marítimo, desde su terraza puedes ver el crepúsculo cada tarde.
El día en que me vaya a vivir allí a mi casa de cristal, será cuando la falla de San Andrés se trague media California, pero hey, siempre quise ir, así que esa ilusión extraña se la presté al protagonista, pero ya me la ha devuelto.
La tienda multiprecio
En cierta ocasión conocí a una persona que quería montar la mejor librería de su ciudad y se puso a ello.
No estoy muy seguro de por qué mecanismo acabó siendo una tienda multiprecio en franquicia y que resultó un desastre.
De veras que aún me estoy intentando explicar cómo puede uno organizar semejante viaje a la playa y acabar en el Polo, pero me pareció curioso y es otra de esas cuñas reales que inserté en la historia.
Y hay unas cuantas más. Hay un vestido de marinerita y hay sueños extraños, pero con esas cosas concretas soy egoísta, las quiero todas y no las comparto.