El poder del egoísmo

El poder del egoísmo

Aunque nadie me lea, seguiré escribiendo. Lo sé porque ya es así, como lo ha sido durante la mayor parte de mi vida. Nadie lee casi nada de lo que hago y, en realidad, escribo sólo para mí de una manera egoísta.

Porque eso es lo mejor que puede hacer cualquier autor. Darle la mano a ese egoísmo y caminar con él ya que, al fin y al cabo, escribir es un acto de soberbia, de creer que eres bastante como para que alguien, además de ti, quiera leer lo que haces. Así que ya puestos, mejor abrazar eso hasta el final.

Al contrario que en muchas otras cosas, donde pensar en los demás supone una mejor manera de vivir, el camino a escribir bien pasa por pensar en ti y nada más que en ti: en el tiempo que te queda, en el poco que te dejará la vida diaria, en esa sensación de que no quieres que se te quede nada dentro antes de que baje el telón.

En decir lo que quieras como quieras.

En la vida, especialmente la de escritor, todo el mundo querrá muchas cosas de ti, especialmente, que le entregues ese tiempo valioso que precisa el arte. Lo exigirá lo cotidiano, los demás y todos esos que tratan, ahora más que nunca, de arrebatarte hasta el último gramo de atención, esos escasos segundos que apenas dejan jornadas cada vez más largas y ocupadas.

Es hora de ser egoísta con lo que nos quede, porque esto no es un ensayo, sino la obra.

Y ese tiempo de escritura tampoco lo podemos entregar a los lectores, pensando en qué querrán oír o cómo, para tratar de reflejarlo en lo que hacemos. Porque he aquí algo que no te cuentan los que supeditan la escritura al mercado: Que ese «mercado», todas esas personas, no saben lo que quieren leer y, sobre todo, no quieren saberlo. Aunque digan que sí, lo cierto es que no, no quieren.

El artista eres tú, debes mostrarles lo que eres capaz y, con la práctica y la suerte que hace falta para todo, quizá les guste, les emociones y les sorprenda, algo difícil si entregas lo que crees que esperan.

Yo no quiero que los escritores que admiro me cuenten lo que me gustaría oír, yo no deseo que hagan lo que deseo, sino lo que desean. Quiero que me lleven a lugares que no conozco y me los enseñen. Quiero conectar con ellos, sí, con el libro que tengo entre manos, pero sólo si es de manera genuina. Y eso únicamente se consigue con el egoísmo, porque como escritores es lo único que nos va a llevar a un lugar de autenticidad, para traer lo que haya allí y, quizá, conseguir esa conexión real, no manufacturada con lo que tú piensas que quiero y lo que yo creo que quiero y lo que crees que quiere el comité de marketing de una editorial, que no es arte ni palabras, sino números.

Servir a muchos amos es no servir bien a ninguno, y escribir es un espacio de libertad, a bastantes dioses complacemos ya el resto de horas.

Además, no funciona y te pasarás el tiempo tratando de crear la copia de la copia y leer mentes de una manera imposible. Mientras tanto, lo que quieres decir permanece en ese sitio que sólo puedes abrir con la llave del egoísmo y la de que, por una vez, por unos minutos solamente, no te digan lo que tienes que decir y no te obliguen a hacer lo que otros quieran.

Lo he dicho algunas veces ya, pero me gustaría quedarme a vivir en esos momentos antes del amanecer donde estamos la escritura, el tac tac hipnótico del teclado y yo. Y ya está. Luego ya vienen los demás y sus mensajes y las obligaciones que no terminan, pero que tienen que esperar, porque la escritura es mi momento egoísta.

Y esa es la única forma de hacerla buena.