Lo he nombrado de pasada alguna vez, pero una de las mentalidades más útiles e interesantes que uno puede adquirir, a la hora de la escritura, es el sentido de exploración. Hacer de escribir un ejercicio de descubrimiento, con la curiosidad y el sentimiento de anticipación que concede eso.
Por eso mi planteamiento de escribir sin planificar demasiado. Porque en muchos casos es un corsé que aprieta o un ejercicio de futilidad, ya que la escritura se revela a sí misma sólo cuando la trabajas, no cuando fantaseas sobre ella, y por eso se convierte en ese acto de exploración en muchos sentidos.
Nada es seguro cuando creas. Relatos que no me han gustado especialmente han apasionado a otros, se han llevado algún premio o se han quedado a las puertas en la final, y al revés, cosas que me apasionan parecen tener solamente esa belleza que está en los ojos de un padre o un enamorado, pero no en los de nadie más. Del mismo modo, las historias que escribo suelen terminar de una manera muy diferente a cómo creo que lo harán cuando las empiezo.
Pero ahí radica una parte de lo que hace del arte un ejercicio apasionante, especialmente, en un contexto donde el despertador y las obligaciones dan a luz días iguales que van tapando los resquicios por donde se cuela lo inesperado y el sentido de maravilla.
No voy a negar que, conforme te haces mayor, ese sentido de exploración, quizá un eco de aquellos veranos que nunca terminaban hace tanto, se hace cada vez más complicado. Que tú te vuelves más rígido, la espalda más curva y la mirada más apagada de ver siempre lo mismo. Pero creo que merece la pena recordar esa mentalidad de verano cuando te sientas a escribir.
Y junto con ese sentido de exploración, también creo en un sentido de experimentación.
Porque si no, no es divertido. Si no, no sé ni para qué estamos aquí. Me refiero a atreverse a hacer lo que crees que no gustará a nadie, pero te gusta a ti, atreverse a escribir de maneras diferentes, esas que te piden salir de dentro y salir de las líneas, aunque creas que nadie más entenderá lo que pone en la página.
No pasa nada si es así, no somos tan importantes, ni nuestra escritura tampoco, pero la realidad es que las personas somos muy malas prediciendo el futuro. Por eso creo que no basta con imaginarlo, hay que escribirlo, sacar todo eso y ver si se parece a lo que pensábamos al principio. Seguramente no, y por ese camino nos llevaremos sorpresas.
Escribir es para mí el comienzo de una aventura en la que voy descubriendo un territorio desconocido y emprendo un viaje que no sé cómo terminará. Y supongo que el día en el que ese sentido de exploración y experimentación no estén, lo buscaré de nuevo como sea, porque te hace un poco libre y no te lo pueden arrebatar.