Sigo ya el hilo de muy pocas cosas y a muy poca gente, pero uno de los boletines al que todavía echo un vistazo es el de Mason Currey, que suele escribir sobre arte y artistas: sus rutinas, formas de pensar, pequeñas victorias y, sobre todo, derrotas.
Lo cual está bien porque, al menos, sirve para no sentirse solo.
Esa es una de las cosas más poderosas que alguien puede hacer por otro alguien.
La cuestión es que en su último envío habla de su nuevo libro, que trata sobre la (casi) imposibilidad de hacer arte y comer de él. Así que conectando con ese tema, el boletín comienza con dos citas y la primera es de los diarios de la pintora Grace Hartigan:
Conseguir suficiente dinero para los materiales que necesito es una preocupación constante. Me siento terriblemente reprimida y sin realizarme. El tiempo canta hoy, mientras tomo café helado y me consumo y me preocupo por el dinero y la pintura… Creo que soy incapaz de mantener el estado de ánimo para pintar mientras trabajo ocho horas al día, y si debo hacerlo, ni siquiera debería intentar pintar al mismo tiempo.
Creo que esta es una sensación más que familiar, la del peso de lo cotidiano, que no sólo quita tiempo para el arte, sino que mancha en el poco que te deja con su influencia y su peso.
Y luego, Currey remata ese comienzo con, cómo no, los diarios de Kafka:
19 de febrero.
Cuando quise levantarme de la cama esta mañana, simplemente me desplomé. Esto tiene un motivo muy simple: estoy completamente sobrecargado de trabajo. No por la oficina, sino por mi otro trabajo. La oficina solo juega una parte inocente en todo esto en la medida en que, si no tuviera que ir allí, podría vivir tranquilo para mi verdadero trabajo y tendría que desperdiciar esas seis horas al día que me han atormentado hasta un punto que no te puedes imaginar. Para mí, en particular, es una horrible doble vida de la que probablemente no hay más salida que la locura.
La cuestión es esta: Si alguna vez nos hemos sentido perdidos, sin realizar, atrapados en una doble vida cuya salida, en caso de haberla, es la locura, seguramente es una señal de que somos artistas.
De que lo estamos haciendo, no voy a decir que bien, porque aunque esos diarios se lean con media sonrisa, en realidad se viven sin ninguna, pero al menos lo estamos haciendo como muchos de los mejores que tenemos en las estanterías, las paredes o la memoria.
Así que no pasa nada, sentirse así es normal, forma parte del camino, como también lo forma no tener ni idea de lo que estás haciendo y, aun así, seguir haciéndolo.
Por otra parte, ya he comentado alguna vez que la romantización de cualquier pobreza es una mierda, la peor clase de historia, el timo que te trata de vender que el hambre tiene algo bueno, cuando no es así. Además, también he escrito varias veces sobre cómo ser artista siempre ha sido, en realidad, privilegio de los que más tienen y no de bohemios con un agujero en la suela. La evidencia es clara, pero las historias son poderosas y el arte más, así que dicho arte ha atraído a todo tipo de personas y las que no venían de contextos acomodados, aparte de fracasar más a menudo, también escribían diarios como los anteriores, la mayoría de los cuales quedaron tan perdidos en lo desconocido como las obras de sus autores.
Y sin embargo, aquí seguimos y puede que la actitud para ese camino en la cuerda floja de crear y comer es la de la escultora Louise Nevelson, que Curry también cita:
Siento que, si sabes que vas a vivir tu vida como artista, te has de volver de acero cada día y no desarrollas gustos refinados, ni apetitos refinados. Una vez un artista me dijo: «Bueno, está bien, señora Nevelson, pero yo tengo que comer». Y me ofendió, así que le contesté: «¿Quién dice que tienes que comer?». Sabes que puedes comer pan, o una taza de té, o una lata de sardinas cuando tienes hambre. De hecho, prefiero eso a la mayoría de los restaurantes elegantes de Nueva York.
No podía permitirme quedar atrapada en muchas cosas terrenales, porque tenía la mirada puesta en otro lugar.