El año pasado, a raíz de la huelga de guionistas en Hollywood, al genial David Simon (The Wire, Generation Kill, etc) le hicieron una vergonzante entrevista con algunas de las preguntas/comentario más estúpidas posibles.
El periodista Ari Shapiro, de NPR, le dijo algo así como que Simon había crecido, trabajado y escrito en un mundo sin ChatGPT, y que se podía imaginar a Simon diciendo que ojalá hubiera tenido esa herramienta para resolver problemas espinosos, o que a lo mejor le hubiera jodido el trabajo.
Ante semejante demostración de no molestarse en conocer a quién tiene delante (puro periodismo), Simon le interrumpe alegando que eso lo está diciendo él, y que no cree que la IA pueda desafiar, ni remotamente, lo que los escritores hacen a nivel creativo.
Con una total ineptitud para leer la situación o a la persona, el periodista redobla la apuesta y proyecta su ignorancia sobre la escritura (o sobre su propio trabajo, al insistir en lo que quiere decir él, poniéndolo en Simon, en lugar de descubrir lo que el otro piensa realmente). Así que comenta que, en esos casos en los que Simon se queda atascado en una escena, se podía imaginar al legendario escritor pidiendo 10 ideas a ChatGPT sobre cómo superar el bloqueo y seguir.
A lo que Simon responde:
Antes me pongo una pistola en la boca.
Porque esta es la cuestión, si recurres a que ChatGPT regurgite su mierda mediocre para que manche tu escritura y, sobre todo, eres de los que solventa esas situaciones con un botón, no has entendido nada.
Porque la escritura es, precisamente, ese bloqueo. Ese conflicto, esa lucha y esa dificultad. Es el ingenio, el estirar los límites, el esfuerzo por superarlos.
Eso es lo que hace crecer, lo que hace mejorar, lo que te convierte en escritor de verdad, lo que te hace excavar hondo dentro de ti para ver qué puedes sacar.
Y quieres apretar un botón y que la incomodidad desaparezca. Pero si te ahorras el esfuerzo de escribir, ¿cómo puedes pedir a otro el esfuerzo de leer?
Esfuerzo en el mejor de los sentidos, porque nada se compara a lo que da la lectura a cambio de lo que pide, que para nuestros cerebros con la atención devorada por las pantallas es ya demasiado.
Ese conflicto, esa lucha, ese mascar arena y atravesar zarzas para contar tu historia, ver dónde te lleva y descubrir cosas de ti por el camino es, precisamente, el arte.
El arte es esa montaña que quieres evitar con un botón.
Porque lo bueno, la escritura de verdad, se encuentra al otro lado de todo eso y, si lo quitas con un clic, quitas el arte, quitas la creatividad, quitas la humanidad.
No puedes conectar con el lector sin eso, porque las personas sólo podemos conectar con otras personas y has borrado la experiencia humana compartida con la que otros se verán identificados. Has evitado abrirte y volcar lo que temes, rebuscar y encontrar una solución, tu solución, tu arte.
Tu humanidad, que será lo que conmueva.
Porque no nos equivoquemos, todo el mundo está deseando conectar, para eso leemos. Y para eso escribimos.