En una entrevista, le preguntaron a la escritora Françoise Sagan si de verdad era tan perezosa como decía la gente.
Esta fue su respuesta:
Es muy difícil ser muy perezosa. Se necesita mucha imaginación para no hacer nada y tienes que ser lo suficientemente segura de ti misma para no tener mala conciencia. Has de tener gusto por la vida, de modo que cada minuto sea completo en sí mismo y no tengas que estar diciendo constantemente «he hecho esto o aquello«. Necesitas tener los nervios bien templados para no hacer nada. Ser perezoso también significa que las opiniones de los demás no importan. Tampoco la idea de tener que demostrarte algo constantemente.
Eventualmente, hago aquí algún elogio de la pereza y del dolce far niente del que hablaban unos viejos amigos italianos y Sagan tiene toda la razón. De hecho, lo que alega ha multiplicado su importancia por mil en una vida en la que, cuando te preguntan qué eres, respondes en qué trabajas. O que ejerce una insoportable presión por ser un engranaje útil de esta máquina de exprimir que corre hacia ninguna parte hasta que ya no quede nada.
Yo mismo he hablado alguna vez de que la pereza es productiva, en el sentido de que es necesaria para ser creativo, para que se produzca ese espacio en el que puedan surgir las ideas. En demasiadas ocasiones, estas quedan asfixiadas por todo lo que hay que hacer y los mil estímulos estúpidos que no les dejan sitio para crecer.
Así, la escritura queda para el final, cuando hayamos acabado todo lo demás. Pero es que, para el común de los mortales, la lista de cosas que hacer es interminable, tanto en el trabajo como en la casa o en cualquiera de los otros mil hilos de la telaraña de obligaciones que vibra todo el rato demandando tu atención.
Por eso, o hacemos espacio a la escritura o este no surgirá solo y, en muchos casos, ocurre igual con la pereza. Especialmente, esa sin culpa que tan difícil resulta de invocar, según Sagan.
Es importante extender el evangelio de la escritora y dejar bien claro que la pereza tiene valor por sí misma, sin necesidad de que también sirva para hacer espacio a nuevas ideas o tomar la perspectiva suficiente como para que por fin podamos ver la historia de la manera que necesitamos.
En una vida que parece una lista de tareas como el horizonte, donde el final nunca parece más cerca, creo que hay que recordar esto y honrar a Sagan, cometer más a menudo el acto de rebeldía de la pereza, como cometemos el de la lectura y la escritura.
Y para quien piense que en la pereza no viven grandes historias, creo que ya he comentado alguna vez que uno de mis relatos favoritos es Días de ocio en el país del Yann, de Lord Dunsany. Recuerdo leerlo por primera vez frente a la estufa de leña de mi abuela cuando era un chaval, un duro invierno de pueblo, dentro de la legendaria recopilación Los mitos de Cthulhu de Alianza, con la portada verde gastada que me prestó mi profesor de filosofía.
De vez en cuando, me tiro a no hacer nada, consciente de que el único premio para el que se esfuerza por cumplir todas sus obligaciones no es ese permiso que nadie nos va a dar para disfrutar sin cargo de conciencia, sino más obligaciones.
Y en ese dulce no hacer nada me imagino como el protagonista del cuento, tirado en la cubierta del Pájaro del río, mecido por la corriente del río Yann y contemplando lo que las orillas y el cielo me ofrecen. Vuelvo a esa historia de pereza maravillosa para recordarme que toda esa ansiedad y obligaciones tendrán que esperar y no son todo lo que soy.
Ese es el poder de las buenas historias.
Y en este verano en el que el sol cae a plomo de nuevo, vuelvo a hacer, a recordarme, una loa a la pereza. Algo que recomiendo no solamente por sus efectos beneficiosos sobre la creatividad, la idiotez de vida que profesamos o el goce de sentir la mirada perpleja de quienes no conciben la vida más allá de la lista tareas, sino por sí misma.
Por el hecho de que la pereza es suficiente y maravillosa, inspiradora de uno de mis relatos favoritos.