El rechazo y el romanticismo

Este año no sé si lo voy a calificar como bueno durante la tarde del 7 de diciembre (toda una tradición y, curiosamente, la fecha que pone fin a este experimento de escritura diaria). Lo que sí es cierto es que puedo decir, literariamente hablando, que ha sido tranquilo.

Excepto por un par de charlas con dos editoriales para dos pudo ser y no fue (Todas ellas fue de todos modos), no he movido nada, lo que ha tenido otro efecto secundario.

No ha habido apenas rechazos.

Y digo apenas porque, dados los tiempos editoriales, algún mensaje diciendo nein todavía ha llegado hasta mí, la onda expansiva de años anteriores.

Como comenté el pasado enero, en 2017 conté 113 noes en fila india. Y no fue un año excesivamente movido, la verdad.

Mi intención revelando aquello era, simplemente, dar cuenta de la dimensión de los rechazos hoy día, y del contexto actual al que te enfrentas en cuanto a editoriales y concursos si es que quieres que se publique lo que escribes. Aunque, claro, probablemente esa cifra se debe a que soy un patán, pues conozco a gente con mucha más fortuna y menos rechazos.

No obstante, lo que no quería hacer bajo ningún concepto era darle una noción romántica o positiva al rechazo.

El rechazo y el fracaso son una mierda y no hay modo de pintarlo de otra forma, no me importan los colores que uses.

El rechazo y el fracaso no sé si pueden engendrar un futuro éxito, pero para la enorme mayoría no lo hará. Y no sé si luego va a ser semilla de gozo en unos pocos, lo que sé es que es doloroso todas y cada una de las veces que se produce.

Cierto es que también generas callo y que, a lo mejor, el siguiente duele menos o, simplemente, te importa menos. Pero eso no invalida lo principal: que siga siendo una mierda.

Sin embargo, hay una corriente que pinta con un barniz romántico esos rechazos. Quieren que los cuelgues en la pared o que creas que son el camino hacia el éxito.

Colgarlo en la pared no sirve de nada, no es una medalla de honor, no tiene ningún mérito. No lo has conseguido, vale, pues, no sé, ¿enhorabuena?

(Ya) No creo en el rechazo como motivación, aunque cuando era más joven sí experimentaba un cierto placer en demostrar que los demás se equivocaban. Ahora soy mucho más viejo y no sé si más sabio, pero creo que aprendí algo mejor que demostrar el error de los demás, y es que esos demás me importen bastante menos.

Y luego vienen todos los que te hablan de trabajo duro como si esa fuera otra medalla.

Yo creo en el trabajo porque no hay otra manera. Te pones hoy y te pones mañana. Pero eso tampoco es ningún mérito, es simplemente lo más básico. No creo que sea muy inteligente presumir de tener el requisito más indispensable. No es un logro, es lo mínimo. No veo que nadie presuma de tener dos brazos y dos piernas.

Por último están los peores. Ciertos gurús que llevan eso un paso más allá, para decirte que vas a sudar, vas a sufrir como en la serie de Fama y que esto es muy duro, como sargentos de hierro: esto es de espartanos o no es nada.

Podéis iros donde yo me sé.

La mayoría de las veces comentan preventivamente eso porque lo que te venden no funciona y, de alguna manera tienen que reempaquetar las promesas y la falta de resultados como algo positivo. O tienen que lanzar una justificación velada de que, en realidad, la culpa es tuya, porque no has trabajado lo bastante duro. Ese es el subtexto disimulado, sea verdad o no. A los gurús mediocres, todo este asunto de la dureza les viene muy bien para camuflarse con los que transmiten cosas decentes.

El fracaso no es meritorio, pasarlo mal, tampoco. Esa letanía siempre ha sido el truco de los que están arriba, ensalzar la dureza en la vida del pobre pero honrado, que es la que me permite vivir a mí de ti.

Mi padre es la persona que más duro ha trabajado entre las que conozco. Y al final de ese camino de baldosas rojas, que algunos te quieren convencer de que son amarillas, tiene una pensión escasa, un cuerpo roto, cicatrices en los hombros que le salieron a los 14 años por cargar troncos en camiones.

Menudo premio, porque el trabajo duro puede tener premio, pero la enorme (ENORME) mayoría de las veces, no. Y que la vida no da medallas al mérito.

Abandonar toda esperanza, como a la entrada del infierno de Dante, es mucho mejor, menos infantil.

Al final, yo escribo (no importa que sea hacia ninguna parte) porque mañanas como esta merecen la pena y, sobre todo, me proporcionan una recompensa intrínseca.

Quemar los rechazos, olvidarse de ellos y de los imbéciles que los copiaron y pegaron… Sin que eso implique dejar de trabajar. Porque ya lo sé, no tengo 5 años, nada que merezca la pena es fácil.

El pragmatismo y que no importe me parece una actitud más sana que poner en un podio romántico esa mentira, que siempre se cuenta a los de abajo para que nunca cambie nada.