El cañón de la escopeta de Hemingway

Un 2 de julio Ernest Hemingway cogió su escopeta y se descerrajó un tiro para acabar con su vida. En las últimas horas de un 5 de julio yo me pongo a escribir sobre él, en vez de hacerlo en el aniversario como casi todos.

Supongo que no uso el avatar del Sombrerero Loco porque sí, así que no me voy a poner a celebrar los aniversarios cuando toquen. ¿Y qué voy a decir sobre Hemingway que no se haya dicho ya?

O mejor dicho, ¿qué voy a decir que no haya dicho él mismo mucho mejor que yo y que nadie? Pues nada, así que sólo se me ocurren tres cosas y que sea él quien las cuente.

Una de ellas tiene que ver sobre el hecho de escribir. Hace no mucho leí un interesante artículo sobre cosas que muchos creen acerca del mundo editorial y no son ciertas.

Una de ellas hablaba de matar de una vez por todas la noción romántica de escribir (y del arte en general), y es verdad, que se queden con esa noción las películas y los libros malos. Sobre eso, en una carta a Charles Scribner fechada en 1940, Hemingway decía.

_«Charlie, no hay futuro en nada. Espero que estés de acuerdo. Por eso me gusta estar en la guerra. Cada día y cada noche hay una gran posibilidad de que te maten y no tengas que escribir. Tengo que escribir para ser feliz, me paguen o no. _

_Pero es un infierno de enfermedad nacer con eso. Me gusta hacerlo, lo que es peor. _

Eso convierte la enfermedad en un vicio. Luego quiero hacerlo mejor de lo que cualquiera lo haya hecho, lo que lo convierte en obsesión. Una obsesión es terrible. Espero que no tengas ninguna, esa es la única que me queda a mí».

Hemingway era un hombre que decía que escribir no tenía nada, que simplemente te sentabas y sangrabas, no voy a ser yo el que le lleve la contraria, primero porque tenía razón, después porque tenía guantes de boxeo y siempre ganas de usarlos.

Lo segundo que quería mostrar es algo que ya comentaba en un artículo que escribí para la Revista cultural Mito, titulado Por qué escribimos.

Es lo último que Hemingway dejó y que dijo que era lo que más le gustaba entre todo lo que había creado. Supongo que casi siempre las últimas palabras atrapadas en la hoja son las que menos odiamos, aunque eso es una mera cuestión de tiempo.

«Permanecer en los sitios y marcharse… Confiar, desconfiar… No creer ya y creer de nuevo… Ver los cambios en las estaciones… Salir en los botes… Ver a la nieve venir, verla marcharse… Escuchar la lluvia… Y saber dónde encontrar aquello que quiero».

Y ya está, los que a veces andan cerca saben que invoco al fantasma de Hemingway a menudo, así que los aniversarios me dan igual. Hablo mucho de él y cómo no voy a hacerlo de alguien que (y he aquí el tercer pedazo) lo único que quería en la vida es escribir bien.

¿Qué puedo añadir a eso? Pues nada.

Puedo escribir mil veces que no encontraré palabras mejores que las suyas, así que lo dejo ya.

Lo conseguiste, Papa.