El artista hambriento

El artista hambriento

El otro día, tomaba algo con unos amigos y uno de ellos le preguntó a la hija pequeña de otra qué quería ser de mayor.

Ella respondió que pintora y yo chasqueé la lengua sin querer, porque la niña tiene una inclinación al arte y al dibujo desde que pudo coger un lápiz. Y dado que sus padres la apoyan, pero no son ricos, algo dije sobre que eso era genial, ojalá pudiera desarrollarlo y, a la vez, resultaría la perdición económica.

A lo que otra amiga replicó suspirando que: «Al menos será feliz».

No dije más, porque como repito a menudo, no hay nada más poderoso que una historia y la romantización del artista hambriento está entre las que haría saltar aquel medidor de Vegeta en Bola de drac. No hay felicidad en el hambre ni romanticismo en la pobreza, sólo ansiedad y depresión, junto a la imposibilidad de crear porque tu cabeza, antes que escribir, quiere sobrevivir.

La noción del escritor hambriento, bohemio, maldito, etc, es la adolescencia del artista, una etapa en la que no tienes ni idea, crees saberlo todo y resulta una historia que debes abandonar en la cuneta cuanto antes, preferiblemente ajusticiada para que no regrese. Porque como con la otra adolescencia, cuando mires atrás, la vergüenza por quién eras, cómo eras y lo que decías cuando creías esos cuentos, hará que desees que te trague la tierra.

Las narrativas se crean, usan y perpetúan por muchos motivos. En el caso de la noción romántica del pobre y bohemio (que ya he comentado sobradamente que es falsa), está demasiado metida en el tuétano del arte y supongo que todos tenemos que pasar por esa incómoda fase, como tenemos que pasar por la de creer en el éxito o que somos la salvación de la escritura.

Entre los mil efectos nocivos que tiene esa historia está la de que nosotros mismos contribuimos con ella a la precarización de nuestra profesión, tanto de forma externa como interna. Así, los demás vienen a decirte que eres un privilegiado por hacer lo que haces, tratando de sacar gratis la mierda que quieran de ti, mientras que tu propio yo interno, poseído por estúpidas historias de bohemios marginales y queriendo parecer un Bukowski de marca blanca «para ser artista de verdad», eres el primero que tiene problemas para pedir lo justo, tanto a editores, como a otros que te empleen a cambio de tus palabras.

Pero lo peor de todo es que los adolescentes son insoportables.

Desde luego, yo sí y esa antesala de la juventud es el momento de serlo, forma parte del aprendizaje. Pero los peores adolescentes son quienes ya no tienen la excusa de los quince años, sino muchos más en las arrugas. Sin embargo, siguen igual, haciendo un papel vergonzante de artista maldito, incomprendido y bohemio.

Me he cruzado a demasiados de esos como para no creer en el inmenso poder de las historias, que capturan y hechizan incluso a quienes piensan que son sus domadores y amos.

Especialmente a ellos.