El conflicto en la escritura

El conflicto en la escritura

No suelo hablar de los elementos de la escritura, su ejecución o cosas prácticas porque, para empezar, no soy maestro de nada, y para seguir, la experiencia y práctica de la escritura son muy personales en cada uno.

Por eso siempre he recelado de consejos y reglas.

Sin embargo, me parece imprescindible que un escritor conozca íntimamente nociones fundamentales, elementos de la escritura y las historias y, en general, todo aquello de lo que se compone su arte.

Escribir debe ser la única disciplina donde la mayoría cree saberlo todo y se lanza, al contrario que con la música, la pintura o la escultura, donde es inconcebible creer que puedes hacerlo sin aprender ni practicar nada durante bastante tiempo. En el caso de la escritura, todo se resume en lo que le oí decir a una chica hace poco:

«La verdad es que no leo nada, pero igual escribo un libro sobre mi vida, porque es que me pasa de todo».

No le pasa de nada, y menos nada especial. Su vida y temas son lo más básico, aburrido y común que discurre por el medio de las cosas y las personas, como suele ser en quienes dicen cosas como esa.

La cuestión es que voy a romper un poco mi regla autoimpuesta y hablar del que creo que es un elemento clave en las historias, y ausente en la anécdota anterior: el conflicto.

El buen conflicto viene casi siempre del pasado y de los valores, noción que ya no está de moda y parece un pie de página en muchos personajes que acaban siendo de cartón, porque sus motivaciones, o la nula vida interior que se les ha dado, están hechas del mismo material.

El buen conflicto, aunque no siempre (recordemos alejarnos de los extremos de todo y nada), viene dado por el de los valores del protagonista enfrentados a los del antagonista, mientras que esos valores suelen estar forjados por sucesos del pasado.

Ambos suelen creer que tienen razón, a menos que hayas creado a oponentes de cartón piedra, claro. De hecho, algunos de los mejores antagonistas no son quienes tienen la redención dentro (un tropo ya muy sobado, aunque lo cierto es que, cuando se ejecuta bien, sigue siendo insuperable), sino aquellos cuyas maldades (o acciones en general) son «por el bien de todos». O al menos, por el bien de aquellos a los que el antagonista defiende o pertenece.

Es decir, cuando nada está tan claro.

Los mejores adversarios son aquellos que tienen razón si lo piensas de cierta manera y peleas contra ellos, pero, en el fondo, no sabes si es mejor que ganen ellos o ganes tú. No se trata sólo de una fuerza opositora, sino que el conflicto revela que el protagonista, quizá, no tenga razón del todo. O que le obligue a hacer cosas para superar el obstáculo que se salgan de esos valores y resulten cuestionables, porque en la vida no hay blancos o negros.

Lo contrario suele terminar en cuento infantil. Que si eso es lo que escribes, genial, pero si no, es difícil conectar de esa manera en la que dejarás un hueco dentro de quien te lee cuando acabe la historia.

Y por supuesto, el antagonista no tiene que ser externo, o corpóreo siquiera. Puede ser un conflicto interior, puede que el antagonista sea tan difuso como la mierda que nos rodea en lo cotidiano, puede que incluso ni siquiera esté claro quién es esa oposición, de modo que la línea que separa a antagonista de protagonista sea nebulosa. Que las preconcepciones iniciales en la historia sobre quién es quién se alteren de manera radical.

Pero esos ya son temas más espinosos y complejos, en los que la destreza y la ejecución del escritor marcan toda la diferencia y muestran que la buena escritura es de lo más difícil que hay.

Y también es historia para otro día, en esta simplemente quería comentar lo más básico del conflicto.