Hace tiempo surgió un concepto que nos atrapa, el de la conciliación. La utopía de equilibrar familia, trabajo y pasiones en días de sonrisa, descanso y logro en todos los campos a la vez.
Es un concepto relativamente novedoso, no conocido en la historia. Antes, si eras pobre, te matabas a trabajar hasta que caía el sol y la noche era tu conciliador, porque ya no podías hacer nada. Si eras rico, el concepto no tenía sentido, claro.
Pero inventamos la luz eléctrica, las máquinas y el consumismo desbordado. Y los ricos se dieron cuenta de que nos podían robar organizadamente y llamarlo crisis y mercado. Así que ahora trabajamos muchas más horas, igual o más duro, y no llegamos a nada.
Es imposible tener una familia, una casa o una pasión. No hay tiempo y no hay dinero, hay que elegir y encima sin garantías. Pero de alguna manera, queremos conciliar y buscamos ese equilibrio. Es humano y es normal, porque el modo de vida actual es francamente inhumano.
Pero eso no exime del hecho de que la conciliación no existe. No va a llegar un punto en el que vas a tener un trabajo que te permita comer y suficiente tiempo para dedicarte, en este caso a la escritura, y ser todo lo mejor que puedas ser.
Siento ser el portador de las malas noticias, pero la realidad es que, si uno quiere estar entre los mejores, debe dedicar una cantidad desorbitada de tiempo. Uno debe elegir entre ser el mejor cuadrando Excels, apretando tuercas o escribiendo.
Si uno aprende sobre las biografías de los mejores, podrá ver que, conciliación, poca.
Dedicaban un tiempo absurdo e inimaginable a su arte. Eran obsesivos y perfeccionistas hasta lo enfermizo. En general, de hecho, los grandes genios en casi cualquier campo eran de todo menos equilibrados.
Si nos fijamos en la élite de otros ámbitos ocurre lo mismo. Se dedican cada día, casi cada hora, les apetezca o no, a entrenar y trabajar en lo suyo. ¿Relaciones sociales? ¿Vida familiar? ¿Otros hobbies y pasiones?
Je.
Mucha gente que hace dinero dedica una cantidad de tiempo infame a sus empresas y negocios. Los deportistas en lo alto llevan una vida monástica de dormir, entrenar, comer y dormir de nuevo.
Pensar que, dedicando el tiempo que nos sobra a escribir, conseguiremos ser lo mejores es vivir en un mundo feliz que no es este.
Lo que ocurre es que volvemos a tener nociones distorsionadas respecto a la escritura. Jamás pensaríamos que seríamos los mejores violinistas dedicando un poco de tiempo al día o a la semana pero, por alguna razón, creemos que eso sí ocurre en el caso de la escritura. De hecho, prácticamente todo escritor, por aficionado que sea, suele pensar que él lo haría mejor que todos esos superventas o nombres que aparecen en Babelia.
Hace tiempo me planteé un año sabático. Como resulta que lo construí en una cuesta abajo, me deslicé «sin querer» y el año sabático se multiplicó por tres.
En aquellos días escribía hasta que se secaba el pozo, leía, me iba por ahí y, cuando volvía recargado, escribía de nuevo y leía de nuevo y así amanecieron y anochecieron mil noventa y cinco días. Ya comenté cómo, bajo ningún concepto, recomiendo lo de dedicarse solamente a escribir y tampoco lo veo necesario, siempre que estés dispuesto a sacrificar otras cosas por la escritura.
Pero también es cierta otra verdad incómoda, que aquellos tres años de dedicación exclusiva supusieron un cierto «salto de nivel» (si hacia adelante o hacia atrás, es otra historia). También fueron sin duda los tiempos más prolíficos, tanto a la hora de escribir como a la de publicar, pues al fin y al cabo, no me dedicaba a otra cosa.
La realidad es que sólo personalidades desequilibradas hasta la obsesión consiguen hacer las cosas más grandes, para bien y para mal.
La realidad es que Flaubert tenía razón, aunque me levantaré otro día y diré que no, pero puedo vivir con mis contradicciones.
La realidad es que la escritura no se alimenta de sobras. Nada que merece la pena lo hace.
La realidad es que la conciliación es un mito y no se puede tener todo. Hay que elegir, como siempre, sin garantías.