El mes pasado falleció la poeta estadounidense y premio Nobel Louise Glück.
A raíz de la publicación de su poemario de 2014, Noche fiel y virtuosa, concedió varias entrevistas en las que dijo cosas muy interesantes sobre la creación y la escritura, que merecen ser recordadas junto a sus poemas.
Es en esas entrevistas cándidas y honestas cuando, al contrario que en los aburridos guiones de marketing de los superventas, descubres lo importante del proceso interno, la vida y el trabajo de los verdaderos artistas. Y son importantes porque, como comentaba la semana pasada, los escritores somos dados a conceder una imagen editada, de la misma manera que mostramos editadas también el resto de nuestras historias.
En Noche fiel y virtuosa, el silencio y la falta de palabras tienen un protagonismo fundamental, y en una de esas entrevistas, el periodista y también escritor William Giraldi le pregunta si la concepción del silencio no es una especie de ilusión, dado que quedó plasmada nada menos que en setecientas páginas de versos.
La respuesta de Glück es muy interesante e ilustrativa de lo que implica escribir.
No, es real, no es una ilusión en absoluto. Paso dos o tres años sin escribir nada. Cero. Ni una frase. Ni poemas malos que descarto, ni notas hacia poemas. Nada. Y en esos periodos no sabes si el silencio terminará, si alguna vez recuperarás el habla. Es prácticamente un infierno, y el hecho de que siempre haya terminado en el pasado no significa que el silencio actual no sea el terminal más allá del cual no te moverás, aunque vivas muchos años en tu incapacidad. Todas las veces lo siento así. Cuando no escribo, todo el trabajo anterior se convierte en una reprimenda: «Mira lo que pudiste hacer una vez, patética babosa».
Hace no mucho tampoco, en un excelente vídeo de Gabriella Campbell que recomiendo, ella también dejó caer que llevaba un tiempo importante sin escribir ficción.
Ella que, igual que yo, recomienda y predica la escritura diaria.
Pero si crees de verdad que nadie falla, nadie pasa por momentos de sequía y nadie se enfrenta al silencio y el bloqueo a la hora de escribir… a veces durante mucho tiempo, me temo que tengo noticias.
Que a lo mejor son buenas, porque no estás solo y el silencio no es un defecto. Es, simplemente, un aspecto más de la escritura. De hecho, hay autores que piensan que es en esos momentos en los que el pozo se llena de nuevo, porque quizá estás viviendo, en lugar de escribiendo.
Mejores y peores, consagrados y desconocidos, todos pagamos el tributo al silencio y es una inevitable parte más del oficio y del camino. ¿Lo peor de todo? Esa incertidumbre que comenta Glück sobre no saber si pasará o el silencio es todo lo que queda.
El propio Hemingway tenía sus largos periodos de silencio y miraba los tejados de París, diciéndose que en el pasado había escrito y en el futuro lo haría de nuevo, animándose y quizá pensando que eso podría atraer otra vez a las palabras.
Para atravesar el último páramo de silencio, Glück siguió el excelente consejo de su hermana cuando le comentó que ese silencio se apoderaba cada vez más de ella, dado que notaba que, con la edad, estaba perdiendo las palabras y el vocabulario.
Y su hermana le dijo: «Entonces escribe sobre eso».
Para Glück fue entender y descubrir un territorio inexplorado, uno que da miedo, que obliga a enfrentarse a los miedos, a mostrar que incluso poetas de renombre y premios Nobel también pagan tributo al silencio, el temor y la incertidumbre.
En definitiva, que escribes sobre lo que merece la pena.
Me gustaría terminar con otro extracto de esa misma entrevista, porque de nuevo levanta el telón sobre la escritura, mostrando la realidad más allá de la historia que los escritores contamos sobre el arte.
Giraldi le recuerda a Louise que una vez le dijo por teléfono: «Sigue tus entusiasmos», a lo que ella responde:
Creo en eso. Antes, durante las clases, se me acercaban mujeres que pensaban que no debían tener hijos porque les distraían demasiado o porque se comerían la energía vital de la que surge el arte. Pero tienes que vivir tu vida si quieres hacer un trabajo original. Tu obra surgirá de una vida auténtica, y si reprimes todos tus impulsos más apasionados al servicio de un arte que aún no se te ha declarado, cometes un terrible error. Cuando era joven llevaba la vida que creía que debían llevar los escritores, en la que repudias el mundo, consagrando ostentosamente todas tus energías a la tarea de hacer arte. Me sentaba en Provincetown ante un escritorio y era espantoso: cuanto más permanecía sin escribir, más pensaba que no había renunciado al mundo lo suficiente. Después de dos años así, llegué a la conclusión de que no iba a ser escritora. Así que acepté un trabajo de profesora en Vermont, aunque hasta entonces me había pasado la vida pensando que los verdaderos poetas no enseñan. Sin embargo, cogí el trabajo, y en cuanto empecé a dar clases -en cuanto tuve obligaciones en el mundo- empecé a escribir de nuevo.