El verdadero amor por la escritura

No pocas veces me han dicho que soy un pesimista y no entiendo por qué. Si yo creyera que la escritura no mereciera la pena, no hablaría de ella cada semana aquí ni me dedicaría a ella cada día.

A veces me han dicho que la escritura es alegre, algo que celebrar con gozo siempre, y que hay que amarla, cuando parece que yo tengo alguna especie de relación complicada en que, más días de los que no, parece que la escritura es la batalla cuesta arriba y no ese paseo por el campo: a mi izquierda las rosas, a mi derecha los lirios.

Esas cosas siempre me llevan a la misma conclusión, que efectivamente yo no sé nada de amor (qué sorpresa) pero al parecer los demás saben aún menos. De hecho, en mi opinión, sólo amas la escritura de verdad cuando te dedicas a ella como un profesional, que diría Steven Pressfield.

Es decir, cuando dedicas cada día a escribir, cuando sudas, cuando gozas, cuando maldices, cuando terminas aunque sea un solo manuscrito en vez de empezar mil… Empezar, por ejemplo, es un mero acto de pasión volátil, nadie es especial por eso, porque todo el mundo lo hace.

Empezar es el signo del aficionado, terminar es el verdadero acto de amor, algo reservado sólo para unos pocos al parecer. Para los profesionales que se sientan y acaban incluso cuando el camino les ha llevado cuesta arriba.

El camino de la buena escritura siempre va a tener una cuesta arriba o espero que varias, porque si no, no va a ser demasiado bueno. Por el contrario, quien se dedica a escribir de manera amateur está haciendo una de las mejores cosas que le pueden haber ocurrido, y en serio lo digo. Y le gustará la escritura, pero no la ama profundamente y, sobre todo, no entiendo muy bien cómo se pone a dar lecciones de amor a otros o de cómo deben ser las cosas. Supongo que es el signo de los tiempos donde todos tenemos nuestro atril de loco en la red desde el que predicar.

Que al parecer en cuanto aprendemos algo (verdadero o no) corremos a enseñarlo como si fuéramos maestros en vez de haberlo leído ayer. Yo sólo sé que algo a lo que haces caso sólo a veces y cuando te apetece, algo que dejas en cuanto surge un inconveniente (siempre surgen varios, esto es la vida y los inconvenientes los que dan valor) algo con lo que sólo estás cuando las cosas van bien, pero que abandonas en cuanto surgen otras, sin dejarle espacio, sin acordarte hasta que dices: «Ay, tengo que escribir», pero de nuevo ni te acercas a ello…

En serio que no tengo ni idea de qué será el amor, pero creo que es fácilmente reconocible lo que no lo es, y a mí me parece que todo lo anterior no lo es. Puedes tener una aventura con la escritura, que de nuevo insisto en que es genial, pero no me vengas con que la amas porque todo son sonrisas cuando hablas de ella, y de sueños y de ideales y de arte maravilloso.

Si luego la dejas tirada en cuanto no te conviene y te vas con cualquier otra cosa que brille más, porque la buena escritura es difícil y compleja. Dime y sobre todo haz lo que quieras, pero no me vengas con la cantinela de que eso es amor.

Cada día, en la salud y en la enfermedad, cuando el viento está a favor y sobre todo cuando está en contra. Y sí, muchas veces escribes haciendo buena la famosa frase de Dorothy Parker: «Odio escribir, pero amo haber escrito». Y a veces maldices, pero estás con la escritura cada día, no sólo los buenos. Está lloviendo y le pones tu escudo como techo y con la mano libre sigues escribiendo hasta terminar.

No sé lo que es el amor, vale, pero si me dices que señale con el dedo lo que creo que es, señalaré eso.