Escribir en tiempos de IA

Escribir en tiempos de IA

Los pocos que saben que me dedico a la escritura me preguntan de vez en cuando por la inteligencia artificial. Uno de mis mejores amigos trabaja en eso, aunque no en modelos masivos de lenguaje porque no le resultan interesantes. De hecho, durante la primavera del año pasado, quedábamos por las mañanas en su café favorito del centro de Valencia, para un pequeño proyecto personal de redes neurales predictivas. Y otro de mis amigos es doctor en inteligencia artificial, así que el tema pasa cerca cada dos por tres. Personalmente, yo sólo soy un escritor al que siempre le gustó la tecnología y no sé nada.

Como no saben mis amigos si les preguntas sobre el futuro de todo esto, porque como son verdaderos expertos, responden algo que los falsos expertos nunca dicen, pero deberían:

«No lo sé».

Yo tampoco tengo ni idea de lo que va a pasar con la inteligencia artificial en el futuro cercano o lejano. Quizá resulte una moda que no era para tanto, quizá la nueva cripto, quizá no resista la tormenta de demandas o quizá lo cambie todo. Alguna cosa acabará siendo la que lo haga.

«¿Y qué harás entonces?». Me preguntan refiriéndose a la escritura, a la que da de comer al estómago y la que da de comer al corazón.

Pues haré lo de siempre. Tratar de ser mejor y no saber nunca si lo estoy logrando. Tratar de robarle tiempo a la mañana para dedicarlo a lo que amo. Tratar de escribir lo mejor que pueda. Porque, en realidad, da igual lo que pase con las IAs y lo que acaben siendo. La respuesta correcta siempre ha sido la misma: trabajar cada día, seguir leyendo, seguir viviendo y seguir escribiéndolo.

Tener una voz propia será más importante que nunca, dicen algunos. Y es verdad, especialmente con una máquina que remezcla lo que otros han hecho y que, en gran parte, se ha entrenado con el mínimo común de la humanidad, lo que hay escrito en Internet (además de todas las obras que pudo robar a manos llenas para lucrarse, claro, sin dar parte alguna a los artistas que las hicieron posible, como siempre ha sido).

Pero es que tener una voz propia ya era fundamental. Si no procurabas cuidar eso antes, no sé si es necesario que te molestes ahora.

Hay que ser original, dicen, ahora más que nunca. Pero es que yo creo que eso ya era importante antes también. No decir lo mismo o no de la misma forma, aportar lo que no suele estar, nuestra propia experiencia, lo que llevamos dentro y hace de tamiz que contribuye con matices únicos a lo que escribimos.

Y eso ya era importante porque muchos, antes de la IA, ya parecían IAs con el enésimo campo trillado, guion de Marvel, copia de la copia, best-seller televisivo, etcétera, etcétera. Yo veo infinidad de libros en las mesas de El Corte Inglés, desde hace mucho, que bien podrían haber sido escritos por IAs.

Para mí, el problema es la inundación masiva de lo anodino en un contexto ya saturado… y que aceptemos lo mediocre como suficiente, perdiéndose el arte por entre las grietas. Porque hay una cosa clara, no importa si una obra es mejor o peor, importa si es más rentable. Ese es el baremo de casi toda nuestra industria desde hace mucho, no nos engañemos con nostalgias.

El arte lleva tiempo siendo arrastrado por el suelo, llamándolo contenido (el peor insulto posible), consumiéndose sin masticar en cantidades enormes, que apenas dejan huella porque hay prisa por empacharse de lo siguiente. Eso cala en lo que hacemos, perdiéndose lo importante de muchas historias: la pausa.

Pausa para digerir, para permitir que la semilla germine, el espacio en blanco del que he hablado alguna vez. Ahora todo es estímulo, pero eso sólo consigue saturar y que nada importe.

La IA, en realidad, sólo me parece el acelerador de una tendencia, la de sacar dinero de esto como se saca dinero de todo, con el objetivo de pagar menos aún por algo que muchos ya exigen gratis, por céntimos o incluso poniendo de tu bolsillo. Bien lo sabemos todos a los que se nos han acercado esas editoriales que tratan de disimular su bandera pirata.

Así que, por lo menos y ante tanta incertidumbre, la respuesta de hoy es sencilla, porque es seguir escribiendo como siempre he creído que se debe escribir.