La novela de una generación, la salvación de la literatura, la revolución del género, el prodigio que todos estábamos esperando. El libro superventas que, además, hará que un tío en Babelia (¿Babelia existe todavía?) se ponga cachondo leyendo y diga de nosotros que era lo que llevaba esperando toda su vida. Las riquezas incontables, la admiración sin medida. Todos hemos tenido esos sueños de grandeza y no entro hoy a batear contra ellos, pero quizá sí a favor de sueños más pequeños.
El de escribir un poco mejor cada día, o escribir a secas, terminar lo que empiezas, ponerte a menudo, el sueño de cinco minutos peleando contra el teclado en lugar de treinta con pájaros en la cabeza y cero páginas.
No abogo por abandonar necesariamente los grandes sueños en una gasolinera, aunque quizá es parte de lo que necesitamos, sino por reivindicar a los humildes, una buena causa en general. Creo que nos ayudarán más en la escritura que todas esas fantasías improbables. Porque igual que lo perfecto es enemigo de lo bueno, los delirios de grandeza pocas veces aguantan el contacto con la realidad y no sólo seguimos sin tener ese tópico insufrible de la novela de una generación, sino que ni siquiera hemos escrito un capítulo. Y a veces, esos horizontes y objetivos, tan lejanos y enormes, nos miran y nos desanimamos, porque se alzan como montañas nevadas y enormes que escalar.
Así, un día sueñas y al siguiente han pasado años y los grandes sueños se interpusieron en las pequeñas tareas de escritura que, todas juntas y humildes, al menos habrían construido algo real y nos habrían hecho avanzar en el camino. Un camino que pasa por dejar de soñar tanto y ponerse a escribir, porque cualquier cuento malo sobre el papel es un ladrillo en la construcción de nuestra escritura, pero los sueños no solo no ayudan, sino que interfieren.
En serio.
Hay un efecto psicológico curioso que consiste en que, cuando fantaseas y planeas, tu cabeza lo toma como señal de que ya estás haciendo algo (no es verdad, pero la imaginación es magia poderosa) así que, de hecho, te ves menos incentivado a trabajar en el mundo real, que eso es incómodo, mientras que en nuestra cabeza todo es fácil y genial y mañana seguro que nos ponemos. Los sueños y fantasías como método de procrastinación.
El problema, como siempre, son las historias que nos contamos, que abandonar los sueños suena terrible, un signo de rendición. Pero en muchos casos, puede ser el comienzo de la escritura. También porque sin sueños de grandeza, por fin escribes por la razón correcta, el mero hecho de escribir.
Y si lo que sale no se parece a esa gran fantasía de perfección, no pasa nada, no es signo de haber fallado, sino de haber escrito.