Lecciones de escritura de Faulkner

Lecciones de escritura de Faulkner

A menudo he hablado de Hemingway y otros escritores que, cuando concedían entrevistas, abrían la puerta a sus maneras de pensar y, por tanto, de escribir. Por eso, dejaban caer verdaderas lecciones sobre el arte y eran otros tiempos, sin comités de marketing, ni redes sociales, donde todo era más crudo y no sé si más real, pero sí menos preocupado por las ventas. Al menos, en apariencia.

Hoy, entrevistas como esas son escasas. No por eso de que «ya no se puede decir nada», sino porque muchos de los escritores entrevistados son los que más venden y tienen tan poco interesante que decir, como el libro que pusieron en la lista de éxitos.

O si lo tienen, lo recomendable es que se lo callen y vayan por el camino de en medio, dando respuestas que no apasionen, para bien ni para mal.

En el número de primavera de 1956, The Paris Review entrevistó a William Faulkner, Nobel y autor de El ruido y la furia o Mientras agonizo. Y algunas de sus respuestas merecen ser repetidas como un eco, que no se pierdan y lleguen a los escritores preocupados por sacar lo que llevan dentro, llegue o no a alguna lista que les diga que por fin han tenido el éxito que ansiaban.

Esto es, por ejemplo, lo que tiene que decir sobre él mismo y los escritores de su generación, una de las más irrepetibles en la historia de la literatura.

Todos hemos fallado a la hora de alcanzar nuestro sueño de perfección. Así que nos califico sobre la base de nuestro espléndido fracaso a la hora de hacer lo imposible. En mi opinión, si pudiera volver a escribir toda mi obra, estoy convencido de que lo haría mejor, que es la condición más saludable para un artista. Por eso sigo trabajando, intentándolo de nuevo; cada vez creo que ahora sí lo lograré. Por supuesto que no lo haré, por eso esta condición es saludable. Una vez que lo hiciera, una vez que consiguiera encajar la obra con la imagen que tengo de ella, con el sueño, no me quedaría más que cortarle el cuello y saltar desde el otro lado de ese pináculo de perfección hacia el suicidio. Soy un poeta fracasado. Quizá todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede y entonces prueba el cuento, que es la forma más exigente después de la poesía. Y, al no lograrlo, sólo entonces, se dedica a escribir novelas.

¿Y cómo se convierte alguien en un gran novelista? Esta es la fórmula de Faulkner.

Noventa y nueve por ciento talento… noventa y nueve por ciento disciplina… noventa y nueve por ciento trabajo. Nunca se debe estar satisfecho con lo que se hace. (Lo que se escribe) nunca será tan bueno como se puede hacer. Sueña siempre y apunta más alto de lo que sabes que puedes llegar. No te molestes simplemente en ser mejor que sus contemporáneos o predecesores. Trata de ser mejor que tú mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué lo eligen y normalmente está demasiado ocupado para preguntarse el motivo. Es completamente amoral en el sentido de que pedirá prestado, suplicará o robará a cualquiera y a todos con tal de realizar el trabajo.

En aquella época, y en todas las épocas, el escritor se da un sentido exagerado de autoimportancia, pero para Faulkner, esto es necesario, porque si no crees que lo que estás escribiendo es imprescindible para el mundo, probablemente no hagas todo el enorme trabajo necesario para terminar una obra de la mejor manera que puedas.

Ese sentido de destino casi mítico guía al escritor en su obsesión y lo libera de cualquier compromiso que crea tener con «el público», ante el que Faulkner cree que el artista no tiene obligación alguna.

Su deber es hacer el trabajo lo mejor que pueda; cualquier obligación que le quede después de eso, puede gastarla como quiera. Yo estoy demasiado ocupado como para preocuparme por el público. No tengo tiempo para preguntarme quién me está leyendo. No me importa la opinión de Juan Nadie sobre mi trabajo o el de cualquier otra persona. El mío es el estándar que hay que cumplir, que es cuando el trabajo me hace sentir como cuando leo La Tentation de Saint Antoine, o el Antiguo Testamento. Me hacen sentir bien.

Faulkner tiene fama de difícil, de ser la antítesis de Hemingway con términos y estructuras complejas en su narración. Y lejos de tratar de acomodarse o cambiar, lo enarboló como estandarte y es por lo que se le conoce. El entrevistador, consciente de eso, le pregunta:

«Algunos no pueden entender su escritura, incluso cuando la han leído dos o tres veces. ¿Cuál es el enfoque que les sugiere?».

Que lo lean cuatro veces.