Me gustaría empezar el año con una lista de mis 1.200 cosas preferidas de 2017… Que no, que ya lo han hecho otros, no sé qué epidemia ha habido con eso, pero yo recomiendo la de Gabriella Campbell si te gustan esas cosas. No sólo porque salgo ahí, sino porque siempre recomiendo a Gabriella, que me hizo hasta un capítulo de Escribir bien, y yo no dejo que nadie toque donde escribo.
Iba a empezar este 2018 hablando sobre algo muy distinto, pero creo que pocas veces me he dedicado a agradecer algo y nunca viene mal comprar cuarto y mitad de karma positivo antes de desatar fuego y azufre como siempre.
Y como esta es mi casa y en mi casa hago lo que quiero, voy a hacer esto tan poco interesante para cualquiera que no sea yo. Voy a empezar a darle las gracias a Gabriella, ya que estoy, que tiene una paciencia infinita, un puñado gigantesco de talento y, a pesar de que no estemos de acuerdo en alguna cosa, aún no me ha clavado nada y, a veces, hasta me nombra. (No me ha clavado nada que yo sepa, si hay un muñeco vudú mío por ahí, por favor que alguien le rasque la espalda porque la verdad es que yo ya no me llego). Hay otros (muy pocos) escritores y correctores que aguantan también mi paciencia, Santiago, Juan y compañía. No me junto con la ralea escritora, pero con ellos, sí, aunque sólo sea por mensajes repentinos por mi parte y llenos de exabruptos, donde el hola se encuentra en el tercer párrafo. A los que a menudo difundís lo que escribo, gracias también, soy tan malo haciéndolo yo… Para que no se diga, estoy agradecido a cada editor que me publicó, desde la infinidad de relatos empezando hace más de once años, hasta las novelas. Qué clase de deseo suicida tuvieron, porque, obviamente, mi capacidad de venta es la misma que de socialización, no lo sé, pero me alegro de que fuera así. También a todos los otros que se interesaron pero no pudo ser por una cosa u otra (cosa llamada yo), y por último a los 173.512 que me han dicho que no. Bueno, a esos no, quizá, como mucho, a los que me motivaron para demostrar que se equivocaban. Qué voy a hacer, soy un hombre torcido y me motiva dejar en evidencia a los que me dicen que no puedo. De hecho, probablemente sea lo que más lo haga y sé que eso no dice cosas muy halagüeñas de mí. He recibido muchos más mensajes de los que esperaba sobre el relato El viento en las hojas que publiqué y quité durante el día de Nochevieja. Gracias por sacarme los colores… para bien. Estoy esperando el típico de: «Vaya basura te marcaste para cerrar el año» o mejor aún, un clásico en mí, el: «No he entendido nada». En vez de hacer un libro sobre cómo escribir un best-seller, de veras que tengo pendiente el de cómo escribir un libro con el que te digan que no han entendido «ná de ná». Por supuesto tengo que agradecer a cada libro bueno y malo que he leído y, por último, a la escritura, cómo no, por el que es probablemente su mejor regalo: que creo que, pase lo que pase, siempre me puedo ir a un bar a escribir y ser algo parecido a feliz. Y no, no he perdido una apuesta ni tengo fiebre, todo el mundo a mi alrededor está en cama o encorvado sobre retrete, no sé qué ha pasado con los virus como no sé qué ha pasado con lo de las listas, pero la semana que viene, tranquilos, fuego y azufre.