El año del dragón de madera

El año del dragón de madera

Hoy es Navidad y supongo que también el inevitable momento de echar la vista atrás, al menos en lo que se refiere a escritura.

No soy inmune a la epidemia de prosopagnosia con los años y no les distingo la cara, no sé si era el 21 o el 23 cuando pienso en ellos, pero ese es otro tema, cosas de la edad.

En cuanto a escritura, me pasa un poco igual. Cada mañana me levanto y escribo y no hago mucho más con ella, excepto enviarla a algunos concursos de vez en cuando.

He vuelto a ser afortunado en este año del dragón, un par de primeros premios, un puñado de finalistas y otros puestos con medalla de latón y madera, pero que alegran. Algunos sucedieron aquí al lado y algunos al otro lado del océano. Nada que vaya a cambiar una carrera literaria y nada que lo pretenda. Como ya dije hace tiempo, los concursos los utilizo solamente para que mi escritura vea un poco de mundo, para que algunas historias acaben publicadas en pequeños libros que leerán unos pocos, a veces en sitios muy lejanos, y eso está bien.

En cuanto a lecciones este 2024, pues qué decir, excepto que de nuevo he aprendido algunas cosas y olvidado otras muchas.

Quizá, lo más importante ha sido un reaprendizaje, el de que nunca sabes qué gustará realmente a quien te lea. Hace tiempo, participé en la convocatoria en español de la legendaria revista Clarkesworld con un cuento de ciencia ficción que escribí adrede y pensaba que estaba bastante bien, pero me lo rechazaron. Luego lo fui presentando a otros certámenes y convocatorias similares, con idéntica suerte.

Y en una ocasión, en lugar de enviar ese relato a un certamen internacional del género, decidí mandar otro que escribí hace demasiado y nunca me gustó del todo. Unos meses después, me comunicaron que estaba en el grupo de finalistas, luchando por el primer puesto. No lo consiguió, pero estuvo a punto, y no me podía creer que ese relato fuera tan bien recibido a la primera y el otro, que me gusta mucho más, continúe cosechando negativas.

Así que no, nunca sabes realmente qué gustará y la misión es averiguarlo, la misión es tirar más veces el dado y no enamorarse de la opinión propia.

Del mismo modo, otro relato llevaba años presentándose a certámenes y concursos sin tener la más mínima suerte. Siempre pensé que esa historia, aunque dura y triste (lo que no la hace especialmente adecuada para concursos), era bastante buena. Sin embargo, la opinión del mundo fue distinta durante años, hasta que en este se alzó con un primer premio.

En serio, nunca tenemos ni idea y no es nuestra misión decirnos que no en nuestra cabeza antes de que nos lo diga el mundo. Hay que probar más, hay que enviar más. La suerte, en buena parte, es una cuestión de intentos, y en otra aún más grande, una cuestión de puro timing, de estar en el momento justo y el lugar adecuado.

No podemos saber cuándo estará mirando la suerte, porque es caprichosa y hace y deshace a su gusto, pero sí podemos tratar de estar más veces dentro de su campo de visión, con más intentos, por si coincide.

Y tampoco podemos, por más que queramos y tratemos de ponernos en la mente de los que leen, saber qué gustará, así que escribamos lo que queramos y que el mundo sea juez.

En cuanto al año que viene, no creo que las cosas cambien mucho, porque me he construido un lugar tranquilo en la mañana con la escritura, pero me voy a embarcar de nuevo en un pequeño desafío con el genial escritor Santiago Eximeno.

Ya hablé hace años del reto Bradbury que hicimos, un cuento cada semana durante un año. 2025 será más modesto, serán 12 meses y 12 cuentos.

Me apetece, porque aprendí hace mucho que no puedo ser de esas personas despreocupadas a las que envidio y que funcionan dejándose llevar por el curso del río, para que su creatividad fluya con la misma despreocupación y sin exigencias ni restricciones. Me temo que yo necesito obligaciones, fechas límite, objetivos claros y, quizá, hasta un cierto castigo si no consigo lo que me propongo.

Cada uno tiene sus maneras y esa es la mía.

Poco más, que sigo teniendo un pequeño puñado de lectores fieles que siguen viniendo cada miércoles y no sé cómo agradecerlo lo suficiente, de veras. También que este año fue el definitivo en el que marché de las redes sociales.

Aún sigo poniendo enlaces automáticos en Twitter a lo que escribo y de verdad que lo intenté con Bluesky y Mastodon, pero me dan demasiada pereza. He comprobado lo tranquilo que se está sin ellas y lo poco que las echas de menos en cuanto pasas dos días alejado.

Supongo que lo que pasa también es que no tengo mucho que decir, pero al menos, espero seguir teniendo algo que escribir.

Felices fiestas y, como siempre, el 31 de diciembre será día de un relato efímero que vendrá y se irá en 24 horas, igual que el año que termina.