La dictadura de la conveniencia

La dictadura de la conveniencia

Hace muchos años, leí a un ejecutivo de Silicon Valley algo que se me quedó grabado como sólo se quedan las grandes verdades: que la conveniencia dominaba el mundo.

Y tiene razón, ese es el factor clave por el que el móvil o Amazon han conquistado todo.

El móvil se ha comido al ordenador porque, para casi todo lo que tienes que hacer, el móvil está siempre disponible y siempre conectado. Mientras que para el ordenador tienes que ir a por él porque no lo llevas siempre encima, encender, esperar a que arranque…

Esos ejecutivos del Valle saben que las personas somos volubles e impacientes, y lo explotan con la conveniencia. Es como Amazon, estás mirando y es deslizar un dedo para hacer la compra en su aplicación, y al día siguiente, lo tienes en casa.

La escritura y la lectura, por el contrario, son muy inconvenientes y por eso nunca dominarán el mundo.

La lectura y la escritura son un acto a la contra y piden antes de dar, pero es cierto que luego dan mucho más de lo que piden al principio. Y por eso, siempre estarán condenadas a ser minoritarias, arrinconadas cada vez más por la conveniencia, que reparte estímulos como comida basura, apetitosos, grasientos y azucarados, pero que no alimentan en absoluto.

De todas formas, hay algo que se puede aprender de la conveniencia, porque al final no es más que la técnica por la que se pulsan los botones del comportamiento humano que todos llevamos dentro. Somos seres que evolucionaron en un contexto duro donde el mañana nunca era seguro, por eso no pensábamos mucho en él y, todo lo que hubiera delante en ese momento, había que aprovecharlo.

Yo, como Oscar Wilde y como el resto de los humanos, «puedo resistirlo todo, excepto la tentación».

Por eso, y porque no me creo superior al resto o por encima de mis impulsos más básicos, trato de usar la conveniencia todo lo que puedo a la hora de escribir. Por eso lo hago lo primero en la mañana, antes de que lleguen los estímulos al móvil que me hagan mirar. Por eso siempre tengo claro sobre qué voy a escribir o qué voy a hacer en esa sesión antes de sentarme, de modo que no tenga que agonizar pensando. Por eso suelo emplear la «técnica Hemingway» de dejar de escribir cuando aún no estoy vacío del todo y tengo las siguientes frases en la cabeza. Por eso escribo en aplicaciones minimalistas, donde está la página, las palabras y nada más, especialmente los mil botones del Word.

La conveniencia trata de quitar los obstáculos y el rozamiento que haya hacia lo que nos ofrece, y yo también trato de quitar todos los posibles que haya entre las palabras y yo. Igual que siempre tengo a mano el libro que voy a leer y el móvil perdido en la otra punta de la casa.

Hoy día, vivimos en un contexto donde hay una enorme ingeniería del comportamiento, y algunas de las mentes más inteligentes del planeta, volcadas en que hagamos clic en otro estúpido anuncio o que tuiteemos cabreados por el último tema que nos señalen como al perro que silbas.

Y la fuerza de voluntad poco tiene que ver aquí, porque no es cuestión de eso, ni el arma adecuada para esa guerra.

Por eso, todo lo que sea hacer más conveniente la lectura y la escritura, y más inconvenientes las distracciones (como por ejemplo, esos que usan su teléfono móvil como fijo, dejándolo en un lugar y obligándose a ir hasta él si quieren usarlo) nos ayudará a que capturen algo menos eso que todos desean de nosotros, atención y energía.

Así, a lo mejor, podemos dedicarlas un poco, sólo un poco, a leer y escribir, en lugar de a hacer clic.